En el territorio indígena de Sarayaku, en Ecuador, la selva vuelve a crecer. Allí, las mujeres de la comunidad impulsan una reforestación con enfoque ecológico, combinando cuidado ambiental, autonomía y memoria ancestral.
Para finales de 2025, el trabajo ya mostraba resultados contundentes. Por un lado, recolectaron más de 250.000 semillas nativas. Por otro, lograron germinar y plantar más de 200.000 ejemplares.
Este esfuerzo no busca expandirse sin criterio. Al contrario, se apoya en decisiones comunitarias y ecológicas. De ese modo, prioriza especies clave para la vida cotidiana.
Restauración selectiva frente al cambio climático
La iniciativa comenzó a fines de 2023 como respuesta a un problema creciente. Con el tiempo, muchas plantas esenciales se habían alejado de las comunidades. Por eso, se optó por restaurar lo que se estaba perdiendo.
A diferencia de la reforestación masiva, el proyecto es selectivo. Así, recupera especies medicinales, frutales, maderables y ornamentales. Estas plantas sostienen la alimentación, la salud y la cultura local.
Además, el cambio climático y las inundaciones alteraron los cultivos tradicionales. En consecuencia, las chakras quedaron empobrecidas. Frente a ello, la restauración se convirtió en una estrategia de resiliencia.

Un territorio vivo sostenido por conocimiento ancestral
El proyecto se desarrolla en más de 144.000 hectáreas del territorio Sarayaku. Allí, grupos rotativos de mujeres recorren la selva cada dos meses. De esta forma, recolectan semillas, cuidan viveros y realizan nuevas siembras.
Al mismo tiempo, el trabajo se acompaña con formación práctica. Así, se fortalecen saberes sobre compostaje, semillas y conservación. El conocimiento no se concentra, sino que circula dentro de la comunidad.
Uno de los logros más visibles es la recuperación del wayuri. Esta planta es fundamental para los techos de las viviendas tradicionales. Gracias al proyecto, hoy vuelve a crecer cerca de los hogares.
Plantas medicinales, alimentos y soberanía territorial
Durante años, muchas plantas medicinales quedaron relegadas a zonas lejanas. Sin embargo, el proyecto logró acercarlas nuevamente a la comunidad. De este modo, se refuerza la autonomía en salud y cuidado.
También se priorizó la siembra de árboles frutales silvestres. Estos se plantaron en senderos comunitarios y espacios escolares. Así, se integran la restauración ambiental y la educación.
En 2025, el foco estuvo en asegurar la supervivencia de lo sembrado. Luego, hacia fin de año, se retomó la recolección de semillas. Con ello, se prepara una expansión mayor para 2026.

Beneficios de una iniciativa que mira a largo plazo
Este proceso fortalece la resiliencia del bosque amazónico. Al restaurar especies nativas, mejora la biodiversidad y el suelo. Además, ayuda a regular el agua y el clima local.
Al mismo tiempo, refuerza la autosuficiencia comunitaria. Las plantas recuperadas reducen la dependencia de recursos externos. Por eso, el proyecto impacta en la soberanía alimentaria y sanitaria.
Finalmente, la iniciativa consolida el rol de las mujeres. Ellas lideran la defensa del territorio desde el cuidado y el conocimiento. Así, la reforestación se convierte en un legado para futuras generaciones.
Un compromiso que crece junto a la selva
El proyecto tiene una proyección de entre cuatro y seis años. Esto se debe a que la selva necesita tiempo para sanar. Sin embargo, los primeros resultados ya son visibles.
Más allá de las cifras, Sarayaku reafirma su vínculo con el territorio. La restauración ecológica se transforma en un acto de defensa cultural. Y así, la selva vuelve a crecer de la mano de sus guardianas.



