Se trata de un estudio que comenzó en 2015 y es impulsado por departamento de Ecofisiología y Ecotoxicología de la coordinación científica Ciencias de la Vida del Instituto Antártico Argentino (IAA).
Esto a pesar que el agua residual que llega al principal afluente de la capital es depurada. El motivo: el alto consumo de medicamentos en la población.