Los surucuáes: una familia de aves que embellece con sus colores y sonidos la selva misionera

Junto con los tucanes, los tangaráes y los bailarines, los surucuáes forman parte de la excéntrica paleta de colores de la selva misionera. En Misiones hay dos especies, el Surucuá Común y el Surucuá Amarillo. En esta nota, te contamos más sobre las características de estos luminosos pajaritos.

Los surucuáes pertenecen a la familia Trogonidae, siendo los parientes más australes de los impresionantes Quetzales de Centroamérica. En la provincia de Misiones existen dos especies de surucuá: el Surucuá Común y el Surucuá Amarillo, el primero bastante más frecuente y abundante que el segundo, pero igualmente hermoso.

Se trata de aves pasivas que suelen posar en ramas despejadas desde las que observan curiosos a los caminantes de la selva.

Se trata de aves de unos 27 cm de largo, de postura vertical, pico muy corto y ancho, ojos grandes y una larga cola rectangular de aspecto muy firme. Ambas especies presentan dimorfismo sexual. El Surucuá Común macho tiene el vientre de color rojo brillante, con cabeza, lomo y dorso de la larga cola de un tono azul verdoso iridiscente. La cara ventral de la cola es blanca y negra. La hembra, en cambio, tiene una coloración gris ceniza en casi todo el cuerpo y el vientre rojo un poco más claro que el macho. El Surucuá Amarillo macho, en cambio, tiene el vientre color amarillo intenso y cabeza, dorso y cola de un verde metalizado brillante. La cara interna de la cola tiene un delicado barrado blanco y negro. La hembra tiene el vientre amarillo bastante más pálido y el resto de su cuerpo es de tono ocre.

Las dos especies nidifican en huecos, generalmente encuentran huecos de árboles a no menos de 2 metros de altura, aunque también pueden construir sus nidos escarbando ellos mismos en termiteros arbóreos. Para esto escarban con sus fuertes patas cortas que tienen dos dedos orientados hacia adelante y dos hacia atrás, mientras se apoyan verticalmente con la cola como soporte. Ponen 3 o 4 huevos y los pichones son alimentados por ambos padres. Su dieta se basa principalmente en insectos y larvas, también frutos.

Estas dos especies son típicas de la selva, aunque el Surucuá Común también puede hacerse presente en áreas abiertas como chacras, capueras, bordes de arroyos o caminos. Ambos suelen posar estáticos en ramas del estrato medio o alto de la selva, desde donde hacen vuelos cortos mostrando su particular y grácil silueta de cola larga y alas cortas, muchas veces aprovechando para capturar insectos en el aire.

Además de sus plumas de colores vibrantes, sus vocalizaciones no pasan desapercibidas: el Surucuá Común emite una serie de entre 8 y 14 silbos algo aflautados, acelerados, mientras que el Surucuá Amarillo suele hacer series de 4 o 5 silbos un poco más prolongados y espaciados entre sí.

Los Surucuáes son, sin dudas, una parte del elenco de la selva misionera que no podemos pasar por alto.

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