En el ámbito de los hogares, el desecho alimentario se da en más de la mitad de los participantes de un sondeo regional (54,2%) afirma que tira comida una vez al mes o con menor frecuencia.
No obstante, casi una cuarta parte de ellos (23,1%) reconoce realizar esta práctica al menos una o dos veces por semana, mientras que un 4,2% admite que el desperdicio de alimentos es un hábito frecuente o constante en su rutina.
El desecho alimentario: un problema regional
Con el fin de evaluar el grado de conocimiento sobre esta problemática en Latinoamérica, la organización Cheaf ha publicado los hallazgos de su Encuesta Regional sobre Percepción de Desperdicio de Alimentos 2025.
Dicho estudio, que contó con la participación de 5.858 personas de Argentina, Chile y México, analizó los hábitos, las percepciones y las posibles soluciones para abordar este desafío.
Cheaf define el desecho alimentario en su encuesta como un problema con un triple impacto: afecta la economía familiar, incrementa el costo de la canasta básica y acelera el cambio climático.
El estudio evidencia que el 23,1% de los encuestados desecha comida como mínimo una o dos veces semanalmente, y un 4,2% lo hace de forma habitual o permanente.
Paralelamente, aunque más de la mitad (54,2%) declara desperdiciar alimentos con una frecuencia mensual o inferior, el patrón de lo que se tira es constante: las comidas ya preparadas y las sobras (38,9%), junto con las frutas y verduras (34,3%), son los productos más comúnmente descartados.
Un problema de conciencia y organización el desecho alimentario
La razón principal detrás de este desecho alimentario es que los alimentos se echan a perder antes de que puedan ser utilizados (40,8%), seguida por el hecho de cocinar cantidades excesivas y no consumir los excedentes.
Si bien la mayoría de las personas ya adopta medidas como congelar (71,6%), planificar las compras (53,3%) o reutilizar las sobras (49,7%), siguen existiendo deficiencias en la organización doméstica que conducen a pérdidas significativas.
Demanda ciudadana por leyes y falta de conocimiento sobre la legislación
Uno de los resultados más notables de la encuesta es que un 57,6% de la gente considera que debería haber una ley que obligue a donar o rescatar alimentos, mientras que otro 29,5% se inclina por una normativa que ofrezca incentivos en lugar de obligaciones.
Sin embargo, la gran mayoría desconoce si tales leyes ya existen: la falta de información alcanza al 71,8% en Argentina, al 64% en Chile y al 59,4% en México (a pesar de que este último país cuenta con una regulación específica sobre el tema desde 2022).
“El interés por contar con leyes que regulen el desecho alimentario es alto, pero el desconocimiento sobre su existencia muestra que aún queda mucho por hacer.
Es necesario fortalecer la educación y la comunicación para que la sociedad conozca sus derechos, asuma responsabilidades y actúe de forma consciente frente a este desafío”, indicó Kim Durand, cofundador y CEO de Cheaf.
Argentina: alta preocupación, pero poco conocimiento
En el contexto de sus primeros seis meses de operaciones en el país, Cheaf revela en su informe que para el 89,3% de los argentinos, el desecho alimentario es un problema grave o relevante.
Asimismo, la mitad de la población cree que este asunto debería tener un lugar más prominente en la agenda pública. A pesar de esto, solo el 62,3% sabe que esta práctica genera casi el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero, y apenas un 12,4% se percibe como una persona muy informada sobre el impacto ambiental del desperdicio.
Cuando se pregunta por la urgencia del tema, solo el 39,9% de las personas en Argentina cree que requiere una atención inmediata, lo que sitúa al país por debajo de Chile (45,5%) y México (42,4%).
En lo que respecta a los hábitos, más de la mitad de los encuestados argentinos asegura que rara vez tira comida, y un 22,8% afirma que nunca lo hace.
Pese a ello, los alimentos más desperdiciados en los hogares del país son frutas, verduras, comidas cocinadas y productos de panadería, en la mayoría de los casos porque se echan a perder antes de ser consumidos.
La solución se encuentra con más compromiso y conciencia
Las soluciones aplicadas son principalmente individuales —congelar, reutilizar, planificar— y se observa una baja adopción de estrategias comunitarias o colaborativas.
En el plano legal, Argentina es la nación con el mayor desconocimiento normativo: el 71,8% de sus habitantes no sabe si existe alguna regulación contra el desperdicio, aunque un 85,1% apoya la creación de una ley que obligue o incentive la donación de alimentos aptos para el consumo.
Las ONGs y los bancos de alimentos son considerados los actores que mejor están gestionando el problema, mientras que los gobiernos se encuentran en la última posición en términos de confianza.
Este dato, combinado con la elevada preocupación ciudadana, sugiere que existe una oportunidad para transformar esa conciencia en acciones concretas y en políticas públicas efectivas.
Estos hallazgos nos interpelan a examinar de cerca nuestras decisiones cotidianas, ya que cada alimento desperdiciado impacta en la economía, la sociedad y el medio ambiente.
Más allá de tomar conciencia, es el momento de actuar: planificar las compras, reutilizar las sobras, apoyar la donación y exigir políticas públicas que fomenten la sostenibilidad.
Disminuir el desperdicio de alimentos no es solamente un desafío individual, sino también una oportunidad colectiva para transformar hábitos en acciones concretas y construir un futuro más justo y sostenible para todos.





