Un perturbador viaje a la isla de plástico

En Hawái acaba de entrar en erupción el volcán Kilauea, que se encuentra entre los más activos del planeta. Este archipiélago integrado como estado en EEUU en 1959 es un paraíso por muchas razones, lugar de peregrinaje de aquellos en busca de su ola en playas como las de Makaha, Waimea Bay. También posee bosques ricos en biodiversidad donde perderse.

En medio de toda esta agreste belleza, es difícil imaginar que muy cerca existe, más bien acecha, otra isla, esta vez insidiosa, pues nadie puede mantenerse en pie sobre ella; la llaman el Gran Parche de Basura, científicamente conocida como la Zona de Convergencia Subtropical del Pacífico Norte. Una mancha de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, equivalente a tres veces el tamaño de Francia según la publicación ‘Scientific Reports’, en realidad compuesta por dos grupos, uno que se mueve entre California y la meca de surf y el otro más al oeste, hacia Japón. 80.000 toneladas de residuos atrapados en un vórtice de corrientes que los atraen y empujan a la tranquilidad de su zona interior, donde se acumulan desde antes de 1997. Fue entonces cuando la descubrió el oceanógrafo norteamericano Charles Moore, que participaba en un crucero entre Los Ángeles y Hawái por una zona que los marineros suelen evitar por la escasa presencia de vientos.

Casi la mitad de esa abominación flotante de residuos plásticos son ‘redes fantasma’, llamadas así porque siguen matando pese a haber completado su vida útil; miles de animales quedan enganchados en ellas hasta la muerte. Como la tortuga cuyo esqueleto puede verse enredado en una de las fotos de este reportaje, una de las muchas ‘capturas’ realizadas por la navegante hawaiana Mary Crowley, fundadora en 1979 y directora de Ocean Voyages Institute (www.oceanvoyagesinstitute.org), organización ecologista que en junio batió el récord de limpieza de basura en mar abierto, al ‘pescar’ 93 toneladas precisamente en esta mancha que amenaza la vida oceánica de su país: «A veces está más cerca de California y, a menudo, está un poco más próxima a Hawái. Todos los plásticos afectan negativamente a ciertas áreas en las islas, arrecifes, playas y bahías de mi país. Estos escombros son particularmente dañinos para el conjunto de la vida marina: ballenas, delfines, tortugas y, en realidad, para todo tipo de peces y vida oceánica». Sin olvidar que el lecho marino bajo esa gigantesca y sucia ‘balsa’ también está contaminado, pues hasta el 70% de los residuos acaban por hundirse.

Aquí también hay negacionistas que se aferran a que no pueden ver este ‘parche’ en imágenes por satélite, ignorantes de que se asemeja más a una ‘sopa’ compuesta en gran parte por microplásticos que en algunas zonas se mezclan con residuos más grandes, como chancletas, botellas de detergentes, las temidas artes de pesca a la deriva, que ruedan y se crecen en las olas recogiendo otras redes y más plásticos… Que se lo digan a Crowley, que ha seguido la evolución amenazante de la mancha, ‘destino’ al que ha viajado en varias ocasiones: «La primera vez que me inquieté de verdad fue en una excursión en un velero sin motor a finales de los 70. Esa región suele ser muy tranquila y soleada, paramos cinco días y disfrutamos de la naturaleza marina, las aguas son profundas, unos 550 metros hacia abajo, y el océano es de un hermoso azul intenso. Entonces ya nos topamos con las típicas bolas de vidrio de las redes japonesas y muchos plásticos. Aunque nada como lo que encontramos en 2009, durante un viaje de un mes para estudiar cómo los ‘peces linterna’, que comen plancton y luego son devorados por peces más grandes, estaban alimentándose de plástico, introduciéndolo en la cadena alimentaria. Aprovechamos también para catalogar la cantidad y los tipos de residuos… Allí había acumulaciones masivas de redes, miles de grandes botellas blancas de detergente para ropa, cajas de cerveza y refrescos, baldes, contenedores, juguetes para niños, sillas… Nos sentimos muy angustiados».

A partir de entonces, Crowley y la organización que lidera no han parado de poner rumbo al parche de basura, intentando hallar «soluciones». En viajes sucesivos recogieron gran cantidad de redes fantasma y una enorme variedad de plásticos de consumo, «entre 2,5 y 3 toneladas cada año. Hasta que en 2019 aumentamos nuestros esfuerzos y logramos limpiezas en medio del océano que establecieron récords. En 2018 comenzamos a usar rastreadores satelitales GPS para etiquetar las redes y otros desechos grandes, trabajo realizado por varios barcos, desde los de Greenpeace hasta familias que pasaban sus vacaciones en velero, embarcaciones de carreras y buques de trabajo. Una veintena de navíos y más de 200 personas han colaborado en esto y agradecemos mucho su ayuda».

Entre los momentos más inquietantes vividos por Crowley, recuerda el instante en que divisó el esqueleto de una tortuga marina «encerrado en una red, dentro de muchas otras redes. Fue extremadamente perturbador. Amo a todas las criaturas del océano. Ver ballenas jóvenes varadas en las playas, muertas porque han muerto de hambre con el estómago lleno de plásticos, toda esa destrucción de la vida marina, es probablemente lo más angustioso para mí. Sin embargo, también es terrible ver cómo nuestra basura, en lugar de ser reciclada o reutilizada, flota en lo que alguna vez fue un océano prístino. Igualmente el hecho de que nuestro mundo siga fabricando más plásticos, especialmente los desechables, porque puede ser un buen material para un montón de usos permanentes, pero es una elección terrible para platos, vasos, envases… Necesitamos cambiar nuestras costumbres y convertirnos en mejores administradores de nuestro magnífico océano».

Y llegamos a este año que estamos a punto de despedir, en el que han librado al parche del peso de 154 toneladas de residuos, 93 de ellas en un solo viaje, considerado como la mayor limpieza realizada en alta mar de una sola vez: «Fue una sensación magnífica y triunfante, ya que es mucho plástico. Nuestra misión para 2021 es eliminar unas 450 toneladas, es decir, triplicar nuestra recogida de este año. Invitamos a personas de todo el mundo a unirse a nosotros en este esfuerzo, tanto donando a nuestra causa como haciendo limpiezas en sus propias áreas (los interesados pueden escribir a [email protected]). La gente no suele arrojar este tipo de desechos al océano a propósito, aunque haya algunos ‘criminales contra la naturaleza’ que sí lo hacen. Solemos tirar este tipo de residuos en contenedores de basura que están desbordados o terminan en vertederos, y el viento y las lluvias los mueven hacia el océano». Los investigadores creen que el 20% del total de esta mancha procede del tsunami de 2011 en Japón.

Esculturas, energía, pulseras…

– ¿Qué hacen con los residuos recogidos?

– Nuestro compromiso es que todo lo que recopilemos sea reutilizado, reciclado, y que nada terminará de nuevo en el océano o en un vertedero. Hemos entregado materiales a artistas para esculturas y pinturas que educan a las personas sobre los plásticos en el mar. Hemos realizado exhibiciones de los residuos en museos. Hemos convertido plástico en energía limpia con Hawaii Power para proporcionar electricidad a nuestros hogares. Podemos convertirlo también en combustible, en paneles aislantes y otros materiales de construcción. He trabajado con empresas que fabrican tejidos y equipos médicos. Las redes se han convertido en pulseras, collares, correas para perros, llaves, cadenas… Y estudiamos su uso en la construcción de carreteras».

Crowley navega desde los 4 años, al principio en el barco de madera de su abuelo, en el lago Michigan, en Chicago. «Era una actividad familiar, padres, hermanos… Todos lo disfrutábamos. Amo el mar. He tenido el placer y el honor de navegar más de 115.000 millas náuticas (200.000 kilómetros). Es este profundo amor que siento el que inspira mi devoción por estas limpiezas, por restaurar y mantener la salud de nuestro océano, al que llevamos usando como un cubo de basura durante siglos».

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