En las arenas cálidas de Bajo de Añelo, en el corazón de Neuquén, habita una especie de lagartija que hasta hace poco era completamente desconocida. Se trata de Liolaemus cuyumhue, una pequeña reptil que no solo corre, sino que “nada” bajo la arena para escapar de depredadores y del calor extremo.
Esta especie, endémica del ecosistema dunar neuquino, fue descubierta a comienzos de este siglo. Su singular morfología y comportamiento confirmaron que no se trataba de una lagartija más. Con una población reducida y un hábitat limitado, fue clasificada en 2014 como “en peligro crítico” de extinción.
El reciente avance de la actividad petrolera en la zona de Vaca Muerta puso en jaque a este frágil equilibrio natural. Las dunas móviles donde vive L. cuyumhue son uno de los últimos vestigios de un antiguo desierto que se extendía por gran parte del centro argentino.
En la actualidad, la ciencia busca proteger no solo a este reptil, sino también al ecosistema único que habita.

Dunas, petróleo y una urgencia ambiental
Las dunas donde vive esta lagartija son más que simples acumulaciones de arena. Contienen restos fósiles, humedales, y una biodiversidad especializada en condiciones extremas. El avance de la industria sobre estos territorios plantea un dilema urgente: ¿cómo convivir con la naturaleza sin borrarla del mapa?
Investigadores del Conicet y universidades nacionales propusieron zonas intangibles, es decir, áreas donde se prohíba toda explotación. En estas zonas se concentra la mayor densidad de lagartijas y otras especies vulnerables, como tortugas y lagartos colorados.
Además del impacto directo de la actividad humana, el calentamiento global agrava la situación. Temperaturas que alcanzan los 70 °C dificultan la reproducción de los reptiles. En este contexto, la conservación se vuelve una cuestión de tiempo y decisión política.
La Liolaemus cuyumhue está perfectamente adaptada al entorno: escamas especiales en sus patas, ojos protegidos de la arena y una coloración que la camufla con el suelo. Pero ni toda esa evolución le permitirá resistir sola frente a un entorno cada vez más hostil.

Conservar esta lagartija es conservar lo invisible
El caso de esta lagartija no es aislado. Representa a muchas otras especies silenciosas que dependen de microambientes frágiles y poco visibles. Protegerlas implica conservar procesos ecológicos completos y prevenir pérdidas irreversibles.
Establecer reservas científicas o zonas de exclusión puede funcionar como una medida compensatoria en contextos de explotación intensiva. Estas estrategias se aplican con éxito en otras partes del mundo y podrían replicarse en la Patagonia.
Además, al tratarse de una “especie bandera”, protegerla también implica resguardar un conjunto completo de organismos que coexisten en estas dunas, desde plantas hasta mamíferos. La biodiversidad no es solo un valor estético: es la base del equilibrio ecológico.
En Bajo de Añelo, la ciencia dio el primer paso. Ahora es momento de transformar ese conocimiento en acción. Porque, si no se protegen hoy, las nadadoras de arena podrían volverse tan míticas como los fósiles que yacen bajo sus pies.



