¿Cuáles son los desafíos energéticos en América latina y el Caribe?

Se calcula que en las próximas dos décadas necesitará adicionar a la demanda actual no menos de dos millones de barriles de petróleo por día, 200 millones de m3/día de gas natural y 1.700 TWh (teravatios hora) de energía eléctrica.

 
Junto con esta presión deberá también hacer frente a desafíos en los diversos ejes del desarrollo sostenible, así como a las necesidades de una planificación de la oferta e inversión energética a mediano y largo plazo.
 
Si bien la región produce energía mediante una matriz relativamente limpia, por cuanto 25% de la oferta total es renovable, lo hace principalmente por el aporte de la hidroelectricidad de gran porte y de la biomasa, siendo marginal la producción de las energías renovables no convencionales como la geotérmica, solar y eólica.
 
En relación con el promedio mundial, la región emite bajos niveles de gases de efecto invernadero en términos relativos y absolutos. En los últimos veinte años se observa además un leve desacople de las emisiones respecto del consumo energético (3% de disminución en las emisiones de CO2 por unidad de consumo final). Esto se dio, en parte, por un amplio proceso de electrificación, penetración del gas natural y avances en la eficiencia energética.
 
Es de esperar que la región continúe siendo receptora de tecnologías vinculadas al paradigma del desarrollo sostenible. Para ello deberá estar preparada para adaptarlas y establecer al mismo tiempo estrategias claras respecto de la matriz energética deseable según su disponibilidad de recursos naturales, técnicos y financieros.
 
La introducción y difusión de energías renovables no convencionales –que forman parte del paradigma de desarrollo sostenible y se han transformado en uno de los motores económicos de los países desarrollados- deben ser contempladas en América Latina y el Caribe como oportunidades de desarrollo siempre y cuando contribuyan a crear nuevas cadenas productivas, valor agregado y mejoras en el posicionamiento regional frente a la economía global.
 
La integración energética regional puede facilitar el acceso a la energía, optimizar el uso de recursos, contribuir al cuidado del medio ambiente y reducir el costo global de la energía. Para que tenga éxito debe considerar acuerdos de largo plazo y evitar oportunidades de negocios de coyuntura. También debe estar basada en el convencimiento de la importancia de la cooperación y confianza mutuas y garantizar un acceso no discriminatorio a los mercados.
 
Estas son condiciones de no fácil cumplimiento. Un debate aún vigente en esta área es que en la región está lejos de cerrarse la disputa entre dos conceptos que los países toman como antagónicos: la autarquía o autoabastecimiento energético esbozado en todos los planes, y la pérdida de soberanía que supone el proceso de integración.

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