Un nuevo avance científico podría cambiar la manera en que se fabrican los materiales impermeables. Investigadores de la Universidad de Maine, en Estados Unidos, desarrollaron un recubrimiento natural a base de hongos que permite proteger papel y tela frente a líquidos sin necesidad de usar plásticos.
El descubrimiento fue publicado en la revista Langmuir de la Sociedad Estadounidense de Química y promete convertirse en una alternativa sostenible a los plásticos de un solo uso, responsables de gran parte de la contaminación global.
El recubrimiento se obtiene a partir del hongo comestible Trametes versicolor, conocido como “cola de pavo”. Este organismo desarrolla una estructura llamada micelio, formada por una red de filamentos que actúan como barrera natural frente al agua y otras sustancias.
Para fabricar el material, los científicos mezclaron micelio con nanofibrillas de celulosa, diminutas fibras obtenidas de la madera que ya se utilizan en la producción de papel. El resultado fue una capa delgada, biodegradable y resistente a líquidos, capaz de cubrir distintos tipos de superficies.

Cómo funciona el recubrimiento fúngico
El proceso de creación comienza con el crecimiento del micelio durante tres días en un ambiente cálido. Luego se seca el material para inactivar el hongo y fijar la capa protectora. Así se obtiene una película muy fina, similar a una pintura, que cambia ligeramente el color del material tratado.
Las pruebas demostraron que este recubrimiento impide la absorción de agua, aceites y solventes, manteniendo la integridad del papel o la tela. Las gotas de agua forman esferas sobre la superficie tratada, mientras que los materiales sin recubrimiento las absorben rápidamente.
Además, los investigadores confirmaron que el recubrimiento puede bloquear líquidos como n-heptano, tolueno y aceite de ricino, lo que lo hace útil en sectores industriales donde se requiere protección frente a sustancias complejas.
Su aplicación es simple y se adapta a diferentes superficies, lo que abre la puerta a usos en embalajes, textiles y productos alimenticios. Todo el proceso utiliza recursos renovables, sin químicos tóxicos ni tecnologías costosas, lo que lo vuelve accesible y ecológicamente viable.
El costo ambiental de los plásticos
Cada año se producen más de 400 millones de toneladas de plásticos, de las cuales gran parte termina en vertederos, ríos y océanos. Solo el 9% se recicla, mientras que el resto se fragmenta en microplásticos que contaminan el agua, el aire y los alimentos.
Estos residuos afectan a miles de especies marinas. Tortugas, aves y peces confunden los fragmentos de plástico con alimento, provocando bloqueos intestinales y muertes masivas. En los ecosistemas costeros, los microplásticos alteran el ciclo de nutrientes y reducen la fertilidad de los suelos.
Los impactos también alcanzan a la salud humana. Se detectó microplásticos en la sangre, los pulmones y la leche materna. Su acumulación puede causar inflamaciones, alteraciones hormonales y enfermedades cardiovasculares. Además, la producción de plásticos contribuye al calentamiento global, ya que depende de la extracción de combustibles fósiles.
Frente a este panorama, los avances que buscan sustituir los plásticos por materiales biodegradables resultan esenciales. El recubrimiento desarrollado con hongos y fibras de madera no solo evita la contaminación, sino que también podría integrarse fácilmente en procesos industriales existentes, reduciendo costos y emisiones.

Hacia un futuro sin residuos tóxicos
El recubrimiento fúngico ofrece una respuesta concreta a uno de los desafíos ambientales más urgentes: la dependencia mundial del plástico. Su carácter seguro, biodegradable y adaptable lo convierte en una herramienta prometedora para reducir el impacto ambiental de los envases y productos de consumo diario.
Con más investigación y apoyo industrial, esta innovación podría marcar el inicio de una nueva generación de materiales sostenibles inspirados en la naturaleza, capaces de reemplazar a los plásticos convencionales sin perder funcionalidad.
La “cola de pavo”, un humilde hongo del bosque, podría ser la clave para revertir décadas de contaminación plástica y avanzar hacia un modelo de producción más respetuoso con el planeta.



