sábado, junio 25, 2022

El alemán que organizó el traslado de las elefantas a Brasil y que vive por la libertad animal

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Ingo Schmidinger fue el organizador y el nexo entre Mendoza y Brasil para el traslado de las elefantas Pocha y Guillermina desde el Ecoparque hacia el Santuario de Elefantes, el cual se concretó hace un mes. Tiene 45 años y lleva más de la mitad de su vida dedicada a los animales, especialmente a los elefantes. Comprendió el cambio de paradigma respecto a los animales en cautiverio y lucha para devolverles algo de libertad en la naturaleza.

El cuidador de animales se unió al Santuario de Elefantes de Brasil en agosto del 2021 y su primer trabajo fue viajar a Mendoza para conocer a Pocha, de 57 años, y a Guillermina, su hija de 23 años, que nació en el Ecoparque. Durante 3 meses se dedicó a organizar el operativo, con todos los cuidados necesarios para estas dos elefantas asiáticas que no se habían separado nunca en sus vidas, lo que hacía todo más especial.

“Una de las primeras cosas que cambiamos en Mendoza fue ponerles una montaña de arena enfrente del contenedor y Pocha entraba para jugar con esa arena porque no la había tenido nunca en su vida. Eso es algo profundamente importante para los elefantes, la arena es para bañarse, lo ponen en su espalda como protección solar, protección contra insectos, como antiparasitario. Es su instinto, por eso ponerles arena en Mendoza fue alucinante y una experiencia completamente nueva para ellas”, expresó Ingo Schmidinger.

Pocha y Guillermina llegaron a Brasil el 12 de mayo, luego de 5 días de viaje. Ahora, Ingo tiene el foco puesto en Kuky y Pupi, dos elefantas africanas que están en Buenos Aires y serán llevadas al Santuario ubicado en el Mato Grosso. Luego, regresará al Ecoparque de Mendoza para llevarse a Kenya, otra africana, de 39 años. Después de esto, será el turno de Tamy, de 50 años. Es el papá de Guillermina y el único macho que habrá por el momento en el santuario de Brasil.

De trabajar en zoológicos a liberar elefantes

Ingo nació en Alemania, donde estudió 3 años para ser cuidador de animales salvajes y así trabajar en zoológicos. En el 2006, mientras colaboraba para mejorar la vida en cautiverio de elefantes, conoció a una española, con quien se casó hace 15 años y tienen dos hijas de 12 y 14 años. Viven en un pequeño pueblo rodeado de naturaleza llamado Monte Horquera, a 20 kilómetros de Valencia, España.

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“Soy alemán-austríaco. Nací y crecí en Alemania, en la selva negra con el frio que hay ahí, pero con mucha naturaleza. Mi amor por los animales empezó con mi nacimiento. Siempre estaba afuera con los pájaros, los gatos, tuvimos perros, vivimos siempre en un pueblo y ahí había vacas, cabras, ovejas, y siempre flipaba con esos bichos, con insectos o con las serpientes. Amo las serpientes y los reptiles”, contó Ingo, quien habla español a la perfección.

En su familia son todos músicos, “siempre fue un poco difícil vivir mi sueño, era un poco la oveja negra de la familia, y siempre decían: ‘Ese chico tiene que hacer música’. Aprendí a tocar la batería y percusión, mi padre era profesor de batería, y toda mi familia tocó en la Filarmónica de Viena, pero mi amor, mi corazón siempre estaba con los animales. En el ‘94 dije se acabó, me voy a trabajar a un zoo con animales”.

“Al principio estaba súper feliz en el Zoo y estaba súper bien. Pero cuántas más cosas veía menos me gustaba la situación, la vida para los animales en el Zoo. Hasta que llegué a un punto que me dije ‘no puedo trabajar más en un Zoo, no me gusta, no es correcto lo que hacemos aquí, no está bien. Los animales sufren y no me gusta’, y desde ahí fue muy complicado trabajar”, recordó.

Detalló que en los zoológicos en general “te dicen que es importante para la conservación de la especie, que es importante para la gente de la ciudad haga una pausa en su vida, y que es importante para la educación de la gente. Al principio lo entendí y lo pensé así. Pero en el 2.000 viajé a África, a Kenya, a Tanzania y vi a los animales salvajes, y pensé: ‘¡Madre mía! Mira cómo andan, cómo viven en una familia, en una estructura social normal en libertad’. Al volver al Zoo a trabajar y pensé: ‘Acá tenemos un muro, no pueden andar más que hasta allí, y no pueden socializarse con otros animales, la alimentación es toda artificial, lo que comen es lo que les damos y no es suficiente’”.

Por todas estas contrariedades que comenzó a ver en su carrera, después de 6 años de trabajar en el Zoológico al Sur de Alemania, renunció. Desde ese momento se unió a organizaciones internacionales de protección de animales.

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Cambio de paradigma sobre elefantes en cautiverio

En agosto del 2021 recibió un llamado del Santuario de Elefantes de Brasil y le preguntaron si quería ser parte del equipo dedicado a rescatar elefantes en cautiverio, y no lo dudó ni un segundo. “Cuando vi el santuario la primera vez y los elefantes que llegan ahí con un pasado de circo o zoo, rescatados, y si conocés elefantes como Pocha y Guillermina, cómo vivían antes, cómo se comportaban antes y verlas después, ya en el santuario, eso es todo, eso te da todo ”.

“Si me preguntan hoy si puedo ir a un zoo porque tienen un elefante y quieren darle una mejor vida, la única cosa que puedo decir es: ‘Llévala a un santuario. Porque con 500 metros cuadrados, con cemento, como en Mendoza, no se puede hacer nada’. Son muchas las cosas que un zoo no le puede dar a los animales. Por eso estoy feliz y tengo la suerte de trabajar para gente con mi misma opinión”, señaló.

La nueva vida de Pocha y Guillermina

Ingo describió las actitudes y el vínculo entre Pocha y Guillermina de una manera muy particular, tal como la relación de una madre y su hija: “Nunca había visto algo así. ¡Pobre Pocha! Lo siento mucho por ella. Guille es como una niña que no tiene idea de la vida, que no tiene nada de educación, cero. Y Pocha es la típica madre que dice: ‘Bueno, la dejo hacer porque si no me va a tomar el pelo’. Muchas veces ya está cansada, pero ¿qué puede hacer? Guille es más ágil, más rápida que su madre, es más joven, más enérgica y Pocha lo sabe. Y esa puede ser la razón por la que Pocha dice: ‘La dejo hacer las cosas que quiere’. Por eso Guille es como un niño que puede hacer todo, que nunca en su vida escuchó un “no”, todo lo que quiere lo tiene que hacer, y si no se pone a llora, y se enfada. Es la típica hija y tiene mucho para aprender”.

“En el santuario es todo al ritmo de ellas. No queremos forzar nada, por eso somos un santuario, dejar que ellas decidan a su ritmo y eso me gusta mucho. Trabajé con muchas organizaciones de protección animal, y nunca eran 100% tan pro animal, siempre había gente más política, había que sacar una foto, hacer presión, y no debe ser así. Y no es así en el Santuario de Brasil y por eso estoy tan contento”, manifestó.

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Pocha y Guillermina llegaron al mediodía del jueves 12 de mayo pasado al santuario, donde había mucha gente para capturar el momento exacto en el que salieran de sus contenedores, en los que viajaron durante 5 días desde Mendoza.

Pocha fue a la primera que le abrieron la puerta del recinto, pero demoró un poco más de 7 horas en salir. El contenedor de Guillermina lo habían colocado en otra puerta de ingreso al mismo recinto, pero ella también se tomó su tiempo.

El cuidador de animales recordó: “Esa noche yo dormí al lado de Pocha y Guillermina, en el suelo en la tierra. Estaba con una mano debajo de mi cabeza para dormir un poco, pero con la mano izquierda tenía la llave de la puerta para cerrarla ni bien saliera Pocha”.

Las reacciones con las nuevas elefantas del Santuario

“Con Pocha y Guillermina fue una ola en Sudamérica increíble, fascinante. La gente y las reacciones internacionales, del mundo, pero sobre todo de Argentina, fue alucinante. Es un cambio para mejorar las cosas, ojalá en un futuro, hacerlo más fácil para otros elefantes y otros animales”, reflexionó Ingo.

El santuario se mantiene económicamente de las donaciones que hace la gente del mundo, “es una ONG que vive sin dinero del Estado, no hay ayuda de nada, solamente lo que pone la gente privadamente a la cuenta del santuario. Y es muy importante de nuestra parte enseñar a la gente qué pasó con su dinero, qué cosas compramos, hacerlo todo muy transparente. Tenemos reglas, regulaciones, transparencia. Mostrar cómo vivieron Pocha y Guille, y cómo están ahora es algo que cambia muchas veces la opinión y eso ayuda, la gente dona más, o se suman nuevos”.

“Como humanos lo arruinamos. Sacamos a los animales de su naturaleza o son crías de esos animales, y esa especie tiene distintas necesidades y no podemos darle esa forma de vida. Me alegra que el Gobierno de Mendoza lo haya entendido, nos escucharon, lo entendieron”, manifestó, satisfecho, Ingo Schmidinger.

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