En el valle cordillerano que conecta Esquel con Trevelin, la apicultura se convirtió en una actividad clave para la biodiversidad regional. Allí, el apicultor Carlos Juan maneja entre 600 y 700 colmenas de abejas junto a su pareja Huenu Mastronardi, con las que producen miel bajo la marca Valle Andino.
A diferencia de muchos productores locales que mantienen pocos apiarios, la pareja vive exclusivamente de la actividad apícola. Sin embargo, como ocurre en gran parte del mundo, las colmenas enfrentan una amenaza persistente: el ácaro Varroa destructor.
Este parásito se alimenta de las abejas, debilita las colonias y puede provocar la pérdida total de las colmenas. Ante ese desafío sanitario global, científicos de la Patagonia comenzaron a investigar soluciones naturales que permitan proteger a estos insectos esenciales para los ecosistemas.

Una alianza entre ciencia y apicultura
La búsqueda de una alternativa comenzó en el Laboratorio de Investigación en Evolución y Biodiversidad de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Allí un equipo de especialistas en sanidad apícola trabaja desde hace años en el estudio de plagas que afectan a las colmenas.
La investigación está liderada por la acaróloga Susana Rizzuto, junto a las científicas Rosa Manzo, Carolina Amaturi y Brenda Freeman. El grupo comenzó a trabajar en el desarrollo de herramientas naturales para combatir la varroa, un problema sanitario que afecta a la apicultura mundial.
Las abejas cumplen un rol fundamental en la polinización de cultivos y en la conservación de los ecosistemas. Por ese motivo, la pérdida de colonias representa una preocupación creciente para la producción de alimentos y la biodiversidad.
BioVar Patagonia: una alternativa natural para las colmenas
Después de varios años de investigación, el equipo logró formular un bioproducto llamado BioVar Patagonia. El compuesto se basa en aceites esenciales obtenidos de plantas aromáticas de la región, como tomillo y lavandín.
Las primeras pruebas comenzaron en laboratorio en 2017, donde se evaluó su eficacia contra el ácaro y su seguridad para las abejas. Posteriormente el proyecto avanzó hacia una nueva etapa: comprobar cómo funciona el producto en condiciones reales de producción.
Para lograrlo, los investigadores necesitaban colmenas activas donde realizar los ensayos experimentales. En ese momento surgió la colaboración de los apicultores de la región, entre ellos el productor cordillerano Carlos Juan.
Las pruebas se desarrollan entre febrero y marzo en distintos apiarios patagónicos, justo antes del cierre anual de las colmenas.

Los beneficios detrás de esta iniciativa
El desarrollo de soluciones naturales para el control de plagas apícolas puede generar importantes beneficios ambientales. En primer lugar, permite reducir la dependencia de productos químicos que suelen utilizarse para combatir la varroa.
Además, estos tratamientos químicos pueden perder eficacia con el tiempo debido a la resistencia que desarrollan los parásitos. Por el contrario, los bioproductos basados en compuestos naturales buscan ofrecer alternativas más sostenibles para el manejo sanitario de las colmenas.
También contribuyen a proteger la salud de las abejas, insectos fundamentales para la polinización de numerosos cultivos. Se estima que una gran parte de la producción agrícola mundial depende directa o indirectamente de estos polinizadores.
Por lo tanto, iniciativas científicas como BioVar Patagonia no solo benefician a los apicultores, sino también a la biodiversidad y a la seguridad alimentaria.
Un proyecto que une investigación y producción
La experiencia también refleja el valor de la cooperación entre la ciencia y los productores locales. Los apicultores aportan su conocimiento del territorio y facilitan el acceso a colmenas para realizar los ensayos.
Mientras tanto, las universidades públicas desarrollan herramientas basadas en investigación científica aplicada.
Si los resultados continúan siendo positivos, BioVar Patagonia podría convertirse en una nueva estrategia para combatir la varroa.
De ese modo, la ciencia patagónica contribuiría a proteger uno de los pilares invisibles de los ecosistemas: las abejas y su trabajo silencioso en la polinización de la naturaleza.



