sábado, julio 2, 2022

Conocé la escuela donde entrenan a los guacamayos rojos para devolverlos a los Esteros del Iberá

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En un día de suerte, no hace falta mirar hacia arriba, porque se los escucha; porque acarician el suelo y vuelan bajo, demostrando que no solo dominan el cielo. Aunque en las alturas −lo saben− está la verdadera fiesta. Como las frutas y las flores, los guacamayos rojos colorean los árboles y el horizonte del Iberá.

Los que andan libres son pocos todavía. Cerca de veinte, aunque pronto habrá una nueva suelta. Se concentran en la reserva Yerbalito y en el Portal Cambyretá. Durante 150 años habían desaparecido del paisaje correntino y solo pervivían en la memoria oral, transmitida a lo largo de generaciones.

Fue en 2015 cuando la Fundación Rewilding, en colaboración con las autoridades del Parque Nacional, encaró el proyecto de devolverlos al ecosistema.

Dispersores de semillas y creadores de bosques, fuentes de atracción turística y de actividad económica en los pueblos, la Legislatura provincial declaró al guacamayo rojo un verdadero “monumento natural”.

La espada y la pluma

La especie es cotizada entre cazadores furtivos, por su exotismo y su llamativo plumaje. Quienes no los matan, los capturan para quedárselos o comercializarlos ilegalmente.

Como viven un promedio de sesenta años, hay animales enjaulados que pasan como “herencia” de padres a hijos. Generalmente les cortan las plumas y los obligan a repetir frases, aprovechando su capacidad de reproducir palabras.

El plan de reintroducción de esta ave en la Argentina se nutre de ejemplares que provienen de cautiverio. Estos son encuarentenados, curados y entrenados en el Centro de Conservación Aguará, ubicado en Paso de la Patria, antes de ser liberados.

“Es como preparar a un corredor de fondo -explica Elena Martín, mientras pasa un pájaro sobre su cabeza-. Está practicando resistencia y despegue”.

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Ella es Técnica en Manejo de Fauna Silvestre y responsable de “los guacas” (como los llama) en Aguará. Con silbatos, refuerzos positivos, preparaciones especiales, marionetas rojas de pájaros y hasta zorros taxidermizados, se les enseña todo: a abrir frutos silvestres, detectar predadores, alcanzar altura en el vuelo.

“Estos dos que ven allí nacieron en silvestría y debieron ser evacuados durante los incendios”, señala Elena, con una tonada propia de su España natal y dejos correntinos.

Se trata de Tokwaj y Mbutú: dos pichones que, con menos de tres meses de vida y a solo diez días de dejar el nido, fueron rescatados de emergencia. Su increíble historia refleja el trabajo conservacionista y la fuerza de la naturaleza.

El dilema del huevo y el guacamayo

Atravesar un espectáculo de llamas para renacer de sus propias cenizas se volvió mucho más que una metáfora antigua que persiste en el imaginario. Marianela “Mane” Masat, Coordinadora del proyecto de guacamayos de Rewilding, lo sabe.

Licenciada en Recursos Naturales por la Universidad Nacional de Rosario, trabaja hace cuatro años con esta especie. La entrega es total.

“En esta temporada hubo doce huevos de tres parejas, fue una locura”, comenta con emoción.

A principio de año, con otros trabajadores y voluntarios, montaron un campamento en el Portal Cambyretá, dentro del Parque Nacional. Con escasas comodidades y tomando agua de los Esteros pasada por filtro, iniciaron el trabajo de monitoreo.

Mbutú es el más joven de los guacamayos rojos nacidos en libertad en el país, después de un siglo y medio. Como las aves adultas que debían cuidarlo “no mostraban cualidades parentales”, el equipo decidió retirarlo del nido y criarlo, para darlo “en adopción” a otra pareja de guacamayos.

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“Fue como cuidar a un bebé, a un hijo. Sin dormir, alimentándolo cada dos horas, cubriéndolo con bolsitas de agua caliente. Siempre preocupados por que los ‘nuevos padres’ lo acepten. Por suerte, pasó”, relata Mane.

La pareja adoptiva estaba conformada por Buda y Palo. Estos, a su vez, habían tenido a Tokwaj, dos semanas antes.

La experta también tiene una historia personal con ese pichón. Una madrugada, cerca de las 2 a.m., recibió una llamada por radio: una lechuza grande se había metido en el nido mientras los adultos buscaban comida. Se subió a un caballo y fue a revisar los daños. El pequeño guacamayo tenía reventado el saco aéreo cervical. Pasó diez días en recuperación.

Finalmente, cuando las condiciones estuvieron dadas, Mbutú y su nueva familia se encontraron. El esfuerzo había traído sus recompensas.

Eran días de extremo calor, por lo cual se levantó el campamento. Nadie hubiera sospechado que poco después comenzarían los incendios.

Aves fénix correntinas

Otra madrugada, otra comunicación por radio, una situación mucho más crítica que la anterior. Los brigadistas del Parque mandaron imágenes satelitales: las llamas estaban a dos kilómetros de las cajas-nido.

Mane y voluntarios de la Fundación cabalgaron a través de pastizales cortantes, entre columnas de humo, para buscar a los pichones. Tardaron dos horas en llegar.

Hubo miedo y adrenalina. Una mala pasada del viento y el fuego podía envolverlos. Al llegar, desempacaron la mochila y prepararon el equipo de escalada. Se llevaron a Mbutú y Tokwaj. Por un margen de apenas unos días, no estaban listos para volar.

Las cicatrices de la catástrofe excedieron lo visible. Los trasladaron a Aguará. Luego de recibir curaciones y medicamentos, tuvieron que aprender habilidades desde cero (ya que no contaron con el ejemplo de los adultos).

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Su progreso es notorio. En poco tiempo, cuando puedan valerse por sí mismos, retornarán a Cambyretá.

Gracias al seguimiento con cámaras trampa y a avisos de los vecinos de Villa Olivari y Loreto, se sabe que Buda y Palo se salvaron y andan sanos por los aires.

El regreso del Gua’a pytã

Cientos de especies de aves cubren los Esteros como un escudo. Se mueven en bandadas, a solas, en pareja. No hay camino, hacen su camino al volar.

A ciertas especies, los guaraníes les atribuían orígenes tan humanos como sobrenaturales. Algunos de estos mitos -de diferentes latitudes y épocas históricas- sobreviven en cantos populares.

El Tupã, deidad creadora de la luz y el universo, habría castigado a un hombre por ser mal hijo, poniéndole plumaje negro y condenándolo a llorar. Así habría nacido el carau, presente en el Parque Iberá… y en el famoso chamamé.

Recuerda otra canción que un niño caído de un árbol “por extraño sortilegio, en chogüí se convirtió”. El pájaro chogüí (o celestino) recorre la zona, con su “canto alegre y bullanguero”.

El guacamayo rojo, amenazado en el país, también supo encontrar su lugar en distintas leyendas. Con resiliencia e intervención humana -la contracara de su principal fuente de peligro- sobrevive y resurge lentamente.

Quizás, cuando repueble sus tierras de antaño, inspire nuevas melodías. Su propio trino suena a síntesis de pasado y futuro.

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