Trazan un mapa de «viento galáctico» en Chile

Con la ayuda de un gran telescopio instalado en el desierto de Atacama, en Chile, un grupo de científicos de Francia y Canadá logró, por primera vez, armar un mapa de un «viento galáctico», una nebulosa de gas y polvo, que permite entender la «materia oscura» y desconocida de las galaxias.

«Es como si viéramos un iceberg por primera vez», aseguró Nicolas Bouché, investigador francés y coautor del estudio publicado en la prestigiosa revista británica Mnras, junto a Johannes Zabl, del departamento de Astronomía de la universidad canadiense de Saint Mary.

Las galaxias están formadas por lo que los científicos denominan materia oscura, de naturaleza desconocida e invisible. Sólo el 16% de los materiales que la componen son bariones, es decir los átomos y moléculas que conocemos.

Pero además, de ese porcentaje, hasta el momento sólo se pudo observa el 20% de esos barones, ya que el resto, la materia «faltante», se la lleva el viento galáctico, una nebulosa de gas y polvo provocada por la explosión de estrellas en el seno de una galaxia.

En conclusión, es poco lo que sabe de cómo están formadas las galaxias.

«Las galaxias son raramente islotes pasivos de estrellas, sino más bien estructuras dinámicas, cuya formación y evolución apenas estamos empezando a descubrir», explicó el astrofísico Bouché, quien integra un equipo internacional dirigido por investigadores del Centro de Investigaciones Astrofísicas de Lyon (Cral).

Para realizar dichos estudios, el equipo utilizó el espectógrafo Muse del gran telescopio VLT instalado por el Observatorio Europeo Austral en el desierto chileno de Atacama.

Aunque otros investigadores habían localizado nebulosas de galaxias, pero mucho más difusas, el estudio encabezado por Bouché determinó que tras la observación de Gal1, una galaxia bastante joven, de unos 1.000 millones de años de antigüedad, se pudo detectar «una nube de gas producido por esos vientos galácticos, que se escapa de ambos lados del disco de la galaxia, a través de dos conos asimétricos».

Se estima que las dimensiones de esa nube son gigantescas, del orden de más de 80.000 años luz respecto del centro de Gal1. En comparación, nuestra Vía Láctea tiene un diámetro de aproximadamente 100.000 años luz.

La nube, por lo tanto, es una especie de depósito de materia, equivalente solamente al «10 a 20% de la masa de la galaxia detectada», explica Bouché.

Una parte de la misma vuelve a verterse en el disco galáctico para formar esas estrellas, algunas de las cuales acaban explotando, y vuelven a mandar materia hacia la nebulosa, en un círculo incesante.

Los astrónomos tuvieron la suerte de tener como «faro» a un cuásar, un objeto particularmente luminoso del universo, que por su proximidad con la galaxia Gal1 permitió detectar la presencia de magnesio, integrante esencial de esas nebulosas

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