La vida en el delta del Níger, una de las zonas más contaminadas del mundo, se ha convertido en una batalla diaria por la supervivencia debido a décadas de vertidos de petróleo, atribuidos principalmente a la multinacional Shell.
Comunidades como Vile y Ogale enfrentan la destrucción de sus manglares, la pérdida de sus medios de subsistencia tradicionales como la pesca y la recolección de moluscos, representan graves riesgos para la salud, mientras libran una batalla legal en Londres contra el gigante energético.
Dawhari Stanford, de 65 años y pescadora en Vile, resume la tragedia: «Cuando era niña recogíamos moluscos, hasta que un día no pudimos encontrar más».
«Eso fue en 2011 y todo estaba cubierto por una espesa capa de petróleo. Ya no queda nada que pescar. Si vas al río y echas la red no atrapas nada«.
Describe cómo bañarse dejaba «una película de aceite en el cuerpo», obligando a lavarse repetidamente con jabón.
La pesadilla sanitaria: agua y enfermedades en las zonas más contaminadas
El médico Ville Briggs, experto en enfermedades por vertidos, examina en una clínica de Port Harcourt a Esther VkT, una comadrona de Ogale, y a su hijo de 10 años, ambos con erupciones cutáneas por vivie en una de las zonas más contaminadas.
Briggs vincula sus males directamente al agua contaminada: «Sabemos que el agua de Ogale está contaminada y que contenía hidrocarburos 900 veces más que los límites establecidos por la OMS«.
Le recomienda evitar el agua local para beber, bañarse y cocinar, algo económicamente inalcanzable para Esther: «¿Cómo podemos permitirnos ir a buscar agua a otra parte?».
Briggs alerta sobre un aumento alarmante de cánceres (pulmón, sangre, huesos, útero, mama) y problemas cardiovasculares y renales en personas cada vez más jóvenes, incluso menores de 30 años, algo «completamente nuevo» y atribuido al entorno ambiental contaminado.
«Es una desgracia y sólo porque tienen la mala suerte de vivir en estos pueblos llenos de petróleo«, lamenta.
Economía ilegal y ciclo de violencia
La destrucción ambiental empuja a muchos, como Kingsley Ogararu (38 años), al negocio ilegal del petróleo: robos de crudo y refinerías clandestinas.
«Teníamos las manos vacías porque no podíamos cultivar nada ni pescar y lo lamentable es que el gobierno no se preocupaba por nosotros».
Tras presenciar tres muertes por incendios en una refinería, Kingsley abandonó esa vida. Ahora trabaja con Fyneface Dumnamene, director de una ONG que promueve alternativas como la energía solar para combatir la pobreza energética y reducir el robo de crudo.
«Si ganan dinero saboteando los oleoductos, les están robando los pescadores y agricultores su medio de vida»*, argumenta Dumnamene.
La Batalla Legal: Bodo como Esperanza
Dawhari, Esther y miles de vecinos (unos 13.000 de Bille y Ogale) demandaron a Shell en Londres. La multinacional, que anunció su retirada del delta para enfocarse en yacimientos marinos, niega responsabilidad.
En una declaración escrita, culpó a «delincuentes que se apropian del petróleo a escala industrial» como principal causa de las fugas. Los demandantes y expertos rechazan esto, señalando el mal estado de los oleoductos de Shell.
«El principal problema son las innumerables fugas debido al mal mantenimiento», se argumenta.
Un precedente esperanzador viene de Bodo. Tras masivos vertidos en 2008 y 2009, Shell ofreció compensaciones irrisorias (4.000 dólares y arroz).
Los vecinos demandaron en Londres y ganaron: Shell fue condenada a pagar 80 millones de dólares y a financiar la limpieza de 1.000 hectáreas de manglar contaminado.
Hoy, equipos científicos toman muestras de suelo y agua para evaluar los riesgos residuales tras la limpieza y asegurar el cumplimiento.
Reforestando el futuro: el regreso de los manglares
La limpieza en Bodo permite la reforestación, liderada por expertos como Princess Jordan (28 años). Ella recuerda el manglar de su infancia, contrastándolo con el paisaje devastado que encontró en 2020: «Los mangles son la madre de los ríos ya que absorben carbono, purifican el aire«.
Dirige un vivero de mangles y supervisa la plantación. «La tasa de supervivencia es del 90%. Es realmente maravilloso verlo», afirma Michael, supervisor de los equipos. Aunque la recuperación es lenta, es un modelo para otras comunidades.
Mientras el juicio en Londres sigue su curso, comunidades como Bille y Ogale claman por justicia, indemnización y restauración ambiental.
Dawhari Stanford, analfabeta pero decidida, firmó la demanda con su huella: «Me uní porque vivo aquí y sigo el caso para que todo el mundo vuelva a sentirse mejor. Podrán volver a la escuela«.
Su lucha, y la de miles, es por devolver la vida a un delta que el petróleo ahogó en miseria.




