La acción del hombre multiplica por cuatro las zonas muertas de los océanos

Lo llaman hipoxia marina, adaptación del término utilizado en medicina para indicar un estado de deficiencia de oxígeno en la sangre, células y tejidos de un organismo, lo que puede comprometer la función de los mismos.

En el caso que nos atañe, lo que compromete es la vida misma en las aguas en las que aparece, creando áreas catalogadas con un término que no deja indiferente: zonas muertas.

Las zonas muertas oceánicas son espacios bajo el lecho marino donde la vida no es sostenible debido a los bajos niveles de oxígeno. Desde hace años, varios estudios científicos vienen alertando de una situación que se ha ido incrementando con el tiempo.

Uno de los últimos, firmado por un equipo internacional de investigadores bajo el título ‘Disminución de oxígeno en el océano global y las aguas costeras’, va más allá.

Tal como revelan los análisis realizados mediante mediciones directas a lo largo de todo el globo por estos investigadores, las zonas con un oxígeno mínimo en el océano abierto ‘se han expandido en varios millones de kilómetros cuadrados’ y cientos de espacios costeros tienen actualmente ‘concentraciones de oxígeno lo suficientemente bajas como para limitar la distribución y abundancia de poblaciones animales y alterar el ciclismo de nutrientes importantes’.

Ya son más de 500 espacios, número que, en el caso de los costeros, se ha multiplicado por diez desde mediados del siglo XX, mientras que la cantidad de agua en mar abierto afectada se ha cuadruplicado en medio siglo, un fenómeno ayudado ahora aún más por el agravamiento del calentamiento global.

El ser humano, como no podía ser de otra forma, está detrás de esta situación. Según señalan los investigadores, ‘el aumento de la carga de nutrientes junto con el cambio climático, cada uno de los cuales resulta de actividades humanas, está cambiando la biogeoquímica oceánica y el aumento del consumo de oxígeno’.

El resultado: cambios fundamentales en la disponibilidad de nutrientes clave y la desestabilización de los sedimentos, lo que implica, a largo plazo, el colapso de estos ecosistemas.

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