En un descubrimiento arqueológico que promete redefinir nuestra comprensión de la historia, una ciudad bizantina perfectamente preservada ha sido encontrada bajo las arenas del Desierto Occidental de Egipto. Situada en el oasis de Dakhla, esta metrópoli de 1.600 años ofrece una mirada sin precedentes a la vida durante el Imperio Bizantino en Egipto.
Una ventana al pasado: arquitectura bizantina en Egipto
La ciudad, que podría ser nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, proporciona una imagen detallada de la vida cotidiana y el urbanismo en el siglo IV. Con una planificación notablemente avanzada, las calles principales se extendían de norte a sur, cruzadas por caminos de este a oeste, conformando amplias plazas públicas.
La seguridad del asentamiento estaba asegurada por dos torres de vigilancia y una estructura centralizada con una iglesia basilical que destacaba en el paisaje urbano. Este diseño ofrece una comprensión profunda de las prácticas arquitectónicas y de seguridad de la época.
Encabezados por el arqueólogo Mahmoud Massoud, los investigadores han quedado asombrados por el estado de conservación de las estructuras domésticas. Las viviendas aún poseen techos abovedados, cocinas y hornos, además de molinos de piedra usados para moler granos.
Entre los objetos recuperados se encuentran botellas de aceite y perfumes, lámparas de aceite y cerámica de uso diario, lo que añade riqueza al contexto histórico de la ciudad.
El hallazgo va más allá de las estructuras físicas. Se recuperaron cerca de 200 ostracas con inscripciones en copto y griego, revelando cartas personales y transacciones comerciales de la época. Además, se encontró una colección de monedas, incluyendo piezas doradas del reinado del emperador Constancio II.
Este descubrimiento permite explorar un capítulo en la historia de Egipto dominado por el cristianismo y la influencia bizantina, una época que transformó culturalmente la región.
Simultáneamente, en Marina el-Alamein, arqueólogos han desenterrado 18 tumbas antiguas, incluyendo un sarcófago de granito y cuerpos con láminas de oro en sus bocas. Esta práctica, conocida como «lengua de oro», se creía que permitía a los difuntos comunicarse en el más allá.



