En el paraje Gentile de San Pedro, Misiones, la primavera llegó acompañada de un gesto que trasciende lo simbólico: la plantación de frutales nativos en un predio de la Cooperativa Nueva Esperanza. El proyecto busca crear un huerto comunitario que sirva como fuente de conservación y producción sostenible.
La iniciativa forma parte del programa de investigación “Desarrollo de cultivares de frutas nativas comestibles de la Selva Misionera”, que promueve el rescate y la domesticación de especies de la selva paranaense. Se trata de un esfuerzo colectivo que combina ciencia, saberes comunitarios y compromiso ambiental para preservar un recurso valioso y, al mismo tiempo, darle un uso productivo.
El trabajo se realiza en conjunto con el Laboratorio de Propagación Vegetativa, Conservación y Domesticación (Laproveco) de la Facultad de Ciencias Forestales de la UNaM, la organización Somos Red Misiones y la Estación Experimental Agropecuaria Montecarlo del INTA. El eje central es la domesticación participativa de especies como la jaboticaba, la cerella y la pitanga, todas pertenecientes a la familia Myrtaceae y con un fuerte potencial alimenticio y cultural.
Como parte del proceso se recolectaron 12.000 frutos de 80 árboles madre, seleccionados por su tamaño y calidad. Este material permitió conformar una población base diversa, instalar bancos clonales y poner en marcha huertos frutales experimentales en tres puntos clave: Montecarlo, Salto Encantado y San Pedro. La meta es asegurar la continuidad genética de estas especies y fomentar su reproducción controlada.

El valor de los frutos nativos
Las frutas nativas de la selva misionera se destacan por su riqueza nutricional y por el rol que cumplen en el ecosistema. La jaboticaba, por ejemplo, produce frutos oscuros que crecen directamente sobre el tronco y son apreciados por su dulzura y propiedades antioxidantes.
La cerella, con su sabor agridulce, es utilizada tanto en jugos como en dulces artesanales, mientras que la pitanga, de intenso color rojo, es reconocida por su alto contenido de vitamina C.
Estas especies, además de ser alimentos saludables, cumplen una función ecológica vital: son fuente de alimento para aves, pequeños mamíferos e insectos polinizadores. Su presencia fortalece la biodiversidad y mantiene el equilibrio de los ecosistemas selváticos. Al mismo tiempo, al cultivarse en huertos comunitarios, ofrecen la posibilidad de diversificar la dieta local y generar alternativas de ingresos para las familias rurales.
En contextos de deforestación y pérdida de hábitat, recuperar y plantar estos frutales significa devolverle resiliencia al bosque. Su domesticación permite que especies antes relegadas o subutilizadas pasen a formar parte de la vida cotidiana de las comunidades, creando un puente entre la tradición y la innovación agroecológica.

Un trabajo comunitario con impacto ambiental
La instalación del huerto en la Cooperativa Nueva Esperanza es también un ejercicio de participación social. Las mujeres que lideran el proyecto no solo aportan su experiencia en la elaboración de vinagres y productos derivados, sino que también garantizan la continuidad del conocimiento local. Su rol es fundamental para articular el saber científico con la práctica cotidiana.
La jornada de plantación incluyó la selección de semillas de calidad, obtenidas de plantas semilleras robustas que fueron intercambiadas entre distintos municipios. De esta forma se busca garantizar una base genética fuerte, capaz de adaptarse a las condiciones de cada zona y mantener la diversidad necesaria para resistir el cambio climático.
A partir de ahora, los plantines quedarán bajo monitoreo constante para evaluar su desarrollo y generar información útil para futuros cultivares. El seguimiento permitirá medir su capacidad de crecimiento, resistencia y productividad, asegurando que este trabajo comunitario se traduzca en beneficios concretos tanto para la naturaleza como para las familias que dependen de ella.
La creación de huertos de frutales nativos en Misiones es una estrategia que conjuga conservación, soberanía alimentaria y desarrollo local. Cada árbol plantado es una apuesta por el futuro: un recurso que alimenta, un refugio para la fauna y un recordatorio de que la selva misionera sigue viva en cada semilla.



