Estamos perdiendo uno de nuestros aliados naturales más poderosos contra el cambio climático y, aun así, apenas le estamos prestando atención.
En las Américas, los efectos del cambio climático ya se sienten en forma de inundaciones, sequías, tormentas, erosión costera e inseguridad hídrica. Esta semana, mientras la London Climate Action Week concentra la atención global en la acción climática, las emisiones estarán, con razón, en el centro del debate. Pero la adaptación, prepararnos para los impactos que ya se están produciendo, merece la misma urgencia. Y una de nuestras herramientas más eficaces para construir resiliencia sigue siendo drenada, degradada y pasada por alto: nuestros humedales.
Los humedales no son ecosistemas periféricos. Son infraestructura climática de primera línea, y los estamos desmantelando a un ritmo alarmante. Aunque cubren apenas el 6% de la superficie terrestre del planeta, tienen un impacto muy superior a su tamaño, ya que almacenan entre el 20% y el 35% de todo el carbono terrestre. Las turberas por sí solas almacenan más carbono que todos los bosques del mundo juntos.
Los humedales también sostienen la biodiversidad y el bienestar humano a gran escala. Alrededor del 40% de las especies de plantas y animales viven o se reproducen en humedales, pero aproximadamente una cuarta parte está en riesgo de extinción. Estos ecosistemas filtran el agua, amortiguan inundaciones y tormentas, sostienen pesquerías y apoyan los medios de vida de cientos de millones de personas. Desde 1970, el mundo ha perdido alrededor del 35% de sus humedales, una tasa de pérdida más rápida que la de cualquier otro ecosistema.
Esto no es solo un tema de conservación. Es un imperativo climático.
Cuando los humedales se degradan o se drenan, no simplemente dejan de almacenar carbono; empiezan a liberarlo. Solo las turberas drenadas emiten alrededor de 2.000 millones de toneladas de CO₂ al año, aproximadamente el 5% de las emisiones globales causadas por actividades humanas.
Cada hectárea perdida representa un doble golpe: debilita un sumidero crítico de carbono y, al mismo tiempo, acelera los impactos climáticos que las comunidades ya están luchando por enfrentar. Estamos erosionando un sistema de soporte vital del que dependemos.
Los eslabones perdidos en el cielo
Para las aves migratorias, las consecuencias son inmediatas y visibles.
Cada año, miles de millones de aves recorren enormes distancias a lo largo de rutas conocidas como rutas migratorias, corredores aéreos globales que conectan continentes. Si las rutas migratorias son superautopistas para las aves, los humedales son las estaciones de servicio que hacen posibles estos viajes.
Un ave playera que viaja desde el Ártico hasta Australia puede recorrer decenas de miles de kilómetros, pero no puede hacerlo sin detenerse. Depende de una cadena de humedales saludables para descansar, alimentarse y recuperar energía para el siguiente tramo del viaje.
Esos eslabones se están rompiendo.
El cambio climático está intensificando las sequías y reduciendo humedales que han existido durante milenios. Al mismo tiempo, las lluvias extremas pueden inundar los ecosistemas de forma tan abrupta que arrastran los invertebrados de los que dependen las aves para alimentarse. En una sola temporada, un humedal puede pasar de estar seco a sufrir inundaciones destructivas.
Para las aves migratorias, finamente adaptadas durante miles de años a condiciones estables, esta inestabilidad es devastadora.
Tomemos como ejemplo la aguja colipinta, que realiza el vuelo sin escalas más largo conocido entre las aves, recorriendo hasta 12.000 kilómetros desde Alaska hasta Nueva Zelanda. Para completar este viaje, debe duplicar su peso corporal alimentándose en humedales intermareales, como los del mar Amarillo. Si esos hábitats se degradan, las aves simplemente no sobreviven al viaje.
A diferencia de las especies residentes, las aves migratorias enfrentan amenazas a lo largo de continentes enteros: en sus sitios de reproducción, en sus áreas de invernada y en cada parada del camino. El cambio climático también está alterando los tiempos de migración, haciendo que las aves lleguen cada vez más temprano o demasiado tarde, perdiendo los picos de disponibilidad de alimento.
El resultado es contundente: las aves están muriendo de hambre en rutas migratorias que antes las sostenían.
Soluciones que funcionan, cuando invertimos en ellas
La buena noticia es que sabemos cómo solucionar esto, y existe evidencia clara de que funciona.
El correlimos cuchareta, En Peligro Crítico, llegó a enfrentar un rápido colapso debido a la pérdida de hábitat. Pero desde 2019, la protección de 16 sitios costeros en China y Corea del Sur, que abarcan más de 400.000 hectáreas, ha ayudado a reducir su tasa anual de declive poblacional del 26% a alrededor del 5%.
Esto demuestra que, cuando los humedales se protegen a escala, las especies pueden recuperarse.
Pero la protección por sí sola no es suficiente. Los humedales deben ser restaurados, gestionados y conservados como redes conectadas a lo largo de rutas migratorias completas, no como parches aislados. Este es el enfoque que BirdLife International impulsa a través de su Global Flyways Programme y su Memorando de Entendimiento con Wetlands International.
Lograrlo requiere que gobiernos, comunidades locales e instituciones financieras se alineen en torno a una comprensión compartida: la conservación de los humedales es una inversión en adaptación climática. Proteger una llanura de inundación río arriba protege una ciudad río abajo. Restaurar una planicie mareal puede proteger a las comunidades costeras de las tormentas. Estos son beneficios medibles.
Sin embargo, los humedales siguen estando en gran medida ausentes de los flujos de financiamiento climático necesarios para sostenerlos a escala.
Hay señales de progreso. BirdLife trabaja con socios como el Banco Mundial, el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) y el Banco Asiático de Desarrollo para implementar iniciativas de humedales a gran escala en las cuatro principales rutas migratorias del mundo.
El 11 de septiembre de 2026, BirdLife International convocará su segunda Cumbre Global de Rutas Migratorias en Nairobi, reuniendo a gobiernos, científicos y líderes de la conservación. Los humedales no figurarán como un tema de nicho, sino como una solución climática central.
Una decisión que no podemos ignorar
La ciencia es clara. Las soluciones se conocen. El costo de la inacción está aumentando.
Podemos seguir drenando humedales, acelerando las emisiones y dejando a cientos de millones de personas más expuestas a inundaciones, sequías y tormentas. O podemos reconocer a los humedales por lo que son: algunas de las soluciones de adaptación climática más eficaces y costo-efectivas del planeta.
Esta decisión ya se está tomando en políticas, inversiones y decisiones de uso del suelo en todo el mundo. Proyectos como la restauración del sistema de humedales Rocuant-Andalién, en Chile, muestran que invertir en estos ecosistemas puede ser una apuesta concreta por la adaptación y la resiliencia climática.
Si lo hacemos bien, las futuras generaciones seguirán siendo testigos cada año del regreso de las aves migratorias, desde los flamencos que tiñen de rosa los lagos de África Oriental hasta las águilas pescadoras que vuelven cada primavera a los humedales del Reino Unido.
Si lo hacemos mal, esos viajes terminarán.
Los humedales no son opcionales en la lucha contra el cambio climático. Son la pieza que falta. Es hora de que los tratemos como tal.
Por: Megan Eldred, Senior Policy Manager, Sites, BirdLife International



