El drama de los galgos explotados y la urgencia de una ley que los salve del maltrato en Chile y otros países

En Chile, miles de galgos son víctimas de una práctica brutal: las carreras clandestinas. Estos perros son criados, entrenados y usados como instrumentos de lucro, sometidos a drogas, encierro, agotamiento físico y abandono. Aunque organizaciones animalistas denunciaron esta explotación, la legislación nacional aún no logró prohibirla.

Pese a las mejoras en políticas de bienestar animal, como registros de maltratadores o cementerios de mascotas, el país sigue sin abordar el núcleo del problema: el uso sistemático de galgos como máquinas de competir. Esta práctica persiste gracias a un entramado social, económico y político que protege los intereses de quienes lucran con su sufrimiento.

El entrenamiento forzado comienza cuando los galgos son cachorros. Se los expone a máquinas trotadoras, los obligan a correr atados a vehículos, y se los alimenta con dietas especiales para rendir al máximo. Si no cumplen con el estándar, son descartados o usados como sementales. Las hembras, en este contexto, también son forzadas a reproducirse.

Quienes sí corren son expuestos a rutinas extenuantes que provocan graves lesiones físicas, muchas veces tratadas con métodos caseros sin supervisión veterinaria. Además, viven aislados, sin estímulos afectivos, en condiciones deplorables. Todo para asegurar que su único foco sea ganar.

Prohibirá las carreras de galgos
Gales prohibirá las carreras de galgos.

Explotación, drogas y muerte: la realidad de los galgos

A pocos días de las carreras, se les administran drogas como cocaína, anabólicos o estricnina para aumentar su rendimiento. Algunos mueren en plena pista. Luego son transportados en cajas sin ventilación, violando normas de bienestar animal y de tránsito. La desintoxicación se realiza sin control veterinario, exponiéndolos aún más al dolor y la muerte.

Cuando ya no son “útiles”, los galgos son descartados. Muchos son abandonados en zonas rurales; otros son asesinados cruelmente, incluso colgados de árboles. La expectativa de vida de estos animales se reduce drásticamente, de los 15 años naturales a solo 3 o 5 en este sistema de explotación.

Aunque países como Argentina, Uruguay y Panamá ya prohibieron estas carreras, en Chile los intentos legislativos fracasaron por falta de apoyo político y presión de grupos interesados. El Congreso rechazó varios proyectos de ley, y hasta hoy, el Ejecutivo no emitió ningún decreto para acabar con esta práctica.

La inacción se explica, en parte, por el poder de los galgueros, quienes ejercen presión directa sobre parlamentarios, especialmente en sectores rurales. También influyen los vínculos económicos y mediáticos de algunos legisladores con el mundo de las apuestas y carreras, lo que perpetúa el silencio institucional.

¿Qué son las carreras de galgos y por qué deben terminar?

Estas competencias se basan en aprovechar al máximo las características físicas del galgo: su velocidad, visión periférica, resistencia y docilidad. Su diseño corporal lo hace ideal para correr tras señuelos mecánicos, pero ese mismo potencial es lo que lo convierte en víctima de una explotación sin freno.

Las consecuencias para los animales son devastadoras: daño físico, alteraciones psicológicas, exposición a sustancias tóxicas y una vida de aislamiento. El entorno en el que son criados carece de todo bienestar animal, y su existencia se reduce a ser una herramienta de entretenimiento y ganancia económica.

Prohibir las carreras no solo busca frenar el sufrimiento individual de los galgos, sino transformar un sistema basado en la instrumentalización de los animales para fines recreativos y comerciales. Es un paso hacia una sociedad que reconoce sus derechos y su valor como seres sintientes.

Desarticularon un red clandestina de carreras de galgos.
Desarticularon un red clandestina de carreras de galgos.

Conclusión: una deuda moral y política

Prohibir las carreras de galgos no es solo una acción ética, es una urgencia política y ecológica. La ciudadanía ya se manifestó de manera clara; ahora, es el turno de que el Estado actúe. Cada día que se retrasa una ley, es otro día de sufrimiento injustificado para miles de animales.

El desafío no es técnico, es de voluntad. Se necesita romper con los intereses que perpetúan esta forma de explotación y responder al clamor ciudadano. Solo así se podrá avanzar hacia un país donde los animales no sean instrumentos de tortura, sino seres protegidos por una legislación moderna, compasiva y alineada con el cuidado del planeta.

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