Durante décadas se creyó que el único loro no volador del mundo estaba condenado a extinguirse. Sin embargo, el kakapo, ave nocturna y solitaria endémica de Nueva Zelanda, comenzó a revertir ese destino gracias a un ambicioso programa de conservación.
Hace apenas treinta años quedaban alrededor de 50 ejemplares. Hoy, la población supera los 200 individuos, un crecimiento que, aunque frágil, marca un punto de inflexión en la historia de esta especie en peligro crítico.
Además, una reciente cosecha abundante de frutos de rimu activó un inusual impulso reproductivo. En consecuencia, los especialistas esperan una temporada con cifras récord de nacimientos, lo que podría fortalecer aún más la recuperación.

Una especie única y vulnerable
El kakapo, cuyo nombre científico es Strigops habroptilus, puede pesar más de tres kilogramos y tiene el tamaño de un gato pequeño. Su rostro recuerda al de un búho y su plumaje verde, amarillo y negro le permite camuflarse en el suelo del bosque.
No obstante, su incapacidad para volar y su comportamiento confiado lo volvieron extremadamente vulnerable. Además, emite un olor intenso y almizclado que facilita su detección por depredadores.
Tras la llegada de humanos a Nueva Zelanda, la introducción de ratas, perros, gatos y armiños devastó a las aves nativas. Para 1974 se temía que el kakapo hubiera desaparecido, hasta que nuevas poblaciones fueron halladas a fines de esa década.
Reproducción lenta y desafíos biológicos
La recuperación de la especie enfrenta un obstáculo central: su reproducción es poco frecuente. Las hembras pueden pasar años o incluso décadas sin criar, ya que el ciclo reproductivo depende de la fructificación masiva de los árboles rimu.
Este fenómeno ocurre cada dos a cuatro años y proporciona el alimento necesario para que los polluelos sobrevivan. Así, la disponibilidad de frutos condiciona directamente el éxito reproductivo.
Durante el cortejo, los machos excavan cuencos en el suelo y emiten sonidos graves que resuenan en el bosque nocturno. Luego, las hembras ponen hasta cuatro huevos y crían solas a sus crías, lo que incrementa la fragilidad del proceso.

Conservación intensiva en islas remotas
Actualmente, los kakapos habitan en tres islas libres de depredadores frente a la costa sur de Nueva Zelanda. Allí, cada individuo es monitoreado con transmisores y recibe seguimiento constante para proteger la diversidad genética.
El trabajo es coordinado por el Department of Conservation, que gestiona cuidadosamente los apareamientos. Asimismo, los huevos suelen intercambiarse por réplicas mientras los reales se incuban en entornos controlados.
Esta intervención minuciosa permitió cuadruplicar la población en tres décadas. Por lo tanto, el kakapo se convirtió en símbolo del compromiso ambiental de un país donde las aves ocupan un lugar central en la identidad nacional, junto a especies emblemáticas como el kiwi.



