La Rioja: crece el miniturismo en la Costa

La Costa rioajana no es una costa marina ni siquiera fluvial, sino la zona que bordea el cordón de Velasco, con unos 13 pueblitos a la vera de la ruta provincial 75 -en gran parte de ripio-, en un microclima especial, que comienza a unos 30 kilómetros de la ciudad capital y se extiende unos 120 más.

 
Su pintoresco ambiente, en el que prevalece el verde en valles, quebradas y cerros, con grandes nogales, olivos, durazneros, manzanos, membrillos y frescos viñedos entre altos cardones, la convirtieron en el lugar preferido para escapadas de fin de semana de los capitalinos.
 
Uno de sus atractivos son los vinos, en especial malbec casero y torrontés riojano, además del ‘hervido’, en el que se hierve el jugo de uva y tras mezclarlo con una parte cruda se obtiene un vino dulce de mayor graduación alcohólica.
 
En Aguas Blanca, un francés llamado Michel compra el vino malbec y, en una réplica de una costumbre de su pueblo cercano a los Pirineos, le agrega nueces verdes, que le cambian el color y el sabor y generan un vino especial.
 
En Anillaco, la médica retirada Amelia Bozas, de 72 años, produce el vino ‘Mío’, que aseguró a Télam que es el único totalmente natural de la costa, sin químicos y ni siquiera levadura agregada, sobre el que explicó que ‘la base está en el manejo de la uva, porque es sólo jugo de uva fermentada’.
 
En esa localidad también se encuentra el único criadero de esturiones del país, con alevinos traídos del Mar Negro, que espera comenzar a producir caviar el año próximo.
 
Los Molinos está a unos cinco kilómetros de Anillaco y en su plaza principal se conservan los restos de dos molinos harineros del siglo XVIII, instalados por los españoles.
 
San Pedro, de unos 300 habitantes, está algo más alejado de la ruta 75, en una zona que fue de picapedreros, por lo que su principal atractivo es la iglesia, levantada en 1890 precisamente con piedras cortadas y reconstruida en 1955.
 
El último pueblito, a 1.850 metros de altitud, es Santa Vera Cruz, que además de sus panes caseros y quesillos de cabra, ofrece propuestas de turismo aventura, con senderismo y campamentos por sus cerros hacia miradores, grutas y cascadas.
 
Uno de los pocos pueblos de la costa que tiene hospedaje es Anillaco, por lo que la opción para recorrerlos bien -que demanda dos o tres días- es pernoctar en la capital o en Aimogasta. 

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