En 2020, Chile presentó su Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde con la meta de convertirse en líder mundial en la producción y exportación de este combustible para 2030. El proyecto busca además avanzar hacia la neutralidad de carbono, posicionando al país como un actor clave en la transición energética global.
El hidrógeno verde se produce mediante electrólisis del agua, un proceso que separa las moléculas de hidrógeno y oxígeno utilizando electricidad proveniente de energías renovables. A diferencia del hidrógeno gris, generado a partir de gas natural y altamente contaminante, esta alternativa promete ser limpia y versátil. Sus defensores lo llaman incluso “el champán de las energías” por su potencial en sectores como la minería, la siderurgia o la producción de fertilizantes.
Sin embargo, las promesas se enfrentan a cuestionamientos. El hidrógeno verde no solo es caro de producir, sino que también exige infraestructura compleja y grandes cantidades de agua, un recurso escaso en varias regiones del país. Además, existen riesgos ambientales vinculados a la instalación de plantas, parques solares, turbinas eólicas y megapuertos que podrían alterar ecosistemas únicos.
La presión internacional suma otra dimensión. Europa, especialmente Alemania y los Países Bajos, ve en Chile una fuente estratégica de suministro. Estas naciones carecen de suficiente capacidad renovable para producir hidrógeno a gran escala y buscan abastecerse desde el Sur Global, lo que plantea dilemas sobre justicia ambiental y equidad energética.

Los obstáculos de la energía prometida
Chile posee condiciones naturales excepcionales para las renovables. El desierto de Atacama, en el norte, recibe la radiación solar más intensa del planeta. En el extremo sur, Magallanes cuenta con vientos fuertes y constantes que podrían generar un flujo energético inagotable. Se estima que el país podría producir hasta el 13% del hidrógeno verde mundial en el futuro.
Pero la tecnología presenta dificultades. El hidrógeno es una molécula muy pequeña, difícil de contener en tuberías y tanques tradicionales. Una opción para facilitar su transporte es convertirlo en amoníaco, lo que añade pasos costosos e ineficientes al proceso. A ello se suma la necesidad de plantas de electrólisis, desalinizadoras y terminales portuarias para exportación, cada una con impactos ambientales significativos.
El financiamiento ya está en marcha. Chile recibió un préstamo del Banco Mundial y una fuerte inversión europea destinada a infraestructura. Con ello, el país proyecta exportaciones por 30.000 millones de dólares hacia 2050, lo que podría transformar su economía tanto como lo hizo el cobre. No obstante, los costos ecológicos podrían ser irreversibles.
Biodiversidad en riesgo
La instalación de paneles solares y turbinas eólicas a gran escala puede alterar ecosistemas frágiles. En el norte, especies únicas del desierto como la gaviota gris y el dragón de Torres-Mura podrían ver reducidos sus hábitats. En el sur, las rutas migratorias de ballenas y aves corren peligro por la construcción de puertos y aerogeneradores. Estudios advierten que miles de aves podrían morir cada año por colisiones con turbinas, afectando poblaciones ya vulnerables.
El agua representa otro desafío crítico. Para producir hidrógeno, el líquido debe ser altamente puro, lo que obliga a instalar desalinizadoras que consumen mucha energía. La salmuera resultante, si no se maneja adecuadamente, puede alterar la salinidad marina y destruir ecosistemas costeros.
Estas tensiones revelan una paradoja: el país apuesta por una energía llamada “limpia”, pero cuya implementación podría generar nuevos focos de contaminación y pérdida de biodiversidad.

Usos y atractivo global del hidrógeno verde
El interés internacional se debe a que el hidrógeno verde puede descarbonizar sectores industriales donde las renovables tradicionales no son suficientes. Puede sustituir al carbón en la producción de acero, reemplazar combustibles fósiles en la industria química y convertirse en un insumo clave para fertilizantes más sostenibles. También puede almacenarse y utilizarse como combustible en transporte pesado, trenes o barcos, ofreciendo alternativas a largo plazo frente al petróleo y al gas.
La carrera global por esta energía responde a los compromisos de neutralidad climática. Alemania, Japón, Corea del Sur y la Unión Europea ven en el hidrógeno verde la pieza que falta para cumplir sus metas sin sacrificar sectores productivos estratégicos. Sin embargo, producirlo en sus propios territorios sería demasiado costoso por limitaciones de espacio y recursos naturales, por lo que recurren a países como Chile o Namibia.
Ese interés externo explica las millonarias inversiones que ya llegan al Cono Sur. Pero también plantea preguntas sobre soberanía energética y justicia ambiental: mientras el Norte Global reduce sus emisiones, los impactos recaen sobre ecosistemas y comunidades locales en el Sur.
El hidrógeno verde aparece como una pieza crucial para el futuro energético mundial, pero su despliegue masivo no está libre de contradicciones. Chile se encuentra en la encrucijada entre convertirse en potencia verde o repetir viejos patrones extractivos disfrazados de innovación. La decisión, y sus consecuencias, marcarán no solo su economía, sino también la salud de sus ecosistemas en las próximas décadas.



