sábado, julio 2, 2022

Científicos de Uruguay registran por primera vez plásticos primarios en playas de la Antártida

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La serie de televisión Star Trek se proponía llevarnos al espacio, la frontera final. En su introducción, al hablar de la nave que la protagoniza, parecía hablarnos de esa gran aventura que es la ciencia: “Su continua misión: explorar extraños nuevos mundos, buscar nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones, viajando temerariamente a donde nadie ha llegado antes”.

Hay unos pocos lugares aquí en la Tierra donde los investigadores y las investigadoras pueden perfectamente parecer parte de aquella tripulación espacial. Uno de ellos es la Antártida. Es cierto, ya han llegado antes hasta allí muchos humanos, pero sigue siendo un extraño nuevo mundo que impone condiciones extremas y amerita ser explorado.

En enero de 2019 Juan Pablo Lozoya y Franco Teixeira de Mello, del Centro Universitario Regional del Este (CURE) de la Universidad de la República, se encontraban en la isla Rey Jorge, donde está la Base Científica Antártica Artigas. En el marco del proyecto de nombre trekkie que lideran, AntarPlast, andaban muestreando plásticos. Y de pronto algo llamó su atención. Lo que tenían enfrente era la prueba de que los plásticos habían llegado donde nunca nadie los había encontrado antes.

No se trataba de cualquier plástico, sino de lo que denominan pellets –“gránulos” en español–, unas esferas que no sólo tienen unos pocos milímetros de tamaño, sino que, a diferencia de otros microplásticos que se generan por la fragmentación de objetos más grandes, se fabricaron de ese tamaño para ser utilizados por la industria. Justamente por ello los pellets se consideran plásticos primarios: a partir de ellos se fabrican botellas y envases, por sólo nombrar algunos de los incontables productos que la industria produce para saciar nuestra creada plastidependencia.

¿Qué hacía un insumo de la industria plástica en la Antártida, el único continente en el que no hay fábricas? Por lo pronto, demostrar que vamos por mal camino. Aquel primer hallazgo de Lozoya y Teixeira de Mello los llevó a diseñar rápidamente un muestreo sistemático en una playa antártica bastante alejada de la comodidad de la base. Lamentablemente, estaban y en gran número. Al constatarlo, los dos investigadores y sus colegas llegaron a donde jamás otros habían llegado antes. Nadie había encontrado plásticos primarios en las playas de la Antártida. Y su insólita presencia allí era un clavo más para el ataúd de la idea que sostiene que la corriente circumpolar es una barrera para que las aguas superficiales de los océanos del mundo se comuniquen con el océano Austral.

En ciencia, además de serlo, no hay que parecerlo, sino publicarlo. Y, si bien habían encontrado pellets en 2019, el tiempo pasaba, pero la publicación que lo atestiguara ante la comunidad científica no llegaba. Y, mientras tanto, cualquier otro equipo de investigación podría usurparles el haber llegado antes. Finalmente, se consagraron como los Neil Armstrong de los plásticos primarios antárticos cuando, en mayo, su artículo “Pellets varados en la Península Fildes (Isla Rey Jorge, Antártida): nueva evidencia de conectividad en el océano Austral” vio la luz en una revista científica.

Firmado por los ya mencionados Juan Pablo Lozoya y Franco Teixeira de Mello, también son coautoras del trabajo sus colegas del CURE Maldonado Gissell Lacerot y Florencia Rossi, así como Mauricio Rodríguez, Germán Azcune y Andrés Pérez-Parada, del CURE Rocha. Completa la autoría Javier Lienzi, del Centro de Investigación y Conservación Marina. Un trabajo científico tan relevante, no sólo dentro del campo del estudio de los plásticos, sino también con aportes para comprender mejor la dinámica de los océanos del planeta, es aún más maravilloso si tenemos en cuenta que somos un país que tiene una pequeña base, en una pequeña isla de la Antártida marítima, y con científicos que están allí sólo unos pocos días del verano rodeados por bases de superpotencias con superpresupuestos.

Así que, con la misma emoción de estar ante la tripulación de Star Trek, conversamos con Gissell Lacerot, Franco Texeira de Mello y Juan Pablo Lozoya, parte del equipo que lleva a nuestra ciencia allí a donde otros sueñan con aventurarse.

De lo grande a lo pequeño


El primer reporte científico de la presencia de plásticos en la Antártida se remonta a 1984. Desde entonces mucho plástico se ha derramado bajo el puente y su estudio en distintos ecosistemas, así como de sus efectos en los organismos, incluido el nuestro, ya que se estima que ingerimos una buena cantidad a través de los alimentos, los líquidos y hasta el aire, es un área pujante. En la ciencia también se imponen modas o temas que suscitan más atención. Lejos de ser esto un demérito, hace aún más asombroso el descubrimiento de nuestros investigadores antárticos: cuanto más gente está mirando, más difícil es sorprender.

“El origen de AntarPlast se remonta a 2016-2017, cuando hicimos nuestra primera campaña. Ya en ese entonces estudiar los plásticos estaba de moda, pero mucho menos que ahora”, dice Lozoya. “Parte de ese proyecto era evaluar la presencia de estos residuos en la Antártida, que es como el lugar prístino por defecto. Arrancamos estudiando más macroplásticos, más basura marina”, cuenta. Pero estando allá, las cosas cambiaron.

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“Una de las cosas que te llaman la atención cuando empezás a hacer investigación sobre basura marina, y particularmente sobre residuos plásticos en la Antártida, es la cantidad que hay. Una no esperaría eso”, dice Lacerot. “Entonces ahí empiezan a surgir nuevas preguntas. Incluso la investigación a nivel general sobre el tema también fue avanzando y los microplásticos no eran tan conocidos. Se hablaba de microplásticos, pero no como ahora, y no de todas las consecuencias que podrían tener o incluso de las interacciones con la fauna o abriendo dimensiones de experimentación”, agrega Lozoya. Sin dejar de lado los macroplásticos, el proyecto fue ampliándose y sumaron los microplásticos, que tienen menos de cinco milímetros. Y, entre ellos, los protagonistas de esta nota.

Un encuentro inesperado pero esperable


“Si bien teníamos la intención de buscar microplásticos en la Antártida, al principio nos costó muchísimo la búsqueda en playas porque en la isla básicamente no hay arena y buscar microplásticos bajo las piedras es bastante complejo”, dice Teixeira de Mello. Pero un día, en una salida, divisaron a lo lejos la playa que precisaban.

La playa que protagoniza su artículo está ubicada en el Pasaje de Drake de la isla Rey Jorge. Para llegar hasta allí desde la Base Artigas hay que atravesar todo el ancho de la isla rumbo al noroeste, lo que implicaba un desafío tanto logístico como para el transporte de las muestras. “A esas playas vamos desde 2016 y desde entonces veníamos buscando pellets, porque en Punta del Este los habíamos encontrado y los conocíamos”, dice Lozoya. Los tenían entre ceja y ceja, pero, afortunadamente para el ecosistema y no tan afortunadamente para ellos, en la Antártida no se dejaban ver.

Pero todo cambió, tras dos años de trabajo, en enero de 2019. “Haciendo muestreos de macroplásticos, un día nos encontramos con un pellet”, recuerda Lozoya. Si bien el hallazgo confirmaba lo que temían y era lo que ansiaban, había que cambiar la hoja de ruta: tenían que planificar e implementar un diseño de muestreo para microplásticos, que era distinto al que venían usando. “Fue todo ahí sobre el pucho porque no íbamos preparados para encontrar y muestrear eso”, dice risueño Lozoya.

Por ejemplo, en el artículo describen la pendiente que tiene la playa, algo relevante para la dinámica que hace que los plásticos estén allí. “La medición de la pendiente la tuvimos que hacer con una chaucha y tres palitos”, bromea. La pendiente se mide con unas varillas graduadas que, obviamente, no tenían. Y entonces, la gran yorugua. “En los caminos de la Antártida hay tacuaras enormes que se usan para señalizar cuando sube el nivel de la nieve. Habíamos visto un par que estaban rotas y justo teníamos un metro en el bolso de muestreo. Con esas tacuaras y el metro, con Florencia Rossi medimos la pendiente de la playa”, dice Lozoya. Tal vez debamos agradecer a los gobiernos de todos los colores por su falta de inversión en ciencia: nuestras investigadoras e investigadores están acostumbrados a agudizar su ingenio y, con chauchas y palitos, hacer ciencia relevante. Cuánto más podrían hacer con más recursos es algo que, por ahora, lamentablemente sólo podemos imaginar.

“Todo fue un poco por casualidad, por estar ahí mirando”, retoma Lozoya, tal vez sin percatarse de que tener investigadores mirando en el extremo de una isla a miles de kilómetros al sur es cualquier cosa menos una casualidad. Sí, en el encuentro del primer pellet puede haber intervenido el azar. De haber caminado unos pasos más acá o más allá, tal vez hoy un medio de otro país reportaría cómo sus científicos encontraron los primeros plásticos primarios en playas de la Antártida. Pero no le saquemos mérito al pescador: la mayoría de nosotros no convertiría ni una décima parte de los goles que Cavani hace cuando la pelota le queda limpia dentro del área. La casualidad, si se quiere, es que un pellet y un equipo de investigadores que trabajan sobre plásticos se encontraran. Probablemente la gran mayoría hubiéramos fallado en convertir ese encuentro fortuito en un gol para la ciencia celeste. “Desde entonces, cada vez que fuimos encontramos pellets”, comenta Texeira de Mello.

Primarios, pero con antecedentes

En el trabajo publicado reportan, entonces, los muestreos que, sobre la marcha, estando en la Antártida, realizaron de microplásticos grandes (de entre uno y cinco milímetros) y mesoplásticos (de entre cinco y 20 milímetros) en cinco cuadrantes de 50 centímetros de lado en la playa de una zona conocida como Valle de Klotz, sobre el Pasaje de Drake de la isla Rey Jorge, en enero de 2019.

Encontraron 294 ítems plásticos, de los que 163 fueron espumas, 73 fragmentos y 55 pellets. ¡Los plásticos primarios fueron tan abundantes como para subirse al triste podio de los plásticos más abundantes en esa playa antártica! En el trabajo lo dicen así: “Los pellets fueron la tercera categoría más abundante y el primer registro de la presencia de plásticos primarios en una playa antártica”.

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Los pellets ya habían sido encontrados antes en la Antártida. En un trabajo de 2019, la brasileña Ana Lacerda y colegas reportan haber encontrado dos pellets en aguas de la Península Antártica. Luego, en 2020, Giuseppe Sauria y sus colegas reportan haber encontrado un único pellet en el mar antártico. Todos flotando. Y muy escasos. Nuestros investigadores dieron con más de media centena y depositados en la costa. Sobre su origen, a diferencia del primer trabajo, que encontró dos pellets en el mar, que señalaba que los microplásticos encontrados se debían de originar en el propio mar Austral, aquí reportan que “no es probable que provengan de fuentes locales”.

“Los pellets son plásticos primarios porque se generan con ese tamaño y son la materia prima para hacer productos plásticos”, dice Lozoya para explicar por qué pusieron que no era probable que esos plásticos se originaran en la Antártida. “El ingreso de pellets a los océanos se da a través de ríos donde están las fábricas de los pellets y también de los barcos cargueros que transportan pellets. Los dos principales ingresos son la pérdida de la industria y la pérdida en el transporte. Seguramente haya pérdida también en donde se lo va a usar como materia prima”, comenta Texeira de Mello. En un continente sin fábricas ni transporte de insumos para industrias plásticas, el origen de esos pellets llevaba a cuestionar algunas cosas. Y ese es el otro gran aporte que hace esta investigación. Pero antes permítanme un pequeño desvío.

La Antártida y Punta del Este

En el trabajo hay algo que para quien lee desde este rincón del mundo puede llamar poderosamente la atención. La cantidad de pellets que encontraron por metro cuadrado en la playa del Pasaje de Drake es similar o incluso superior a la que encontraron en las playas de Punta del Este en 2016: 44 ítems por metro cuadrado en la playa antártica contra 34 en la niña mimada de Maldonado. Entonces o la playa de Punta del Este está casi tan prístina como la de la Antártida o las playas de la Antártida están tan en el horno como Punta del Este. Para quien lee desde Uruguay es evidente que algo no está bien. “Esa comparación destaca que esta forma de contaminación puede originarse en cualquier punto, pero que sus consecuencias son mucho más globales. En ese sentido, no hay regiones geográficas libres, porque las fuentes son múltiples, pero el plástico se distribuye en forma global”, comenta Lacerot. “Por eso también es un problema tan difícil de solucionar, básicamente son contaminaciones difusas globales. Hay otros tipos de contaminación que también tienen este problema de que las fuentes pueden ser locales, pero los efectos son globales. Lo que muestra esta comparación es que ninguna región escapa a esta problemática”, remata.

En el artículo no se andan con rodeos: “La densidad promedio total de microplásticos grandes y mesoplásticos varados estimada para esta playa antártica (234,4 por metro cuadrado) es sorprendentemente alta para un área tan remota e idealmente prístina”. “La mayoría de los microplásticos que se encontraron en los muestreos en Rey Jorge son fragmentos y espumas, lo que está asociado a los usos que hay en la Antártida, lo que no hace que sea menos desastroso o menos llamativo. Eso muestra la cantidad de residuos que hay generados por las bases y por las actividades que se desarrollan en la Antártida”, comenta Lozoya.

“La playa que muestreamos está del otro lado de la península donde está la base uruguaya. Allí no hay actividades, no hay bases que puedan ser las fuentes de esos microplásticos. Podrían venir entonces de las bases del entorno de la isla o de los barcos”, expone Lozoya, para luego comentar el agravante de los pellets: “Ahora a esto se le agrega la eventualidad de lo que puede traer el mar desde fuera de la Antártida”. Ahora sí vayamos a eso.

Perforando un paradigma


“Haber encontrado pellets en la Antártida lo asociamos a la discusión que se estaba dando sobre la corriente circumpolar. No es una discusión nueva, ya se han demostrado ciertas aperturas de la corriente circumpolar, pero nuestro trabajo es más evidencia para irlo confirmando”, sostiene Lozoya.

Es que se suponía que en el océano Austral, que rodea a la Antártida, circulaban los plásticos que provenían de las bases, de la actividad pesquera y turística de la zona. Si bien los plásticos de la isla Rey Jorge podrían no haberse generado allí, las corrientes llevarían a la playa plásticos que por descuido, negligencia, torpeza o maldad los humanos iban perdiendo en el continente blanco. Esto era pensable porque la posibilidad de que llegaran plásticos flotando a la Antártida se chocaba con una barrera hasta hace poco infranqueable: la corriente circumpolar. El trabajo de nuestros investigadores e investigadoras perfora la idea que teníamos de esa barrera.

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“Teóricamente, la corriente circumpolar aislaba a la Antártida, aunque eso de que aislaba es muy relativo, porque en realidad la circulación oceánica es planetaria y eso está claro desde hace años. La circulación termohalina, que justamente en la Antártida se va en profundidad y genera la cinta transportadora oceánica, es algo que está claro hace tiempo. Lo que se discutía era la comunicación de las aguas oceánicas a nivel superficial”, comenta Lozoya.

Los plásticos, flotando, no llegarían a la Antártida si la barrera de la corriente circumpolar fuera infranqueable. “Pero luego se encontraron macroalgas que no se habían registrado en la Antártida y que sí había en el sur de Chile y también en Nueva Zelanda y algunas islas al norte de la corriente circumpolar. Se hicieron estudios genéticos y se vio que las que habían aparecido en la Antártida claramente eran de uno de esos lugares, lo que mostraba que había habido una entrada de material flotante hasta las playas de la isla Rey Jorge”, desliza. “Nosotros lo que encontramos fue otra evidencia concreta, porque esos microplásticos son primarios y, como no hay una industria en la Antártida que genere ese material, la única manera de que lleguen ahí es desde fuera”, agrega.

De hecho, una publicación de 2017 señala que habría cinco “puntos calientes de transporte” que podrían burlar la infranqueabilidad de la corriente circumpolar, y uno de ellos está justamente en el Pasaje de Drake.

Aumentan las preocupaciones


Si los microplásticos pueden llegar a la Antártida flotando por los océanos, se suman nuevos desafíos para el continente blanco.

“Los microplásticos pueden absorber contaminantes del agua circundante y traerlos consigo a la Antártida. Por otro lado, también pueden liberar contaminantes. Y en tercer lugar también pueden ser colonizados por diferentes microorganismos. Entonces, en realidad los microplásticos son vectores de múltiples problemáticas asociadas que pueden tener efectos sinérgicos o combinarse para afectar en forma diferente a la biota antártica”, señala Lacerot. “Entonces, el problema no es simplemente la presencia del plástico, sino que se complejiza con todas estas otras variables potencialmente asociadas, que son otras formas de contaminación o de distribución de especies. Esto dispara varias líneas para investigar”, agrega.

De hecho, otros trabajos científicos que abordaban el tema señalaban que tal vez el aislamiento para algunas formas de vida no fuera producido por la corriente circumpolar, sino por las temperaturas más frías al sur del paralelo 60. Ante un escenario de calentamiento global, nuevos organismos podrían establecerse en la Antártida. Y si encima les proveemos plásticos para que aborden como balsas, les estaríamos facilitando la tarea.

“En los plásticos se suben cosas y el plástico es vector de ciertas especies. Si la corriente circumpolar no aísla a la Antártida, entonces empiezan a generarse otras preguntas y preocupaciones, más allá de que también el tránsito debido a las actividades humanas a través de esa corriente ocurre”, comenta Lozoya.

¿Cómo hacemos para que esta evidencia científica no sirva de excusa para quitarnos responsabilidades? Una empresa de turismo antártico inescrupulosa podría citar el trabajo que hicieron y, argumentando que los plásticos llegan a la Antártida atravesando la corriente circumpolar, decir que habría que relativizar los aportes de plásticos que hace el turismo. O lo mismo con las bases o los barcos pesqueros.

“Las bases tienen una gestión de sus residuos que es mucho más severa que la que se hace en otras partes. Claramente no es perfecta, y entonces hay fuentes locales de plástico, pero hay que reconocer que es un ambiente extremo, y entonces algunos ingresos de plásticos locales se deben a la severidad del ambiente, tachos que vuelan, fragmentos que se arrancan”, dice Lacerot. “Pero también dentro de la Antártida hay mucho tráfico marino, muchas zonas de pesca, donde hay un aporte local. Si tenés dos tipos de entradas, unas que son más bien locales y otras que son de afuera, no te exime de responsabilidad para no manejar las locales. En ese sentido, las empresas turísticas, de transporte y de pesca deberían definitivamente tener controles severos de calidad en relación a sus residuos plásticos. No creo que esto las exima de ese contralor”, agrega.

Para Lozoya, en la Antártida, a diferencia de en lo que llama “la jungla internacional”, están dadas las condiciones para intentar un esfuerzo coordinado y multinacional para luchar contra las emisiones de plástico. “Ya que lo que pasa al norte de la corriente circumpolar afecta a la Antártida, nuestra aspiración es que lo que pasa en la Antártida a nivel de gestión también afecte al resto del planeta. Si allá abajo se puede lograr un acuerdo, un consenso, y ajustar ciertas cosas, también se podría hacer en otros lugares”, dice inspirado. “Incluso creo que el hecho de saber que nos está llegando mugre de afuera de la Antártida debería apurarnos a tratar de resolver el problema de la basura que se genera en la propia Antártida”, remata.

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