La inversión mundial en energía sigue creciendo y alcanzará los 3,3 billones de dólares en 2025. Así lo estima la Agencia Internacional de la Energía en su décimo informe anual. Aunque la mayoría de los fondos se destinarán a tecnologías limpias, persisten desequilibrios preocupantes.
Según el informe, más de dos tercios de las inversiones globales se orientarán a fuentes renovables, eficiencia energética, almacenamiento y electrificación. En total, se espera una cifra récord de 2,2 billones de dólares en estos sectores. China liderará el gasto, con una inversión que casi iguala la de Europa y Estados Unidos combinadas.
La energía solar será la principal receptora de fondos, con unos 450.000 millones de dólares. También aumentará el financiamiento para almacenamiento con baterías y eficiencia energética. En contraste, la inversión en combustibles fósiles será la mitad, unos 1,1 billones.
Sin embargo, hay un punto crítico: las redes eléctricas no están recibiendo el mismo impulso. Con apenas 400.000 millones previstos, están muy por detrás de las necesidades para absorber toda la energía limpia proyectada.

Un desafío estructural para la transición a energías limpias
Para que el cambio hacia energías limpias funcione, es necesario transportar y distribuir de forma segura la nueva generación renovable. Pero las redes actuales, sobre todo en los países en desarrollo, no están preparadas para esa transformación masiva.
El informe advierte que, si no se iguala la inversión en redes con la de generación a principios de la próxima década, podrían surgir graves cuellos de botella. La lentitud de los procesos administrativos y los límites en las cadenas de suministro complican aún más la situación.
Además, la desigualdad en la distribución de recursos es notoria. África, que alberga al 20% de la población mundial, recibirá apenas el 2% de la inversión en energías limpias. En cambio, China aumenta su participación año tras año, especialmente en solar, eólica y vehículos eléctricos.
Por otra parte, el financiamiento de tecnologías contaminantes aún persiste. La energía nuclear recibirá en 2025 más del doble que antes de la pandemia. Y aunque la inversión en exploración petrolera disminuirá levemente, el gas natural licuado muestra una expansión sostenida.
La sostenibilidad también necesita infraestructura
El informe concluye que alcanzar un sistema energético justo, limpio y resiliente no solo requiere apostar por renovables, sino también asegurar que esa energía pueda circular eficientemente. Para ello, es clave acelerar la construcción de redes modernas y flexibles.
El impulso actual hacia fuentes limpias es alentador, pero sin una infraestructura de transmisión adecuada, la transición energética corre el riesgo de quedar trunca. La urgencia climática demanda una acción más rápida y equilibrada entre generación y distribución.

Los desafíos económicos de la transición energética
Uno de los principales obstáculos para una transición energética efectiva es el alto costo inicial que implican muchas de las tecnologías limpias. Si bien a largo plazo resultan más sostenibles y económicas, la inversión inicial en infraestructura, investigación y desarrollo representa una barrera significativa para muchos países, especialmente aquellos con economías en desarrollo.
Además, los subsidios vigentes a los combustibles fósiles dificultan la competitividad de las energías renovables. En muchos casos, mantener el petróleo, el gas o el carbón resulta más barato en términos inmediatos, lo que desincentiva el cambio hacia fuentes más limpias, a pesar de sus beneficios ambientales y sociales.
La falta de financiamiento accesible y de mecanismos internacionales de apoyo también limita el avance. Sin un compromiso financiero global y políticas públicas que reduzcan los riesgos de inversión, la transición energética podría retrasarse, perpetuando la dependencia de fuentes contaminantes.



