Por: Nito Anello, Co-Fundador zafran – Co-Fundador EmprendING
Hoy escribo con la excusa del Día de la Concientización Ambiental.Lo primero que pensé fue decir que un día no alcanza, que estas fechas suelen ser superficiales, que hace falta mucho más…Pero me frené. Y elegí explorar lo contrario.
¿Qué pasaría si un solo día sirviera para hacer una pausa, aunque sea breve, y repensar el próximo paso?
Quizás no necesitamos una gran revelación ni un cambio perfecto.
A veces, lo que de verdad transforma es lo más simple.
Cómo miramos. Qué elegimos hacer.
Pequeños gestos que ensanchan la conciencia:
frenar, preguntarnos de dónde viene lo que comemos,
elegir una pausa, escuchar al cuerpo o al viento.
En Zafrán lo vivimos con la certeza de que la imperfección no es un error: es parte del camino.
La honestidad está en reconocer con amor dónde estamos, hacia dónde queremos ir, qué podemos… y qué aún no.
Ronald Sistek, un amigo que nos inspira, lo dice claro:
todo es contexto-dependiente. Lo importante es entender el punto de partida.
Desde ahí, podemos caminar hacia un “adyacente posible”.
Ese lugar que no es el ideal, pero sí un pasito más cerca del propósito.
Un paso, uno solo, pero con dirección. Y entonces, aparece la confianza.
Zafrán nació con la intención de cuidar el mundo a través de una alimentación que nutra, genere trabajo inclusivo y regenere la tierra.
Pero también entendemos que transformar el mundo implica transformar cómo lo percibimos… y cómo actuamos sobre él.
Porque la percepción transforma la acción. Y la acción, el contexto. Y el contexto, otra vez, nuestra percepción.
Por eso es tan importante la mirada.
¿Miramos desde la separación… o desde el Interser?
Vivir en un cambio de paradigma cultural no es fácil.
Se hace idea por idea, paso a paso.
Soltar certezas, abrirse a lo que no sabemos, participar sin necesidad de controlar.
Caminar sin rigidez, sin apuro, sin exigirnos perfección.
En paz con lo que somos, claros en lo que queremos ser.
Un ejemplo real de esta transición son los packs de nuestras barras.
Son de plástico. Aunque reciclables, sabemos el daño que causan. Nos duele.
A la vez, protegen un alimento nutritivo, accesible.
Y en su diseño llevan un intento de expresar otra manera de mirar, íconos y líneas que invitan a sentirnos parte, no separados.
No es solo un diseño. Es una práctica. Sentir-pensarnos en interdependencia.
Una forma de seguir desarmando fragmentos.
De habitar una percepción más viva, más relacional.
Porque ver al mundo como máquina nos trajo hasta acá: una crisis ambiental y social sin precedentes.
Y permitió que la alimentación se volviera industria: productos que duran más en góndola que en el cuerpo.
Kilómetros de viaje. Químicos. Margen sobre nutrición. Rentabilidad sobre cuidado.
La conciencia ambiental no es una moda. Es transición. Es duelo y es alegría.
Duelo por lo que se cae. Alegría por lo que emerge: el recuerdo de que somos parte.
No se trata de volver atrás ni de romantizar el pasado.
Se trata de avanzar hacia otra síntesis.
Una cultura que recuerde que la vida es relación, que la tierra es madre, que el bienestar no se mide en consumo, sino en vínculos.
En esta transición, la comida y la naturaleza pueden ser grandes maestras: cercanas, concretas, vivas.
¿Y si un día de pausa pudiera transformar muchos otros?




