martes, noviembre 29, 2022

Un estudio detectó 30 agrotóxicos y metales pesados en las aguas del río Salado

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Por primera vez, un estudio de laboratorio del INTA y dos universidades nacionales confirmó la presencia de 30 agroquímicos y metales pesados en la cuenca del río Salado, en Santa Fe, también conocido como Salado del Norte, de un considerable curso fluvial en el centro norte del país, perteneciente al complejo hídrico de la Cuenca del Plata.

El informe se titula “Calidad ambiental y ecotoxicidad de sedimentos de la cuenca baja del río Salado sobre larvas de anfibios”, y fue recientemente publicado por la revista internacional Science Direct.

Los especialistas concluyeron que “la actividad agrícola es la principal fuente de contaminación” por el uso masivo de plaguicidas, ya que luego de su aplicación en las zonas agrícolas “son transportados hasta los ecosistemas acuáticos” a los que terminan afectando y poniendo en peligro.

Los resultados de laboratorio arrojaron la presencia de residuos de treinta agrotóxicos, entre ellos clorpirifós (prohibido en Estados Unidos y la Unión Europea), diazinón, glifosato y su metabolito (ácido aminometilfosfónico, AMPA), acetoclor y atrazina. Entre los pesticidas detectados se encontraron rastros de carbofurano e imazapir, los más peligrosos para los organismos acuáticos al estar clasificados como Clase I (Altamente Tóxicos).

El informe señala que los contaminantes en los sedimentos amenazan la vida acuática debido a la acumulación potencial durante largos períodos, y en muchos casos “se encuentran por encima de los límites aceptados por las normas internacionales”.

Además, remarcan que la gran variedad de agroquímicos detectados indica su presencia generalizada en el agua y los sedimentos de esta Cuenca donde “el riesgo de exposición crónica de los organismos vivos a las mezclas de biocidas es inevitable”. En cuanto a los metales pesados se encontraron cromo, cobre y hierro, provenientes de actividades industriales, en cantidades elevadas y persistentes por la falta de controles.

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El estudio responde a un trabajo multidisciplinario a cargo de un equipo diverso integrado por Ana Paula Cuzziol Boccioni, Paola Peltzer y Rafael Lajmanovich, del laboratorio de Ecotoxicología de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional del Litoral (UNL); Julieta Peluso y Carolina Aronzon pertenecientes al Instituto de Investigación e Ingeniería Ambiental de la Universidad de San Martín (Unsam); y la doctora Virginia Aparicio del INTA, referente en el análisis de plaguicidas.

¿Buenas prácticas?

Lajmanovich es investigador principal del Conicet y profesor titular de la Cátedra de Ecotoxicología de la UNL. Desde hace más de veinte años estudia los efectos de los agrotóxicos en la fauna silvestre y el impacto de las fumigaciones en los cultivos transgénicos cercanos a cursos de agua y ríos.

“A partir de lo que fue Andrés Carrasco para la ciencia argentina o para algunos de nosotros (científico que comprobó la elevada toxicidad del glifosato, plaguicida central del modelo de monocultivo), hay todo un movimiento de científicos que está tratando de estudiar las implicancias del modelo agropecuario en el ambiente y la salud con el fin de aportar pruebas y evidencias para que de alguna manera se intente cambiar el actual modelo productivo a uno no tan contaminante” explica.

Apunta que “la presencia de los residuos de treinta agrotóxicos en el Río Salado es la prueba contundente de que las llamadas buenas prácticas agrícolas (BPA) no funcionan, al menos en una gran escala». Menciona que Argentina es el tercer productor de soja transgénica del planeta: «ante un territorio tan extensamente cultivado con transgénicos es muy difícil controlar la contaminación. Estas ‘buenas prácticas’ solo podrían funcionar a muy pequeña escala”.

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Tomaron muestras en tres sitios que pertenecen a la cuenca del Salado: el Estero Cululú, la costa del campamento municipal en la ciudad de Esperanza y la playa de la localidad de Santo Tomé, lugares donde el río recibe contaminantes residuales agrícolas e industriales. Detectaron los treinta plaguicidas diferentes en todas las muestras de agua y sedimento.

Según explican, encontraron estrés oxidativo y genotoxicidad (la capacidad relativa de un agente de ocasionar daño en el material genético) en las larvas expuestas. Según los datos fisicoquímicos y la evaluación de ecotoxicidad, el informe concluye que la cuenca se encuentra “significativamente degradada y puede representar un riesgo para la biota acuática”.

De los anfibios al INTA: los efectos del modelo

El investigador Rafael Lajmanovich explica que los anfibios son modelos biológicos usados en este tipo de estudios, ya que son organismos bioindicadores que durante el desarrollo en su etapa larval presentan similitudes con el desarrollo de los órganos de los vertebrados superiores (mamíferos). Se utilizan en todo el mundo a nivel molecular, bioquímico y morfológico, sobre todo en teratogénesis, apuntando al análisis de las alteraciones morfológicas del organismo.

“Hasta donde sabemos, este es el primer estudio que reporta la presencia de un número tan alto de biocidas en agua y sedimentos del río Salado inferior», señala el documento, y concluye que existe “una necesidad urgente de aumentar la distancia de los cultivos transgénicos dependientes de plaguicidas de los ecosistemas acuáticos, ya que la calidad ambiental degradada observada amenaza los servicios socioculturales, la población humana y el medio ambiente”.

Esta semana el INTA se expresó por primera vez sobre el uso de agroquímicos. A través de un documento señalaron que «es posible incrementar la productividad y rentabilidad con menor impacto ambiental», aunque remarcaron que en un contexto de alta demanda de alimentos “la agricultura argentina no puede prescindir completamente de los productos fitosanitarios sin poner en riesgo el volumen y la calidad de la producción”.

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