Un nuevo enfoque científico liderado por investigadores de la Universidad de Berkeley plantea que las vacas pueden ser una herramienta ecológica para reducir incendios, restaurar biodiversidad y almacenar carbono en los suelos.
La propuesta desafía la narrativa dominante que las señala como uno de los principales responsables del calentamiento global.
El debate: metano vs. manejo de pastizales
Las críticas hacia la ganadería tienen base sólida: el metano es un gas de efecto invernadero muy potente, capaz de atrapar hasta 80 veces más calor que el CO₂ en un horizonte de 20 años. En California, aproximadamente la mitad de las emisiones de metano provienen del ganado, sobre todo de los eructos y del estiércol.
Sin embargo, la ecóloga de pastos Lynn Huntsinger advierte que esta cifra solo muestra una parte de la historia. Cuando se ajustan las emisiones a equivalentes de CO₂, toda la agricultura representa alrededor del 8 % de las emisiones del estado. Además, los rangelands californianos, que cubren más de la mitad del territorio, evolucionaron históricamente con herbívoros y perturbaciones periódicas.
La pregunta incómoda es otra: ¿y si el problema no fuera la cantidad de vacas, sino la falta de pastoreo bien gestionado en los lugares adecuados?
Vacas como herramienta ecológica
Investigadores como Huntsinger utilizan el pastoreo controlado para:
- Reducir especies invasoras que desplazan a la flora nativa.
- Proteger cuencas hídricas.
- Disminuir la carga de combustible vegetal, reduciendo el riesgo de incendios.
En paisajes cada vez más secos e inestables, las vacas pueden desempeñar un papel corrector frente a décadas de abandono y mala gestión. “Bien manejadas, favorecen la biodiversidad y reducen la probabilidad de que los incendios se inicien y se propaguen”, sostiene Huntsinger.
Un estudio de 2022 estimó que el ganado eliminó cerca de 5.400 millones de kilos de biomasa inflamable en los pastizales californianos. Reducir incendios también significa reducir emisiones, ya que en 2020 los grandes fuegos aportaron casi una cuarta parte de las emisiones totales del estado.

Biodiversidad y carbono en el suelo
Las vacas, al consumir especies invasoras como avena silvestre o medusahead, ayudan a controlar su expansión. Estas plantas no nativas han transformado los ecosistemas, reduciendo hábitats de aves y polinizadores. El ganado, al preferirlas, contribuye a equilibrar el paisaje.
Además, las pezuñas del ganado cumplen una función ecológica: remueven el suelo y estimulan la germinación de ciertas flores nativas. Un pastoreo moderado también favorece el crecimiento radicular, aumentando el carbono almacenado en el suelo.
Desafíos y soluciones
La ganadería extensiva enfrenta dificultades: sequías, presión urbanística y costes crecientes. Organizaciones como el California Rangeland Trust promueven servidumbres de conservación para proteger tierras frente a la especulación y garantizar una gestión responsable.
En cuanto al metano, California busca reducir sus emisiones un 40 % antes de 2030. Para ello incentiva digestores anaerobios que convierten el gas en biometano para transporte. Aunque la medida genera debate, los estudios no muestran un aumento deliberado de producción por estas ayudas.
Más complejo es el metano de los eructos. Investigaciones experimentales trabajan en modificar el microbioma del rumen mediante algas rojas y técnicas de edición genética, con el objetivo de reducir emisiones de manera permanente en cada animal.
El debate sobre las vacas no admite respuestas simples. Su impacto ambiental depende del cómo, dónde y para qué se gestionan. Eliminar el ganado de golpe podría aumentar incendios y pérdida de biodiversidad, mientras que mantener modelos intensivos sin cambios tampoco es sostenible.
La propuesta de Berkeley abre una discusión clave: las vacas, lejos de ser solo un problema climático, pueden convertirse en aliadas de la resiliencia ecológica si se integran en estrategias de conservación y manejo responsable de los paisajes.



