Un nuevo estudio publicado en Scientific Reports advierte que los bosques de África han dejado de funcionar como sumideros de carbono y se han convertido en una fuente neta de emisiones de CO₂.
La deforestación y la degradación forestal han provocado una pérdida anual de 106.000 millones de kilogramos de biomasa, equivalente al peso de unos 106 millones de automóviles.
Un punto de inflexión preocupante
La investigación, liderada por el National Center for Earth Observation de las universidades de Leicester, Sheffield y Edimburgo, confirma un cambio de tendencia después de 2010, coincidiendo con la expansión agrícola, la extracción maderera y la construcción de nuevas infraestructuras en varios países africanos.
Hasta 2010, los bosques del continente aún lograban absorber carbono. Sin embargo, entre 2010 y 2017, la pérdida se aceleró, especialmente en los bosques tropicales húmedos de la República Democrática del Congo, Madagascar y África occidental.
Tecnología satelital para medir la biomasa
El equipo científico utilizó datos satelitales de alta precisión combinados con algoritmos de aprendizaje automático para reconstruir más de una década de variaciones en la biomasa aérea.
Entre las herramientas empleadas destacan:
- El láser espacial GEDI de la NASA.
- Los radares ALOS de Japón.
Estas tecnologías permitieron detectar incluso pérdidas localizadas de cobertura arbórea que antes pasaban inadvertidas.
Sabana versus bosques maduros
Las zonas de sabana, donde la vegetación arbustiva crece con rapidez, registraron ganancias de biomasa. Sin embargo, estas fueron insuficientes para compensar la destrucción de los bosques maduros, que almacenan mucho más carbono. En la práctica, el continente ya no retiene CO₂: lo expulsa.

Consecuencias globales
El profesor Heiko Balzter, director del Institute for Environmental Futures de la Universidad de Leicester, resume la gravedad del hallazgo:
“Si los bosques de África dejan de absorber carbono, otros territorios deberán recortar aún más sus emisiones para mantener vivo el objetivo de limitar el calentamiento global a 2 °C. No hay margen”.
Este giro llega en un momento clave, cuando los países reunidos en la COP30 en Brasil acordaron poner en marcha el Tropical Forests Forever Facility, un mecanismo destinado a movilizar miles de millones de dólares para apoyar a los países forestales en la conservación de sus bosques intactos.
Gobernanza débil y desafíos locales
La coautora Nezha Acil recuerda que la gobernanza forestal sigue siendo frágil en amplias zonas del continente. La tala ilegal, la falta de personal para vigilar áreas remotas y la ausencia de alternativas económicas sostenibles alimentan la degradación.
Iniciativas como AFR100, que aspira a restaurar 100 millones de hectáreas para 2030, representan un paso relevante, pero requieren coordinación regional y financiación estable. La restauración implica más que plantar árboles: supone recuperar suelos degradados y asegurar que las comunidades vivan mejor con el bosque que sin él.
Impacto en biodiversidad y comunidades
La pérdida de bosques africanos no afecta solo al clima, sino que desestabiliza múltiples sistemas:
- Biodiversidad: especies endémicas pierden hábitat a un ritmo insostenible.
- Ciclo del agua: menos árboles significan menos humedad en el suelo y menos lluvias locales.
- Incendios más intensos: la degradación genera combustibles secos y fragmenta el bosque.
- Comunidades rurales: se reducen recursos como leña, alimentos silvestres y plantas medicinales.
- Erosión del suelo: la pérdida de cobertura arbórea degrada la fertilidad, comprometiendo la producción agrícola.
Transparencia en los mercados de carbono
El investigador Pedro Rodríguez-Veiga, actualmente en la empresa Sylvera, subraya que el estudio aporta datos esenciales para el mercado voluntario de carbono, donde la falta de transparencia ha generado dudas sobre la credibilidad de algunos proyectos. Si África se convierte en una fuente neta de emisiones, las estrategias globales de compensación quedarán en entredicho.
Los bosques africanos, históricamente aliados en la lucha contra el cambio climático, atraviesan un punto de inflexión crítico. La deforestación los ha convertido en emisores netos de carbono, con consecuencias directas para el clima, la biodiversidad y las comunidades locales.
La protección y restauración de estos ecosistemas es urgente. Conservarlos garantiza que vuelvan a funcionar como sumideros naturales de carbono, esenciales para mantener la estabilidad climática y cumplir con los objetivos globales de reducción de emisiones.



