Surinam enfrenta un dilema conocido en el trópico americano: la promesa de modernización que trae la agroindustria extranjera. Esta propuesta frecuentemente llega con la promesa de empleo y prosperidad, pero el análisis de Mark J. Plotkin en Mongabay sugiere que puede acarrear más problemas que beneficios si se basa en monocultivos extensivos, exportación masiva y control foráneo de la tierra.
El Impacto de la Soja en el Futuro de Surinam
No es cuestión de si Surinam debe aumentar su producción de alimentos, sino de qué tipo de agricultura quiere desarrollar. Con un impresionante 94.5% de su territorio cubierto por bosque según el Banco Mundial, Surinam se enfrenta a la elección de mantener su rica cobertura forestal o sacrificarla para alimentar mercados externos.
La producción de soja se presenta como una ruta rápida hacia el progreso. Grandes extensiones, maquinaria de última tecnología y exportaciones parecen atractivas para gobiernos que buscan ingresos. Sin embargo, este modelo industrializado requiere poca mano de obra. Emplea a pocas personas utilizando cosechadoras y tecnología como sistemas GPS, dejando empleos temporales y mal pagados que rara vez benefician a la población local.
Plotkin destaca que este patrón se ha repetido en otras partes de América tropical. Se tala el bosque, se contaminan cuerpos de agua y la riqueza generada se dirige hacia el extranjero. Para un país tan pequeño como Surinam, estas no son decisiones triviales.
Surinam no parte de cero en esta discusión. Su bosque forma parte vital de su economía y cultura. Según el análisis de MAAP, unos 467,000 hectáreas de bosque podrían destinarse a nuevos planes agrícolas, de las cuales 451,000 hectáreas son bosques primarios. Comparado con una pérdida promedio de 6,560 hectáreas anuales en las últimas dos décadas, el impacto podría ser significativo.
Además, Surinam ha comprometido proteger permanentemente el 90% de sus bosques tropicales para 2025, estableciéndose como un referente global. Este compromiso aumenta la presión para garantizar que sus prácticas agrícolas no contradigan su discurso ambiental.
El monocultivo de soja no solo altera el paisaje, sino que también afecta los recursos hídricos. La agricultura intensiva necesita fertilizantes y pesticidas que pueden filtrarse a ríos y zonas de pesca, impactando la dieta diaria y el sustento de muchas familias de Surinam cuya alimentación depende del pescado.
El país también enfrenta desafíos ambientales significativos con la minería artesanal que utiliza mercurio. La expansión de la infraestructura agrícola podría aumentar la presión minera en áreas remotas.
Rechazar un modelo agrícola no implica rechazar la agricultura en sí. Surinam necesita mejorar su producción local, reducir la dependencia de importaciones y fortalecer su seguridad alimentaria, especialmente ante el aumento de los costos de energía y transporte.
El verdadero debate gira en torno a quién controla la tierra. Si las tierras quedan en manos de entidades extranjeras, las decisiones sobre producción y beneficios pueden alejarse del interés comunitario y nacional. Plotkin plantea tres preguntas cruciales: «¿Quién se beneficia? ¿Quién se sacrifica? ¿Y qué quedará para las futuras generaciones?»
Estas preguntas deben ser consideradas antes de cualquier acuerdo agrícola. Si solo unos pocos se benefician mientras las comunidades y los bosques primarios se sacrifican, el negocio deja de ser desarrollo y se convierte en una deuda a futuro.
Por lo tanto, Surinam debería exigir evaluaciones ambientales exhaustivas, estadísticas reales de empleo, garantías sobre el uso del agua, y asegurarse de que las comunidades indígenas y cimarronas sean consultadas. Las promesas de prosperidad deben ser respaldadas con pruebas tangibles.



