Uruguay incorporó una nueva especie de felino a su lista

Trabajo sobre la clasificación de los gatos de pajonal de Sudamérica evidencia que el gato de pajonal de Uruguay es una especie en sí misma y la llama Leopardus munoai. El cambio taxonómico trae consecuencias para la conservación y la investigación del animal.

Desde 1879 al gato de pajonal de nuestro país le han llamado de muchas maneras. Felis pajeros, Felis passerum, Lynchailurus pajeros braccatus, Felis colocola munoai, Leopardus braccatus, Leopardus colocolo y –hasta hace unos días– Leopardus colocola munoai. Cada vez que se lo llamó con dos términos se pensó que era una variación de otros gatos de pajonal sudamericanos. Cuando lo nombraban con tres términos se lo rebajó a la categoría de una subespecie de felino. Pero los días de incertidumbre terminaron. Un completísimo trabajo científico publicado hace pocos días pone a nuestro gato de pajonal en su debido lugar: se trata de una especie distinta de los otros cuatro gatos de pajonal sudamericanos y su nombre es, por ahora, Leopardus munoai.

De esta manera, gracias a una exhaustiva revisión taxonómica de los investigadores Fábio Oliveira do Nascimento, Jilong Cheng y Anderson Feijó, del Museo de Zoología de la Universidad de San Pablo y del Instituto de Zoología de la Academia de Ciencias de China, hoy Uruguay suma a su fauna una nueva –y al mismo tiempo vieja– especie de felino. No se trata apenas de un cambio de nombre: el Leopardus munoai vive casi exclusivamente en Uruguay, lo que implica también cambios para su conservación mundial y hace necesaria una mayor investigación sobre su biología, comportamiento y ecología.

Separando la paja del pajonal
Publicado en la revista Zoological Journal of the Linnean Society, el artículo “Revisión taxonómica del complejo de gatos de las Pampas Leopardus colocolo: un abordaje integrativo” no sólo aclara el panorama sobre el gato de pajonal de Uruguay, sino también de felinos similares que viven en el resto de Sudamérica y sobre los que pesaba la incertidumbre de si muchos eran subespecies de la misma especie. De hecho, hasta hoy la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) agrupa a todos los gatos de pajonal sudamericanos bajo el nombre Leopardus colocolo y da cuenta de que hay autores que los consideran una especie con siete subespecies distintas, mientras que otros, en el extremo opuesto, hablan de seis especies. El artículo de Nascimento, Cheng y Feijó salda la cuestión y determina minuciosamente que se trata de cinco especies distintas –sin subespecies– que presentan diferencias morfológicas, genéticas y biogeográficas claras.

Según relata el artículo, “la historia taxonómica de los gatos de las pampas comienza en 1782 con Molina describiendo al Felis colocola, basado en un gato de los bosques de Chile”. Desde entonces, agregan los autores, “numerosas especies y subespecies relacionadas han sido descritas, generalmente basadas en un único o unos pocos ejemplares”. Es así que se da cuenta del Felis pajeros en 1816 en Argentina; del Felis braccata en 1889 en Brasil central, del Felis braccata crucina en el sur de Argentina en 1901, del Lynchailurus pajeros garleppi en Perú en 1912, del Felis pajeros thomasi en Ecuador en 1913, del Felis colocolo crespoi en el noroeste de Argentina en 1957, y ya más recientemente, de Felis colocola munoai en Uruguay en 1961 y de Lynchailurus colocolo wolffsohni en el norte de Chile en 1994.

Estudiaron pieles y cráneos de 142 especímenes de gatos de las Pampas depositados en museos de historia natural de América del Sur y del Norte, y de Europa, así como fotos de piezas de colecciones de otras tantas instituciones. Entre esos materiales se encontraban piel y cráneos depositados en el Museo Nacional de Historia Natural de Uruguay, y entre ellos se destaca el holotipo del Felis colocola munoai, es decir, el ejemplar encontrado en Arroyo Perdido, Soriano, con el que en 1961 Alfredo Ximénez comunicó a la comunidad científica la existencia de lo que pensó que era una subespecie de gato de pajonal que vivía en nuestro país y regiones del sur de Brasil y litoral de Argentina.

“Todos los especímenes fueron examinados en términos cualitativos y cuantitativos basados en características externas y craneales”, dicen los autores en el artículo. La frase no refleja en realidad el minucioso trabajo que tomó en cuenta 17 características de coloración y patrones del pelaje o 16 mediciones dentales y craneales. Los datos fueron analizados estadísticamente. Luego se sumó información molecular de secuencias genéticas de decenas de individuos de todas las especies para elaborar un árbol filogenético. No contentos con ello, investigaron también la segregación climática de los nichos ecológicos de los distintos gatos. Para eso midieron 22 parámetros ambientales, como temperatura, precipitaciones y altura, e hicieron modelos de los nichos ecológicos.

Con todos estos datos, concluyen que “tratar a los gatos de las Pampas como una única especie subestima su diversidad real”, por lo que comunican: “Reconocimos cinco grupos alopátricos, cada uno con rasgos de diagnóstico claros y una distribución geográfica bien definida”, que dan como especies válidas. “Nuestra clasificación politípica con cinco especies vivas dentro del complejo Lepardus colocola está en gran parte de acuerdo con estudios filogenéticos previos y resuelve algunos de los desajustes entre la morfología previa y los conjuntos de datos moleculares”, afirman entonces.

Las cinco especies de gatos de las Pampas comenzaron a diferenciarse durante el Pleistoceno, cuando “las glaciaciones resultaron en ciclos alternos de expansión y retracción de biomas abiertos y de bosques” e indican que el ancestro común más moderno de las cinco especies actuales se dio hace unos 540.000 años. Nuestro gato de pajonal se separó del grupo que vive más al norte en Brasil hace unos 260.000 años. También notan que la distribución moderna de las cinco especies de gato de las Pampas “está bien definida por barreras geográficas”. De estas forma, las cinco especies de gatos reconocidas son Leopardus garleppi (asociado con grandes altitudes), Leopardus pajeros (áreas bajas de Argentina), Leopardus colocola (en Chile, encerrado por el desierto de Atacama, el océano y la cordillera de los Andes), Leopardus braccatus (ambientes similares a la sabana de Brasil central, Paraguay y Bolivia) y Leopardus munoai (en pastizales de Uruguay, sur de Brasil y noreste de Argentina).

Más que un nombre

Cuando le pregunto a Enrique González, curador de la colección de mamíferos del Museo Nacional de Historia Natural e investigador en mastozoología, si este trabajo pone el punto final sobre la discusión acerca de las especies de gato de pajonal sudamericanos, responde con cautela. “En ciencia nunca nada es final. Podríamos decir que el trabajo es la culminación de un largo proceso que ha llevado varias décadas en las que los científicos discutieron si los distintos morfos de gatos de pajonal que había en distintas partes de Sudamérica eran un conjunto de subespecies o un conjunto de especies” declara. “Estos investigadores, ahora que tenemos fuentes moleculares, ecológicas, morfológicas, cromáticas y de todo tipo, de alguna manera juntan toda las evidencia que existe hasta el momento y consideran especies válidas varias de las unidades que ya habían sido reconocidas en el pasado de gatos pajonal”, agrega.

También señala que este artículo trae consecuencias que van más allá de la clasificación taxonómica: “De alguna manera nuestra especie pasa a ser casi endémica de Uruguay, ya que su distribución se restringe a nuestro país y los campos aledaños de Rio Grande do Sul, en Brasil, y zonas pequeñas de Argentina”. Y esto no lo dice con el pecho inflado de chauvinismo, sino pensando en el flamante Leopardus munoai: “Es un caso claro en el cual la resolución de la taxonomía de una especie afecta su estado de conservación, no en el sentido de que afecte la población en el campo, sino que afecta nuestro concepto de cuáles son los límites de la especie”.

Para quien quiera oírlo, González es enfático: “Pasamos a tener la responsabilidad ante el mundo de cuidar al gato de pajonal de Uruguay. De hecho, para empezar podría ser ese el nombre común, gato de pajonal de Uruguay”. Al respecto, señala que el gato de pajonal de Uruguay podría “pasar a ser una potencial especie bandera de la conservación de los pastizales templados, que en las últimas décadas han estado profundamente modificados por el desarrollo agropecuario y forestal”.

Al igual que una criatura que se enreda con el cordón umbilical durante el parto, el nacimiento como especie del gato de pajonal de Uruguay se da en un momento complicado. “De cierta manera, que prácticamente sea endémica de nuestro país hace que sea también una especie en cierto peligro de extinción y que sea mucho más importante tomar medidas tanto de investigación como de conservación. Digamos que el gato de pajonal de Uruguay sube en el tablero de las especies prioritarias para la conservación en nuestro país”, reconoce González.

Pero el estatus de la especie no cambia sólo dentro de fronteras. Cuando le pregunto si el hecho de que nuestro gato sea una especie facilitaría, por ejemplo, la obtención de fondos internacionales para investigación y conservación, Enrique contesta que cree que sí, “porque dado este trabajo el Leopardus munoai a nivel internacional va a subir en la lista roja de especies en peligro de la UICN”. El investigador experto en mamíferos sostiene que probablemente pase a ser una especie amenazada, tal vez en la categoría “en peligro” (EN según la notación de la UICN) o “en peligro crítico” (CR). “Eso facilitaría la posibilidad de conseguir fondos y justificaría investigar más sobre la especie”, hipotetiza.

¿Qué sabemos de nuestro gato de pajonal?

“En la Guía de mamíferos que publiqué en 2001 daba cuenta de la presencia de este gato en Soriano, Colonia, San José, Cerro Largo, Treinta y Tres y Lavalleja, y tenía un signo de interrogación en Salto y Maldonado. Hoy, casi 20 años después, tenemos datos de gatos de pajonal en 18 de los 19 departamentos”, dice González, que afirma que si la memoria no le falla, el gato de pajonal no tiene registros en Artigas. Sin embargo, algunos de esos registros no son para alegrarse.

“De alguna manera, y al igual que pasa con casi todo el resto de la fauna, hay un déficit de investigación. No hay gente saliendo al campo para estudiar el gato de pajonal. Hoy sería mucho más interesante aún un proyecto de investigación sobre la especie”, sostiene, y lanza una posible línea a seguir. “Hemos visto que atropellos que se han reportado se dan en lugares donde no hay ningún pajonal cercano, es decir, donde de repente tenés una plantación de soja de un lado y campo pastoreado del otro”. Explica que los carnívoros, “y en particular los machos, tienden a dispersarse mucho más que las hembras, lo que de alguna manera evita la endocría, que se crucen con su madre o sus hermanas en el correr de sus vidas, y entonces se alejan decenas o centenas de kilómetros, dependiendo del tamaño. Un puma o un jaguar puede desplazarse cientos de kilómetros, mientras que un gato de pajonal, cuando llega a la adolescencia y se comienzan a independizar, puede pasearse de un departamento al otro caminando una o dos semanas”. Para González, estos gatos atropellados lejos de pajonales podrían evidenciar ese desplazamiento. Probablemente, algunos de estos ejemplares que han aparecido atropellados correspondan a juveniles en proceso de dispersión. Es una hipótesis que habría que constatar”.

Atropellados. Envenenados. Y también desplazados. Problemas graves para una especie que recién acaba de ganarse el título. “Esta especie, de alguna manera, es un objeto de conservación que se asocia con el pastizal y el pajonal, que no es un ambiente muy valorado en Uruguay”, dice González. “En nuestro país, al hablar de ambientes que hay que conservar, generalmente se piensa en los montes y los bañados, mientras que el pajonal y el pastizal se ven como parte del ambiente agropecuario”, lamenta.

¿Cómo hacer para protegerlo? “Probablemente las áreas protegidas no sean suficientes para preservar por sí solas al gato de pajonal. Sin duda ayudan, porque las áreas protegidas son parte de una estrategia más global, o al menos deberían serlo.

Hay que pensar en corredores biológicos, hay que mantener áreas cercanas, pero sobre todo hay que proteger a la fauna fuera de las áreas protegidas, lo que teóricamente se da por ley, porque está prohibido cazarlas”, agrega. “Hoy no hay un interés específico en la caza de esta especie, porque los felinos ya no se cazan por el valor de sus pieles. Pero hay otros factores, como los atropellamientos, la presencia de perros, el envenenamiento, la destrucción del hábitat, la modificación del uso de suelo”.

El país tiene una nueva especie de felino. Se trata de un viejo conocido, el gato de pajonal. Antes se pensaba que podía tratarse de una subespecie de un grupo mayor de félidos sudamericanos. Hoy sabemos que no, que es una especie que desde hace varios miles de años reclama su lugar propio en el mundo. Vive prácticamente sólo en Uruguay. Si no la estudiamos y protegemos, ya sabemos sobre quiénes recaerá la culpa y la vergüenza de no prestarle la atención que se merece.

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