Patagonia: los miradores de Darwin deslumbran tras 180 años de su descubrimiento

La frase ‘No creo haber visto en mi vida lugar más aislado del resto del mundo que esta grieta rocosa en medio de tan extensa llanura’ es casi un eslogan de Puerto Deseado, ya que así el naturalista Charles Darwin inmortalizó en sus textos lo que sintió al descubrir el lugar que hoy lleva su apellido.

 
Los promontorios que se elevan a unos 42 kilómetros de esa comuna de la costa norte de Santa Cruz, donde la ría se convierte en río Deseado, brindan unas vistas inigualables panorámicas del cañón.
 
Desde la altura, la quietud y un silencio primordial semejan un mundo en formación, una vuelta al Génesis todavía sin presencia humana, en el que el visitante puede sentirse como un invasor de ese lugar detenido en los tiempos geológicos.
 
El científico inglés llegó a ese sitio en 1833, a bordo del Beagle, tras remontar la ría Deseado y entrar al agua dulce del río, un circuito que hoy se hace en botes semirígidos, más un trecho de caminata de baja dificultad.
 
Otra posibilidad, mediante la cual llegó Télam a los Miradores, es terrestre, en un recorrido que se extiende por 70 kilómetros de rutas asfaltadas y de tierra -la nacional 281 y la provincial 47, respectivamente- desde Puerto Deseado.
 
Al llegar a la localidad de Tellier se toma la segunda ruta, que en realidad es sólo poco más que una huella en el desierto poblado de coirones y moas -principal alimento de la oveja patagónica-, por la que se entra a tierras de la estancia La Aurora, donde los turistas deben increiblemente pagar un peaje para continuar.
 
En ese camino hay dos tranqueras, de las cuales una generalmente está abierta, pero la segunda tiene un candado con combinación, cuya clave se obtiene en Puerto Deseado previo pago de algo más de 100 pesos a la dueña de la estancia, Matilde Wilson.
 
Si bien la mujer -descendiente de una familia de inmigrantes pioneros del lugar- normalmente libera el paso a investigadores y periodistas, el trámite y el costo extra resultan desagradables a los turistas, cuya mayoría se suma a excursiones colectivas que incluyen el peaje en el precio.
 
Un pequeño cartel en cruz junto al camino señala con una flecha ‘Miradores de Darwin’, para evitar que quienes conducen por cuenta propia confundan la ruta provincial con alguna otra huella y se pierdan en la llanura.
 
Mientras la excursión en lancha ofrece avistaje de fauna marina durante el primer trecho, en el paseo por tierra se pueden ver aves de la estepa, especialmente rapaces y choiques, y mamíferos como guanacos, liebres y piches, además de la flora típica, que  estaba excepcionalmente verde debido a las lluvias de septiembre.
 
El guía local que acompañó a Télam, Jorge Cis, comentó que esa tonalidad que dominaba la estepa no era habitual, ya que más bien predominan los marrones y amarillos opacos.
 
Las lluvias generaron barriales que dificultaban el avance de la combi, pero también hicieron brotar pequeñas flores silvestres de colores vivos que asombraban aún al vaqueano condcutor.
 
Al final del camino, sólo fue necesario caminar un centenar de metros para pararse en la cima de alguno de los miradores y apoderarse del mundo con la mirada: el río se extendía infinito y zigzagueante a un lado y otro, hasta perderse en el horizonte al oeste y hasta convertirse en ría al otro lado.
 
Desde allí también se ve la famosa ‘roca triangular’ que Darwin hizo dibujar al pintor Conrad Martens cuando descubrió los Miradores, y cuya reproducción decora numerosos comercios y oficinas de Deseado y está impresa en postales locales.
 
Una paz total domina el sereno y a la vez contundente paisaje y es bueno sentarse en una roca de las más altas o al borde de una cornisa y encontrar detalles, como la vivienda de un puestero de estancia camuflada con la naturaleza allá abajo, unos kilómetros al oeste, o las huellas de manadas de guanacos en el limo.
 
Al rato el fondo del cañón llama a visitarlo y Cis indica el camino más fácil, entre matorrales bajos, también inusualmente verdes con pintas rojas de los conos de duraznillos y frente a los senderos de guanacos que dibujan cuadrículas en las laderas.
 
El suelo del cauce, que de arriba parecía una alfombra lisa, está totalmente reseco y cuarteado en escamas, aunque cerca del curso de agua los pies se hunden en un lodo muy resbaloso y pesado.
 
Los paredones son piroclásticos, por lo que se encuentran algunas grutas que fueron bolsones de gases en la época de erupciones y algunas ventanas cerca del suelo.
 
Al avanzar la tarde el sol hace variar los colores de las rocas, extiende sombras en curiosos dibujos sobre el cañón y vale la pena el duro ascenso de regreso a la cima de los Miradores, porque es el momento de obtener las mejores fotos, quizás con imágenes como las que deslumbraron a Darwin hace 180 años. 

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