Los osos y las abejas: cómo la miel está ayudando a salvar al oso de anteojos en Bolivia

Un cachorro de oso con distintivos círculos amarillos alrededor de los ojos es captado por una cámara en lo profundo de los bosques secos de la cordillera de los Andes en Bolivia. A su lado, un atisbo del pelaje negro y desgreñado de su madre.

Durante seis meses, los investigadores colocaron cámaras trampa en un área de 600 kilómetros cuadrados, tratando de ver al raro oso de anteojos.

Pero además de la foto ocasional de una figura peluda indistinguible con la cabeza fuera de plano, la escurridiza especie había evitado la lente.

La foto fue un gran avance para la conservacionista boliviana Ximena Vélez-Liendo y su equipo. “Nos sentíamos como en la luna, porque no era solo un oso, era una población reproductora”, dice ella. “Ese fue uno de los momentos más felices de mi vida”.

Cinco años después, Vélez-Liendo reunió detalles esenciales sobre las enigmáticas criaturas e ideó una estrategia para protegerlas.

Como la única especie de oso de Sudamérica, el oso de anteojos u oso andino es famoso en todo el mundo gracias en gran parte al oso Paddington, el personaje ficticio que proviene del “Perú más profundo y oscuro”. Pero en realidad, las poblaciones en todo el continente están disminuyendo.

Quedan menos de 10.000 osos de anteojos, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que cataloga a la especie como vulnerable. En Bolivia, el país más austral del mundo donde se encuentran los osos de anteojos y donde se centra el trabajo de Vélez-Liendo, se cree que hay alrededor de 3.000 individuos.

La severa sequía, como resultado del cambio climático, llevó a los agricultores locales a reemplazar la producción agrícola con ranchos ganaderos, dice Vélez-Liendo. Los osos, que luchan por encontrar comida en su propio hábitat cada vez más pequeño, invaden esta tierra y, a veces, matan al ganado, lo que lleva a los agricultores a matar a los osos como represalia. La deforestación y la explotación de la tierra para el petróleo y la minería contribuye a la pérdida de hábitat, mientras que la sequía desequilibra el ecosistema, acercando a la especie a la extinción.

Vélez-Liendo quiere conservar las criaturas “majestuosas” y “carismáticas” a las que dedicó los últimos 20 años de su vida. Pero su receta para la conservación involucra un ingrediente inusual: la miel.

Osos y apicultores

Con base en el bosque seco interandino del sur de Bolivia y financiado por el zoológico de Chester y la Unidad de Investigación para la Conservación de la Vida Silvestre de la Universidad de Oxford (WildCRU), el proyecto no solo vigila la población de osos de la región, sino que también capacita a la población local como apicultores. La idea es que al generar un ingreso saludable a partir de la miel, ofrezca una alternativa económica a la ganadería.

“La principal amenaza (para los osos) es definitivamente la gente”, dice Vélez-Liendo, y “el ganado es la razón principal por la que la gente mata osos”. Pero la ganadería no se adapta bien a los terrenos altas y produce ganancias pequeñas a un costo ambiental significativo, ya que requiere 20 veces más tierra, agua y recursos que en las tierras bajas, agrega.

Entonces, el equipo instaló apiarios comunitarios, donde la gente local podía aprender y practicar la apicultura. Después de la primera cosecha de miel, la gente empezó a construir sus propias colmenas privadas. La miel, con la marca “Valle de Osos”, salió a la venta y el dinero comenzó a llegar.

Hubo tres cosechas desde que comenzó el proyecto de apicultura en 2018, produciendo 2.750 kilogramos de miel y casi US$ 20.000 en ingresos, dice Vélez-Liendo, más del doble de lo generado por el ganado.

Círculo de la vida

Al mismo tiempo, el proceso está enseñando a los lugareños sobre el ecosistema y el papel crucial del oso en su mantenimiento: al esparcir semillas, los osos ayudan a restaurar los bosques, lo que a su vez ayuda a asegurar el suministro de agua. “La gente necesita ver el beneficio de proteger a los osos”, dice Vélez-Liendo, y a través de la apicultura, “les mostramos que al proteger al oso, están protegiendo el bosque, y al proteger el bosque, están protegiendo a las abejas”.

El proyecto fue ampliamente reconocido como crucial en la preservación de la especie, ganando el Premio Whitley 2017 para conservacionistas de vida silvestre de base. El mes pasado, el Fondo Whitley para la Naturaleza anunció que financiaría a Vélez-Liendo durante los próximos dos años, mientras trabaja para crear un “paisaje protegido productivo”, un marco de gestión que respeta el uso tradicional de la tierra al tiempo que combina la restauración y la actividad económica de naturaleza positiva.

Ella espera que al presentar un marco viable, otros países con poblaciones de osos de anteojos sigan su ejemplo. Los esfuerzos de conservación ya están en marcha en Sudamérica, incluso en Ecuador, donde se creó un corredor de osos al norte de la capital, Quito, y en Perú, donde la Sociedad para la Conservación del Oso de Anteojos (SBC) trabaja con comunidades indígenas para crear áreas protegidas privadas, así como ofrecer programas de medios de vida alternativos.

La participación de la comunidad es esencial en un cambio demográfico duradero, concuerda la bióloga canadiense Robyn Appleton, quien fundó la SBC en 2009. “Si no tienes comunidades a tu lado, no estarás haciendo nada de conservación”, dice ella. “Podrías tener el último oso en Perú, y no importaría”.

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