El Banco de Alimentos Buenos Aires presentó su Reporte 2024, destacando el impacto social y ambiental de su labor. La organización logró reducir el hambre, mejorar la calidad nutricional de las comidas y evitar el desperdicio masivo, a través de alimentos recuperados, en la región del AMBA.
Durante el año pasado, 360.988 personas accedieron a alimentos, y más del 60% eran niños y adolescentes. En paralelo, se rescataron 6,7 millones de kilos de alimentos y productos de higiene que, de otro modo, habrían terminado como desechos.
Estos insumos se transformaron en más de 18 millones de platos de comida, distribuidos entre 1.280 organizaciones sociales. Comedores, merenderos, centros de salud y educativos fueron algunos de los espacios beneficiados por esta red solidaria.
Otro logro destacado fue el crecimiento del voluntariado, que se triplicó con relación al año anterior. Empresas, colegios y vecinos comprometidos se sumaron activamente a la misión solidaria.

Impacto nutricional y ambiental con mirada a futuro
Además de aumentar la cantidad de alimentos, la organización mejoró su calidad: el valor nutricional de los productos entregados creció un 13%, elevando el estándar de la asistencia alimentaria.
Este esfuerzo también representa una acción ambiental estratégica, ya que rescatar alimentos implica evitar emisiones asociadas a su descomposición o incineración. El ahorro de recursos naturales y la reducción de residuos posicionan al banco como un actor clave en la economía circular.
Desde 2001, el Banco de Alimentos Buenos Aires actúa como nexo entre quienes sufren hambre y quienes desean ayudar. Su centro de operaciones en Benavídez permite almacenar, clasificar y distribuir productos de forma eficiente en Capital y el conurbano.
Con el lema “Menos hambre, más futuro”, la entidad promueve un modelo de ayuda sostenible, donde cada kilo recuperado es una oportunidad de alimentar, cuidar y transformar vidas sin dañar el planeta.

Claves para una alimentación sostenible y amigable con el planeta
Adoptar una alimentación que beneficie al medio ambiente requiere tomar decisiones conscientes en cada etapa del consumo. Reducir el desperdicio, elegir productos de temporada y priorizar alimentos locales son acciones fundamentales. Esto disminuye la huella de carbono asociada al transporte y la conservación de los productos.
Optar por una dieta basada en plantas, rica en frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, también reduce el impacto ambiental. La producción vegetal demanda menos agua, tierra y energía que la ganadería intensiva, una de las principales fuentes de gases de efecto invernadero.
Minimizar el uso de plásticos y envases descartables, así como evitar productos ultraprocesados, favorece tanto la salud como la conservación de los ecosistemas. Además, apoyar a productores que utilicen prácticas agroecológicas o certificaciones sostenibles es una forma concreta de fomentar sistemas alimentarios responsables.
Compostar los residuos orgánicos, reutilizar sobras y planificar las compras son hábitos que completan un modelo de consumo más consciente, donde alimentarse también implica cuidar la biodiversidad y los recursos naturales del planeta.



