Un estudio reciente sobre los ríos y arroyos del Área Metropolitana de Buenos Aires expuso la presencia creciente de medicamentos en el agua. Las muestras se tomaron en diferentes estaciones del año para entender cómo influyen los asentamientos humanos y los sistemas cloacales.
Los resultados confirmaron que la contaminación se intensifica en las zonas con mayor densidad poblacional. Los ríos Luján, Reconquista y Matanza-Riachuelo, junto con arroyos como El Gato, El Pescado y Espinillo, mostraron niveles detectables de analgésicos, betabloqueantes y anticonvulsivos.
Entre ellos, la carbamazepina se destacó como el compuesto más persistente. En verano aparecieron picos de sildenafil, mientras que en invierno se incrementaron los medicamentos para afecciones respiratorias.
Las lluvias ayudaron a diluir algunos compuestos, aunque no lograron impedir su permanencia en el ambiente.

Cómo influyen las actividades humanas
El monitoreo comparó áreas rurales, urbanas densas y zonas con distintas infraestructuras sanitarias. En los sectores agroganaderos solo se detectaron dos o tres sustancias, lo que marcó un contraste con los tramos urbanos.
En las áreas con alta concentración de viviendas aparecieron prácticamente todos los fármacos analizados. Los valores más altos se registraron cerca de plantas de tratamiento y en sitios sin red cloacal.
En estos últimos casos, se presume la influencia de pozos ciegos, descargas clandestinas y basurales con impermeabilización deficiente. El patrón confirma que la contaminación química está estrechamente asociada al crecimiento urbano y al manejo ineficiente de los residuos domiciliarios.
A nivel internacional, los niveles locales de paracetamol resultaron superiores a los habituales en otras regiones. Este comportamiento coincide con el elevado consumo de analgésicos en Argentina. También se observaron diferencias en residuos vinculados a la salud mental respecto de países del hemisferio norte.
Qué ocurre cuando los medicamentos llegan al agua
Los fármacos descartados incorrectamente pueden atravesar plantas de tratamiento sin degradarse por completo. Muchos de ellos están diseñados para resistir la descomposición, lo que les permite permanecer activos en los cursos de agua.
Esta persistencia facilita su acumulación en ecosistemas ya presionados por otras formas de contaminación. Los compuestos afectan a peces, anfibios y microorganismos, alterando hormonas, comportamientos reproductivos y procesos metabólicos.
En algunos casos, la exposición continua genera resistencia a antibióticos en bacterias presentes en el ambiente. Este fenómeno se vuelve una amenaza sanitaria y ecológica que avanza silenciosamente.
La presencia de farmacéuticos también modifica la calidad del agua usada para riego y recreación. Cuando las concentraciones aumentan, los cuerpos de agua pierden capacidad de autorregulación. El resultado es un ecosistema debilitado, más vulnerable al cambio climático y a las actividades humanas.

El consumo cotidiano que deja huella
Aunque la mayoría de los medicamentos llega al agua a través de los sistemas cloacales, el hábito de desecharlos en la basura o el inodoro intensifica el problema. Los envases incompletos, los tratamientos interrumpidos y las automedicaciones frecuentes alimentan esta cadena.
Cada residuo arrojado sin control prolonga la permanencia de químicos en el ambiente. Lo que se ingiere y descarta no desaparece: continúa su recorrido por ríos y arroyos que abastecen a millones de personas.
Esta dinámica muestra cómo la salud humana y la salud ambiental están íntimamente interconectadas. Reducir el impacto requiere un cambio profundo en la gestión del consumo y de los desechos.



