Un estudio realizado en Costa Rica expuso una problemática poco discutida en América Latina: los pesticidas también se acumulan en aguas residuales urbanas, incluso después de pasar por plantas de tratamiento.
La investigación detectó 29 compuestos presentes en productos de uso cotidiano en hogares, comercios e industrias. Estos químicos aparecieron tanto en el ingreso como en la salida de cuatro sistemas de tratamiento del Valle Central, región donde se concentra la mayor población del país.
Los compuestos más preocupantes fueron cipermetrina, diazinon, cinerina II, diuron y terbutrina. En todos los casos, sus niveles superaron los límites seguros para organismos acuáticos, lo que implica un riesgo constante para ríos y quebradas que reciben esos efluentes. Además, pertenecen a familias químicas asociadas a efectos dañinos en el sistema nervioso y a alteraciones hormonales.
El hallazgo más inesperado fue la detección de cinco pesticidas que nunca habían sido registrados antes en aguas residuales urbanas. Entre ellos se encuentran cinerina II, flubendiamida, dicloran, bifenilo y 1,4-dimetilnaftaleno. Muchos provienen de insecticidas domésticos, fungicidas para plantas ornamentales y conservantes usados en alimentos.

Herramientas para medir el impacto toxicológico
Para evaluar el alcance real del problema, los investigadores aplicaron un coeficiente de peligro que compara las concentraciones de pesticidas con niveles seguros para la fauna acuática. Además, realizaron pruebas con tres organismos centinela: un crustáceo de agua dulce, una bacteria luminescente y semillas de lechuga.
Los resultados fueron contundentes: 17 sustancias representaron un riesgo ambiental elevado. Sin embargo, el panorama general mostró un escenario aún más complejo. La combinación de todos los compuestos presentes en cada muestra elevó la toxicidad total, tanto en el agua cruda como en el efluente tratado.
La mezcla de químicos actuó de forma acumulativa, generando un riesgo ambiental superior al de cada pesticida por separado. Este trabajo es pionero en la región al analizar más de 400 ingredientes activos usados en pesticidas comerciales.
El avance representa un paso importante para comprender cómo las ciudades aportan contaminantes invisibles a los ecosistemas. El estudio también abre la puerta a nuevas evaluaciones que consideren el efecto combinado de residuos químicos.
Limitaciones estructurales en el tratamiento de aguas
Expertos en recursos hídricos advierten que esta situación no es exclusiva de Costa Rica. La mayoría de las plantas de tratamiento de América Latina fueron diseñadas para eliminar materia orgánica, no pesticidas o compuestos altamente persistentes.
Por eso, los efluentes terminan liberando sustancias que los sistemas no están preparados para retener o degradar. Parte de los pesticidas incluso aumentó su concentración en la salida de algunas plantas.
Esto podría ocurrir cuando los químicos se desprenden de los sólidos retenidos o cuando se transforman durante el proceso de tratamiento. El fenómeno revela deficiencias que requieren una revisión urgente de los métodos de depuración actuales.
En Costa Rica, menos del 15 % de la población está conectada a sistemas de tratamiento de aguas residuales. Esto implica que la mayoría de los desechos urbanos llega a los ríos sin pasar por ningún proceso de depuración. La combinación de baja cobertura y tecnología insuficiente agrava el riesgo para los ecosistemas de agua dulce.

Una problemática regional que avanza más rápido que la regulación
El informe apunta a un desafío mayor: la rápida incorporación de nuevas moléculas al mercado. La industria introduce compuestos con velocidad creciente, mientras los marcos regulatorios tardan años en evaluar, controlar o prohibir sustancias peligrosas.
Así, químicos retirados en países desarrollados siguen circulando en mercados con controles más débiles. Este rezago regulatorio tiene efectos directos sobre el ambiente urbano y los cuerpos de agua.
Los pesticidas se usan masivamente en jardines, edificios, comercios y espacios públicos sin información clara sobre sus impactos. El resultado es un flujo continuo de contaminantes hacia los sistemas de drenaje y, en última instancia, hacia los ríos.
La magnitud del problema exige dialogar con autoridades responsables de saneamiento y planificación urbana. Las decisiones sobre infraestructura determinan qué sustancias llegan a los cursos de agua y cuáles podrían ser retenidas o tratadas. La falta de actualización tecnológica y normativa deja a las ciudades expuestas a una contaminación silenciosa pero persistente.
Beneficios de esta iniciativa científica para la región
El estudio abre una oportunidad para transformar la gestión ambiental urbana en América Latina. Su principal aporte es visibilizar un problema antes ignorado: los pesticidas que usamos en nuestras ciudades también contaminan los ecosistemas.
Contar con datos concretos permite impulsar políticas más efectivas y adaptadas a la realidad regional. Además, la metodología desarrollada facilita la identificación temprana de químicos emergentes.
Esto puede ayudar a actualizar normativas, prohibir sustancias altamente tóxicas y mejorar los requisitos para productos de uso doméstico. También ofrece herramientas para mejorar el diseño de plantas de tratamiento y promover tecnologías capaces de retener contaminantes persistentes.
La investigación fomenta la cooperación entre universidades, gobiernos locales y organismos ambientales. Con una base científica sólida, la región puede impulsar estrategias de prevención, educación ciudadana y monitoreo permanente. A largo plazo, estos avances podrían reducir la carga química que reciben los ríos urbanos y fortalecer la salud de los ecosistemas.



