¿Por qué los manatíes corren peligro en las zonas costeras de Venezuela?

Los ambientalistas Getulio Méndez y Juan Espinoza vieron con horror la oferta de carne de manatí antillano o caribeño (Trichechus manatus manatus) en los puestos de los comerciantes informales del pueblito costero de Yaguaraparo, ubicado en el extremo oeste de la Península de Paria, en el estado Sucre, al noreste de Venezuela. La carne la ofrecían a un dólar el kilogramo durante los días de Navidad del 2020.

Ambos intentaron tomar una fotografía pero el riesgo era demasiado alto. Esta zona tiene varios años bajo el control de una red de bandas criminales, de hecho, el vecino pueblo de San Juan de Las Galdonas, de alta importancia para el desove de tortugas, ha sido invadido por narcotraficantes.

Según las indagaciones de los ambientalistas, en los últimos dos meses se capturaron diez manatíes, que suelen pesar entre 500 y 600 kilogramos.

La tendencia no es nueva, en junio de 2020 fue procesado judicialmente un hombre que capturó un manatí y un jaguar en Apure, en la frontera llanera entre Venezuela y Colombia, mientras que en 2017 el Ministerio de Ecosocialismo rescató a una manatí hembra en Delta Amacuro. En el Lago de Maracaibo también se ha documentado el aumento de la captura de manatíes. La cacería es la segunda causa de disminución de las poblaciones de estos animales en Venezuela.

Ante el hallazgo de la venta de carne de manatí, los activistas sociales y ambientales acudieron a la Fiscalía Ambiental, lo denunciaron en un programa de radio comunitaria y se pusieron en contacto con José Ramón Delgado, de la Fundación Caribe Sur y con la veterinaria especialista en manatíes, Adda Manzanilla, para difundir la problemática. Este animal es considerado por la Lista Roja de la UICN como Vulnerable. Varias personas fueron arrestadas pero recuperaron la libertad a los pocos días.

¿Por qué la población de manatíes está en peligro en Venezuela?

Una triste carrera para cazar al manatí

Las playas de Yaguaraparo colindan con el Parque Nacional Turuépano, una selva de manglares de 700 kilómetros cuadrados que une llanuras en las que varios ríos desembocan en el mar. El lugar es hábitat de manatíes pero tradicionalmente algunas comunidades locales los han cazado por supervivencia y este fue uno de los motivos que llevó al drástico descenso de las poblaciones de este mamífero acuático.

“En Venezuela, esta especie se encuentra considerada en peligro crítico de extinción […] la población ha experimentado una reducción de más del 80 % en los últimos diez años, siendo las principales amenazas la pérdida de hábitat, la cacería y la contaminación”, dice en un estudio sobre mamíferos acuáticos en Venezuela, publicado en 2018.

“Mi preocupación es que directamente en Turuépano nunca los habían cazado así que las poblaciones estaban en buen estado”, cuenta el oceanógrafo venezolano José Ramón Delgado, quien coordinó el proyecto de conservación del manatí de Brasil entre 1986 y 1988.

Este proyecto no se pudo replicar en Venezuela debido al escaso apoyo financiero a los programas de conservación y la falta de vigilancia de las autoridades ambientales en áreas marino costeras, así como por el difícil acceso a los parques nacionales Ciénagas de Juan Manuel (Zulia), Mariusa (Delta del Orinoco) y Turuépano (Sucre). Estos grandes humedales protegidos se deben recorrer en embarcaciones, lo que requiere de altos costos de operación y mantenimiento.

La preocupación de los científicos es alta pues el manatí es un mamífero acuático que pertenece al orden de los sirénidos y está catalogado como Vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Incluso, el Libro Rojo de la Fauna Venezolana lo califica como En Peligro Crítico para el país. A esto se suma que este animal ha sido incluido en el Apéndice I de la Convención Internacional sobre el Comercio de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), donde se encuentran las especies sobre las que se cierne el mayor grado de peligro y que ameritan planes de conservación y medidas especiales de protección.

El manatí se encuentra protegido en Venezuela por la Ley Protección a la Fauna Silvestre desde 1970, pero esto en la práctica ha sido cuestionable pues el Plan de Manejo Regional para el Manatí Antillano, elaborado por el Programa Ambiental del Caribe-PNUMA en 1995, solicitó a los países de la región desarrollar medidas de gestión detalladas y Venezuela fue el último país en elaborar su Plan de Acción para la Conservación de los Mamíferos Acuáticos de Venezuela: delfines de agua dulce, nutrias y manatíes 2017- 2027. Este se presentó a finales de 2018. Según dicho informe, la población de manatíes constaría de menos de 2500 individuos y el animal podría desaparecer del país a la vuelta de dos generaciones.

Para Adda Manzanilla, experta en conservación de manatíes y en el manejo de Fauna Silvestre de la Universidad Experimental de Los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora, es muy complejo determinar el tamaño de las poblaciones de manatíes debido a la turbidez del agua que impide rastreos aéreos y por la falta de recursos para investigar. Según dice, podría haber solo la mitad de la población estimada por el Plan de Acción publicado en 2018.

La dificultad para censar a estos mamíferos acuáticos es algo que también preocupa al doctor en Ecología Héctor Barrios-Garrido. El investigador hizo estudios hasta 2005 mientras que Manzanilla los hizo entre 2003 y 2010, tiempo en el que ella observó 14 ejemplares en 208 kilómetros de recorrido en lancha y organizó el Festival Artístico del Manatí. Según comenta la experta, que además preside la Sociedad para la Investigación y el Manejo de los Recursos Naturales de Venezuela (Sirena de Venezuela), se estima una densidad de un manatí por cada 16 kilómetros. “Es una cantidad bajísima”, dice.

En el trabajo El manatí en los últimos dos siglos, publicado en 2015 por el investigador Ernesto Boede, quien falleció en marzo de 2019, se reveló que el manatí antillano ya estaba extinto en la mayoría de las costas caribeñas de Venezuela, salvo pequeñas poblaciones en el Lago de Maracaibo, humedales cercanos y los parques nacionales Turuépano y Península de Paria.

Además de enfrentar las amenazas por pérdida de hábitat, cacería y muertes accidentales en redes de pesca y colisiones con embarcaciones, los manatíes venezolanos han tenido que enfrentar los derrames petroleros que se volvieron más frecuentes desde 2018, como el que afectó al río Guarapiche y el Caño La Brea.

La situación ahora podría ser peor debido a las dificultades de una emergencia humanitaria que afecta especialmente a minorías étnicas en tiempos de pandemia. Hay una menor presencia de servicios estatales de alimentación y salud pero también de supervisión y cuidado de los parques nacionales. Hasta el momento de publicación de este reportaje, el Ministerio de Ecosocialismo, la Dirección de Diversidad Biológica y la gobernación de Sucre no respondieron a nuestras solicitudes de entrevista.

Esfuerzos de conservación

A pesar de las dificultades, el único programa privado de conservación del manatí sigue en pie. Carlos Silva, ex Jefe del Departamento de Medicina y Preventiva del Zoológico de Bararida, miembro del Grupo de Especialistas en Sirénidos de América del Sur de la UICN y de la Asociación Venezolana de Acuarios y Zoológicos, le contó a Mongabay Latam que han rescatado recientemente a cuatro adultos en el estado Apure y hay dos crías nacidas en cautiverio que se mantienen en buen estado en el Jardín Botánico Zoológico Bararida en Barquisimeto. Sin embargo, desconoce cómo se satisfacen sus necesidades de alimentación y advierte que los animales enmascaran su mala salud hasta que su situación es muy grave.

Sobre el Plan de Acción publicado en 2018, Silva apunta que “para que se desarrolle y tenga resultados se necesita la participación de todos los sectores, educación ambiental y fortalecer la vigilancia en los parques nacionales”.

Sin embargo, ejecutar lo planteado por Silva es bastante complicado. Por ejemplo, la falta de recursos económicos ha impedido que la investigadora Adda Manzanilla continúe con las labores de educación ambiental en escuelas para la conservación del manatí. “Son muy vulnerables, salen cada diez minutos a respirar, no tienen colmillos ni defensas, así que cuando son acosados por los cazadores con sus arpones, suelen morir ahogados”, dice Manzanilla y agrega que después de varios años sin capturas, se habían vuelto tan dóciles que no le huían a los botes de pescadores. “Al manatí lo ofrecen como el triple sabor, porque según la parte de su cuerpo tiene sabor a res, pollo o cerdo”, detalla la investigadora sobre los mitos que hay alrededor de su caza.

A pesar de todo, la veterinaria le pone optimismo a las circunstancias. La pandemia por el COVID-19 le ha servido para rescatar las advertencias sobre consumir carne de manatí pues coloca a las comunidades en riesgo de enfermedades zoonóticas, es decir, que se dé el salto de una enfermedad animal hacia el humano.

Capturar manatíes también afecta la cadena trófica porque este animal necesita comer diariamente el equivalente al 20 % de su peso en plantas acuáticas. “Son esenciales para la limpieza de los caños, pues al ser controladores naturales del material vegetal, permiten la oxigenación por rayos solares del agua lo que beneficia a las poblaciones de moluscos, peces, anfibios, bivalvos y gasterópodos”, detalla Manzanilla.

El naturalista Daniel Müller, investigador de la Fundación Vuelta Larga, organización con una larga trayectoria estudiando al manatí y reforestando bosques en el Parque Nacional Turuépano, añade que sin el movimiento que generan los manatíes en el fondo de las aguas mientras comen y se desplazan, aumentaría la sedimentación de los caños, dificultando la navegación. Asimismo, Müller asegura que la cantidad de heces que produce un mamífero de estas dimensiones resulta de gran importancia para aumentar la riqueza de nutrientes que favorecen la formación de plancton y la nutrición de larvas y pequeños peces.

La noticia reciente de la captura de manatíes para consumo y las fuertes presiones que enfrentan son solo una pequeña fotografía que revela la necesidad urgente de una estrategia de conservación para las especies amenazadas y los ecosistemas, en la que también se incluya la educación ambiental y oportunidades económicas sostenibles para las poblaciones locales.

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