Uruguay logró una transición energética modelo y, hoy, genera electricidad casi 100% renovable, lo que la convierte en un ejemplo a seguir a nivel global.
El pequeño país latinoamericano logró reducir sus costes a la mitad frente a uso de los combustibles fósiles.
El físico Ramón Méndez Galain, quien lideró esta transformación, sostiene que el mismo modelo podría replicarse en cualquier lugar del mundo si existe voluntad política para cambiar las reglas del juego.
El sistema eléctrico renovable y más económico
El país sudamericano genera cerca del 99% de su electricidad con fuentes renovables.
Las plantas térmicas, que representan entre 1% y 3%, solo se activan cuando la hidroelectricidad, el viento y el sol no cubren toda la demanda.
La matriz energética combina aproximadamente 45% de hidroelectricidad, hasta 35% de energía eólica, 15% de biomasa y generación solar para completar los períodos de menor producción.

Esta diversificación permitió reducir el coste total de la electricidad aproximadamente a la mitad respecto a un sistema basado en fósiles.
Para Méndez Galain, director de energía de Uruguay entre 2008 y 2015, la transición energética nunca fue solo un asunto climático.
«Fue, ante todo, una cuestión económica», explica el físico.
Así, en el camino de la transición energética, Uruguay demostró que la energía limpia puede resultar más barata, estable y generadora de empleo que el petróleo o el gas.
Inversión, empleo y estabilidad económica gracias a la transición energética en Uruguay
La transición energética uruguaya atrajo cerca de 6000 millones de dólares en inversiones renovables durante un período de cinco años.
Este proceso generó 50.000 empleos, una cifra especialmente relevante para un país de 3,5 millones de habitantes.
Sin embargo, el cambio más significativo quizá no esté en los megavatios producidos, sino en la estabilidad económica.
Gracias a su transición energética modelo, Uruguay dejó de sufrir las fluctuaciones del mercado internacional de combustibles.
La dependencia del petróleo importado, que a principios de la década de 2010 era insostenible, quedó prácticamente eliminada.
Esta transformación no fue solo tecnológica, sino también institucional.
El país impulsó mercados de capacidad a largo plazo, eliminó subsidios a los fósiles y creó subastas competitivas para energía eólica y solar que redujeron los precios drásticamente.

Las claves del modelo uruguayo y su transición energética
Méndez Galain insiste en que la clave no está en la tecnología, sino en las instituciones.
Si las reglas favorecen la competencia real, las renovables se imponen por mérito propio.
Los elementos centrales de la transición energética en Uruguay incluyen:
- Eliminación de subsidios a combustibles fósiles
- Creación de subastas competitivas para proyectos renovables
- Mercados de capacidad a largo plazo que garantizan certidumbre regulatoria
- Continuidad política a lo largo de cinco gobiernos consecutivos
- Aprovechamiento de recursos domésticos (viento, hidroelectricidad, biomasa, sol)
El FMI calcula más de 1,3 billones de dólares anuales en subsidios directos a combustibles fósiles globalmente, y más de 6 billones en subsidios indirectos.
Para Uruguay, eliminar estas ventajas artificiales permitió que las renovables compitieran en igualdad de condiciones.
Un ejemplo (y laboratorio) para el mundo
Delegaciones de México, Chile, Colombia, Países Bajos y Sudáfrica han estudiado el modelo de transición energética de Uruguay.
Además, Países como Honduras, República Dominicana y Chile han analizado públicamente los datos económicos buscando cómo aplicar estrategias similares.
Las instituciones financieras internacionales ven la experiencia uruguaya como prueba de que las renovables son una opción económica, no solo ambiental.
El mensaje resulta claro: la transición energética funciona mejor cuando se ahorra dinero y crea empleo.
Más allá de la reducción de emisiones, Uruguay generó impactos ambientales positivos menos visibles:
- menor contaminación del aire en zonas urbanas;
- reducción de residuos industriales mediante valorización energética de biomasa, y;
- disminución de riesgos asociados a derrames o transporte de combustibles.
Méndez Galain plantea que la pregunta nunca fue si las renovables podían funcionar. La pregunta era si los gobiernos serían capaces de cambiar las reglas que las mantenían en desventaja.



