¿Puede el cambio climático provocar un tsunami gigante?

Los científicos vienen advirtiendo desde hace años que el cambio climático puede provocar una mayor incidencia de terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas. Aunque no todos los desastres naturales se pueden atribuir al calentamiento global, parece obvio que mientras el clima siga cambiando los desastres estarán acechando a la vuelta de la esquina. Y provocar incluso, enormes tsunamis.

Groenlandia perdió ya 4 billones de toneladas de hielo en los últimos 20 años debido al derretimiento y al desprendimiento de icebergs, lo que elevó el nivel global del mar en aproximadamente 1 centímetro (al final del siglo podría forzar un aumento adicional de 10 cms).

Pero además, el fenómeno está provocando el levantamiento de la corteza terrestre alrededor del Atlántico Norte, a un ritmo que oscila entre unos pocos milímetros y 2,5 centímetros por año, según comprobaron los instrumentos de GPS en las costas.

El derretimiento de las capas de hielo y los deslizamientos de tierra podrían desencadenar una intensa actividad sísmica submarina. En décadas, eso podría provocar enormes terremotos en la costa de Groenlandia y poner en marcha tsunamis con consecuencias desastrosas para América del Norte y probablemente Europa.

De hecho, al otro lado del Ártico, Alaska ya está experimentando sismos más frecuentes como el del pasado 28 de julio de magnitud 8,2, el más fuerte en los Estados Unidos en medio siglo.

El peor antecedente es el “gran tsunami de Storegga” que devastó las costas de Escandinavia y las Islas Británicas hace 8.200 años. Ese terremoto en altamar fue provocado por la liberación de presión después de que se derritieran las capas de hielo del norte de Europa, lo que activó un gran deslizamiento de sedimentos submarinos. La evidencia geológica muestra que la ola del tsunami alcanzó entonces entre 15 y 20 metros de altura en las islas Shetland.

La sucesión de olas gigantes que azotaron las costas de la cuenca del Mar del Norte aniquilaron miles de habitantes de Escandinavia, las Islas Feroe, el noreste británico, Dinamarca y Groenlandia.

Y, curiosamente, terminó de separar a Gran Bretaña del resto de Europa: tras la última Edad de Hielo, el nivel del mar quedó muchos metros por debajo del actual debido a la cantidad de agua que había quedado congeladas, y existía una llanura que los conectaba bautizada Doggerland.

Cuando la glaciación culminó y el hielo polar comenzó a derretirse, del nivel del mar se incrementó en todo el mundo y grandes porciones terrestres fueron quedando poco a poco sumergidas bajo las aguas. Esa llanura se convirtió en una isla conocida como Dogger, que estaba rodeada por un pequeño archipiélago, y que tuvo un abrupto desenlace.

Según un estudio de la Universidad de Cambridg, el “tsunami de Storegga” terminó borrando a Dogger del mapa. O casi. A finales del siglo XIX y principios del XX, los científicos se dieron cuenta de que aún existía como un banco de arena situado a 100 kilómetros de la costa este de Inglaterra.

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