Las estrategias para reducir el dióxido de carbono en la atmósfera llevaron la mirada hacia el océano. Entre las propuestas más exploradas figuran métodos de eliminación de carbono marino (mCDR, por sus siglas en inglés), diseñados para potenciar la absorción de CO₂ por parte de los ecosistemas acuáticos. Sin embargo, nuevas investigaciones advirtieron sobre efectos adversos de estas intervenciones.
Varios enfoques biológicos de mCDR, lejos de ser soluciones inocuas, podrían empeorar un problema ya crítico: la pérdida de oxígeno en los océanos. Este fenómeno, conocido como desoxigenación, pone en jaque la vida marina. En las últimas décadas, el calentamiento global redujo un 2 % del oxígeno disponible en los mares, alterando hábitats y especies.
El estudio, basado en simulaciones globales, evaluó múltiples técnicas. Algunas, como la fertilización oceánica o el hundimiento de biomasa de algas, resultaron ser particularmente riesgosas. Estos procesos impulsan el crecimiento de organismos fotosintéticos cuya descomposición, más tarde, consume grandes cantidades de oxígeno. Así, lo que se gana mitigando el cambio climático, se pierde en términos de salud marina.

Algas, oxígeno y consecuencias invisibles
Uno de los métodos más críticos es el hundimiento de macroalgas tras su cultivo a gran escala. Aunque inicialmente parece una estrategia natural, su degradación en zonas profundas agota el oxígeno en niveles alarmantes. Las simulaciones demostraron que este tipo de mCDR podría generar una caída de oxígeno de entre 4 y 40 veces superior a los beneficios que aporta reducir el calentamiento global.
La surgencia artificial —proceso que hace aflorar aguas profundas ricas en nutrientes— también representa un peligro. Aunque incrementa la productividad biológica temporal, acelera procesos de descomposición que agravan la desoxigenación oceánica, un fenómeno que ya afecta especialmente a especies más sensibles.
A diferencia de estos enfoques, los métodos geoquímicos, como aumentar la alcalinidad del mar con compuestos de caliza, mostraron menor impacto ecológico. Al no involucrar aporte de nutrientes ni descomposición orgánica, no generan pérdida significativa de oxígeno y se asemejan, en sus efectos, a una simple reducción de emisiones.
El cultivo de algas como excepción para la preservación de la vida oceánica
Una alternativa más segura es el cultivo de macroalgas con recolección de biomasa. A diferencia del hundimiento, esta técnica permite absorber CO₂ sin consumir oxígeno marino, ya que los nutrientes son retirados con la biomasa antes de que ocurra su descomposición en el océano.
Modelos a gran escala incluso sugieren que esta estrategia podría revertir parte de la pérdida de oxígeno ya sufrida. No obstante, extraer nutrientes marinos podría afectar negativamente otras formas de productividad biológica. Por ello, su implementación requeriría un equilibrio cuidadoso entre absorción de carbono y conservación ecológica.
El océano es un sistema complejo y frágil, donde cada intervención puede tener consecuencias colaterales. En este contexto, los científicos insisten en que toda propuesta de eliminación de carbono marino incluya, de manera obligatoria, el monitoreo continuo de los niveles de oxígeno.

Urgencia y precaución ante nuevas tecnologías
Aunque las políticas climáticas avanzan, la necesidad de alcanzar emisiones netas cero llevó a considerar opciones más radicales como las mCDR. Si bien el océano es un gran aliado en la captura natural de carbono, intervenir masivamente en sus procesos plantea riesgos aún no del todo comprendidos.
La carrera por frenar el cambio climático no puede darse a expensas de la salud de los ecosistemas marinos. Medidas bienintencionadas, si no son rigurosamente evaluadas, podrían terminar agravando el deterioro ambiental. La conservación del oxígeno oceánico debe convertirse en un eje clave en la planificación de cualquier acción climática futura.
La importancia del dióxido de carbono en la vida oceánica
El dióxido de carbono (CO₂) cumple un rol esencial en la vida oceánica, al ser la base del proceso de fotosíntesis que realizan fitoplancton, algas y otros organismos marinos. Estas formas de vida microscópicas, al captar CO₂ y liberar oxígeno, no solo sostienen la cadena alimentaria marina, sino que también contribuyen a la producción de gran parte del oxígeno que respiramos en la Tierra.
Además, el CO₂ disuelto en el océano participa en el equilibrio químico del agua, ayudando a regular su acidez. Este equilibrio es vital para la formación de conchas y esqueletos de muchos organismos marinos, como corales, moluscos y ciertos tipos de plancton calcáreo, cuya existencia depende del carbonato de calcio.
Sin embargo, un exceso de CO₂ —producto de las emisiones humanas— puede alterar este delicado balance, provocando la acidificación del océano. Este fenómeno amenaza ecosistemas enteros y compromete la supervivencia de especies claves, mostrando que si bien el CO₂ es fundamental para la vida marina, su concentración debe mantenerse dentro de límites naturales.



