La Antártida, considerada durante décadas el último territorio inmune a la turistificación, vive un crecimiento exponencial en la llegada de visitantes. El crucero MV Hondius, promocionado como viaje a destinos remotos desde Ushuaia, refleja una tendencia que se consolida: la explotación turística del continente blanco.
Según la IAATO (Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida), la temporada 2023-24 registró más de 122.000 visitantes, un aumento del 1.120% respecto a hace 30 años.
En 1993-94 apenas desembarcaron 8.000 pasajeros; en 2013-14 fueron 27.700; y en 2023-24 rozaron los 78.900.
Estadísticas recientes
- Visitantes en cruceros sin desembarco: 43.200 en 2023-24.
- Proyección 2024-25: 36.769 sin desembarco y 80.434 con desembarco.
- Turismo de campo profundo: 938 personas que exploran el interior o la Península Antártica.
- Nacionalidades: estadounidenses (44,6%), australianos y chinos (8% cada uno), además de británicos, canadienses, alemanes, argentinos y brasileños.
La mayoría de las actividades se concentran en la Península Antártica, con excursiones en zodiac, desembarcos, kayak o escalada.

Proyecciones preocupantes
Un estudio publicado en Journal of Sustainable Tourism advierte que, si se mantiene la tasa de crecimiento anual del 14% registrada entre 1992 y 2024, el número de visitantes podría cuadruplicarse en la próxima década, alcanzando 452.000 turistas en 2033-34.
Riesgos ambientales
Aunque IAATO exige normas estrictas (no tocar fauna, no alimentar animales, no dañar plantas), los riesgos son reales:
- Especies invasoras: césped introducido en las Islas Shetland del Sur.
- Enfermedades: gripe aviar en las Islas Subantárticas, con efectos devastadores en focas.
- Huella de cruceros: emisiones y desembarcos frecuentes en zonas sensibles.
- Impactos acumulativos: el turismo interactúa con el deshielo, corrientes oceánicas y alteraciones climáticas, degradando hábitats y reduciendo la fauna silvestre.
Marco regulatorio
Desde 1991, el Protocolo de Protección Ambiental del Tratado Antártico designa la región como “reserva natural”. IAATO regula la frecuencia, duración y número de visitantes, estableciendo límites de desembarco simultáneo. Sin embargo, expertos como Valeria Senigaglia sostienen que es necesario ir más allá y crear un marco turístico integral que preserve el valor de la Antártida para futuras generaciones.
El turismo en la Antártida refleja una paradoja: la fascinación por conocer uno de los últimos territorios vírgenes del planeta amenaza su fragilidad ecológica.
La clave será equilibrar la curiosidad humana con la responsabilidad ambiental, diseñando regulaciones que permitan disfrutar del continente blanco sin comprometer su futuro.



