La Antártida no es solo un desierto de hielo; es, ante todo, un laboratorio de luz. En el marco de la conmemoración del 22 de febrero, fecha que marca la primera ocupación soberana de Argentina en el continente blanco, un equipo de científicos del CONICET se encuentra desandando los misterios de la radiación solar en latitudes australes.
El objetivo es ambicioso: mejorar la calidad de vida de quienes habitan estos territorios polares y fortalecer la vanguardia científica argentina en el Atlántico Sur.
El proyecto, liderado por los investigadores Juan Manuel Monteoliva, Roberto Germán Rodríguez y Emanuel Ricardo Schumacher, bajo la coordinación de la doctora Andrea Pattini, se enfoca en el estudio de la Iluminación Natural Sustentable. Esta línea de investigación, perteneciente al INAHE, busca aprovechar las condiciones únicas de la Antártida, donde los ciclos de claridad y oscuridad extrema desafían cualquier parámetro de diseño arquitectónico y biológico convencional.
Una investigación en tres escalas: ciudad, edificio y cuerpo
Lo que hace que este estudio sea disruptivo es su enfoque integral. Según explica Juan Manuel Monteoliva, la investigación no se limita a medir cuánta luz cae sobre el suelo, sino que se divide en tres dimensiones críticas: la urbana, la edilicia y la humana.
En la escala urbana, el equipo tomó como caso de estudio el Fortín Sargento Cabral. Allí, analizaron cómo la materialidad de las construcciones y el relieve interactúan con los cielos antárticos.
En la escala edilicia, el foco se puso en la Base Esperanza, específicamente en espacios de aprendizaje como la Escuela Provincial N° 38 “Presidente Raúl Ricardo Alfonsín” —la más austral del mundo— y el Laboratorio Antártico Multidisciplinario (LAMBE). El objetivo aquí es determinar cómo la luz natural impacta en los ocupantes durante el intenso verano polar.
Finalmente, la escala humana aborda la salud. Los investigadores evaluaron los hábitos de sueño y la exposición a la luz (tanto natural como artificial de pantallas) para entender cómo el fenómeno del «sol de medianoche» afecta los ritmos circadianos de la población civil y científica.

Ciencia bajo cero: el desafío de medir en el límite
Llevar instrumental científico de precisión a la Antártida no es una tarea sencilla. Roberto Germán Rodríguez destaca que es la primera vez que se realiza un estudio de esta magnitud, integrando caracterizaciones fotométricas y modelado tridimensional.
«Estamos midiendo luz ambiental del espectro visible y circadiano. Buscamos obtener información para realizar modelos virtuales que nos permitan predecir las condiciones de luz durante todo el año, incluso cuando no estemos allí», señala Rodríguez.
Las condiciones de trabajo han sido, por definición, extremas. Operar equipos con vientos que superan los 40 km/h y sensaciones térmicas de -19º C exigió nuevos desarrollos metodológicos. En el verano antártico, aunque el sol se pone, la oscuridad absoluta nunca llega, lo que obliga a los investigadores a trabajar en horarios no habituales para capturar la transición lumínica en toda su complejidad.
Sustentabilidad y aoberanía: el impacto a largo plazo
Más allá de los datos técnicos, el proyecto tiene una profunda raíz social y geopolítica. Para Emanuel Ricardo Schumacher, los resultados serán insumos críticos para el diseño de futuros hábitats sustentables. Las conclusiones podrían aplicarse no solo en bases antárticas, sino en refugios de alta montaña, expediciones de alpinismo y cualquier entorno de clima extremo.
«Buscamos generar bases de datos empíricas que posicionen a la ciencia argentina en redes de colaboración internacional», afirma Schumacher. El proyecto se alinea con los estrictos protocolos ambientales del Protocolo de Madrid, asegurando que la presencia humana sea lo más armónica posible con el ecosistema.
Por su parte, Andrea Pattini subraya el valor simbólico y estratégico de esta labor. «Tenemos poca conciencia del carácter bicontinental de nuestro territorio», reflexiona. Para la investigadora, divulgar estos resultados es una forma de sostener la soberanía nacional, recordando que la ciencia es el pilar que mantiene viva la presencia argentina en el continente blanco desde hace más de un siglo.
A medida que el equipo procesa los datos recolectados en la campaña 2025-2026, queda claro que este estudio no solo llevará luz las bases argentinas en la Antártida, sino que sentará un precedente global sobre cómo los seres humanos pueden habitar, de forma saludable y eficiente, los rincones más remotos de la Tierra.



