En Mendoza, dos docentes y diseñadoras decidieron transformar residuos agrícolas en una oportunidad para el planeta. Gabriela Negri y Analía Funes, ambas profesoras del Instituto General San Martín, crearon Bioeleven, un emprendimiento que elabora telas y bolsas biodegradables a partir de desechos de uva, tomate y ajo, lo que las llevó a ganar un prestigioso concurso nacional.
Todo comenzó hace tres años, cuando ambas coincidieron en su interés por reducir el impacto de la industria textil, una de las más contaminantes del mundo. Mientras Gabriela finalizaba una maestría en investigación, Analía cursaba una capacitación en sustentabilidad textil. Esto las llevó a unir fuerzas y comenzar a trabajar en un nuevo biomaterial.
Las primeras telas nacieron en las cocinas de sus casas. Con paciencia, lograron perfeccionar la fórmula y obtener certificaciones del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Luego, dieron el salto a una producción artesanal y comenzaron a adquirir maquinarias. Hoy, gracias al premio obtenido, podrán incorporar equipos para secar las láminas y aumentar su capacidad productiva.
El nombre del emprendimiento, “Bioeleven”, proviene del número de la prueba que finalmente funcionó. Cada lámina de tela representa un paso hacia una industria más limpia, donde los residuos agrícolas dejan de ser basura y se convierten en materia prima de valor.

Innovación a partir del descarte: cuando el residuo se vuelve recurso
Cada año, la industria del vino, del tomate y del ajo genera cientos de miles de toneladas de desechos. Solo el orujo de uva representa unas 400 mil toneladas anuales; el bagazo del tomate, 270 mil; y las cáscaras de ajo, 90 mil. Gran parte termina quemándose o en vertederos, contaminando el suelo y el aire.
Bioeleven recupera esos materiales y los transforma en telas biodegradables con diferentes texturas, gramajes y colores naturales. Las láminas miden entre 30 y 80 centímetros y pueden emplearse en indumentaria, accesorios, marroquinería, gastronomía, packaging y merchandising. Incluso, algunos modelos con malla orgánica se utilizan en la fabricación de calzado.
La versatilidad del biomaterial es una de sus mayores fortalezas: puede coserse, grabarse, pegarse o cortarse con láser, manteniendo su resistencia y durabilidad. Además, no se reseca ni se humedece, y conserva sus propiedades durante al menos una década, igual que los mejores ecocueros del mercado.
Gracias a su composición natural, el material no solo reemplaza productos contaminantes, sino que también impulsa una nueva forma de producción circular y de consumo responsable.
Características de las bolsas de tela biodegradables
Las bolsas creadas con las telas de Bioeleven son 100 % biodegradables y compostables. Están hechas únicamente con componentes de origen vegetal, sin aditivos químicos ni plásticos. Esto permite que, al finalizar su vida útil, puedan desintegrarse de forma natural y volver al ciclo de la tierra sin dejar residuos tóxicos.
El proceso de fabricación combina innovación tecnológica con técnicas artesanales. Las fibras vegetales obtenidas de los residuos se tratan, muelen, prensan y secan para formar una lámina flexible y resistente. Esta puede teñirse con pigmentos naturales, lo que evita el uso de colorantes sintéticos.
Otro aspecto clave es que las bolsas son respirables y livianas, lo que las hace ideales para el transporte de alimentos o artículos personales. Su resistencia al agua es moderada, pero suficiente para un uso cotidiano, y su textura varía según el material base: las de orujo son más gruesas, las de tomate más suaves y las de ajo más elásticas.
Estas bolsas ofrecen una alternativa real frente a las de plástico o las telas sintéticas. Además, reducen significativamente las emisiones de CO₂ asociadas a la producción textil tradicional. Con cada unidad producida, Bioeleven evita que varios kilos de residuos agrícolas terminen contaminando el ambiente.

De la experimentación al reconocimiento internacional
El esfuerzo de las creadoras fue recompensado en el programa Diseño Argentino Exponencial-Creative Bootcamp, organizado por la Fundación Bunge y Born y el British Council. Bioeleven fue uno de los tres emprendimientos ganadores entre quince finalistas de todo el país.
El premio, de 5.000 dólares, permitirá ampliar la producción de 40 a 280 láminas mensuales mediante la compra de una máquina de secado, optimizando tiempos y calidad. Además, el reconocimiento incluye mentorías, formación estratégica y acompañamiento para su expansión internacional.
El jurado destacó su aporte a la economía circular y su impacto social, al integrar innovación científica con compromiso ambiental. Para Gabriela y Analía, el objetivo es claro: escalar su producción sin perder el espíritu sustentable que las inspiró desde el inicio.



