Un hallazgo arqueozoológico en el norte de Noruega reveló restos de 33 especies animales, aportando nuevas pistas sobre la biodiversidad que habitó el Ártico europeo durante la última glaciación.
En una cueva cercana al pueblo de Kjøpsvik, investigadores encontraron huesos con una antigüedad estimada de 75.000 años. Estos restos, que corresponden a 46 taxones, constituyen la evidencia más antigua de una comunidad animal ártica en un período cálido de la última edad de hielo.
El análisis de este yacimiento permite reconstruir un ecosistema mixto, en el que interactuaban especies terrestres y marinas. Además, brinda información clave sobre cómo los animales respondieron a drásticos cambios climáticos en un entorno extremo.
El hallazgo no solo amplía el registro fósil de la región, sino que también ofrece una advertencia sobre la fragilidad de estos ecosistemas frente a las variaciones ambientales actuales.

Un ecosistema mixto de mamíferos, aves y peces
Entre los mamíferos recuperados, destacan osos polares, renos, lobos grises, marsopas, focas, morsas y ballenas. También aparecieron restos de liebres, zorros árticos y un lemming de collar, una especie extinta en Europa y nunca antes registrada en Escandinavia.
En el grupo de las aves se identificaron alcas, patos, cuervos, grullas, pinzones y la perdiz nival, mientras que los peces hallados incluyen tanto especies marinas como de agua dulce. Esto último sugiere la coexistencia de lagos, ríos y zonas costeras accesibles para diversas formas de vida.
La diversidad encontrada apunta a un Ártico más interconectado, en el que la fauna podía desplazarse con relativa libertad entre ambientes, algo cada vez menos común en la actualidad debido a la fragmentación de los hábitats.
Lecciones del pasado para un Ártico en riesgo
Los investigadores señalan que, durante aquel período, muchas poblaciones animales desaparecieron cuando los glaciares avanzaron y bloquearon sus rutas migratorias. Este patrón evidencia la vulnerabilidad de las especies adaptadas al frío frente a cambios repentinos del clima.
En la actualidad, la situación es aún más crítica: los ecosistemas polares están fragmentados y sometidos a un calentamiento acelerado. Las especies enfrentan mayores dificultades para encontrar alimento, reproducirse y desplazarse.
El estudio refuerza la urgencia de proteger la biodiversidad polar antes de que los efectos del cambio climático superen el umbral de recuperación posible. La conservación de corredores ecológicos y la reducción de emisiones son estrategias esenciales para darles una oportunidad de adaptación.

Fauna ártica conocida: los protagonistas del presente
Además de las especies descubiertas en la cueva, el Ártico moderno alberga una fauna emblemática que sigue enfrentando desafíos de supervivencia. Entre los grandes mamíferos destacan el oso polar, depredador tope y símbolo de la región; el caribú o reno, que realiza largas migraciones; y el buey almizclero, resistente a inviernos extremos.
En el ámbito marino, las aguas árticas son hogar de morsas, narvales, belugas y varias especies de focas, todas dependientes del hielo marino para descansar y reproducirse. Las aves migratorias, como la gaviota marfil y el charrán ártico, recorren miles de kilómetros cada año para aprovechar los recursos de la corta pero intensa temporada estival.
Los ecosistemas polares funcionan como un delicado engranaje en el que cada especie cumple un papel vital. Su equilibrio depende del hielo, la disponibilidad de alimento y la conectividad de sus hábitats. La pérdida de cualquiera de estos elementos repercute en toda la cadena trófica, poniendo en riesgo tanto a la fauna conocida como a las especies aún no registradas por la ciencia.



