Según un estudio, la lluvia generada en la Amazonía aporta millones de dólares a la agricultura de Brasil

La selva amazónica no solo captura carbono y resguarda biodiversidad. Además, funciona como una infraestructura climática que produce y redistribuye lluvia a escala continental.

Un estudio liderado por la Universidad de Leeds cuantificó ese aporte hídrico y lo tradujo en impacto económico. Así, puso cifras concretas a un servicio ambiental históricamente subestimado.

Según el análisis, cada hectárea de la Amazonia genera alrededor de 2,4 millones de litros de lluvia al año. Este volumen equivale a llenar una piscina olímpica anualmente.

En consecuencia, la lluvia inducida por el bosque aporta unos 18.500 millones de euros por año a la agricultura brasileña. La cifra contrasta con la limitada inversión destinada a conservar estos ecosistemas.

Amazonía brasileña
Amazonía brasileña.

¿Cómo los bosques producen lluvia y sostienen el clima regional?

El mecanismo central es la evapotranspiración, proceso mediante el cual el agua pasa del suelo y las plantas a la atmósfera. Así, los árboles liberan vapor que luego se condensa y retorna en forma de lluvia.

En los bosques tropicales este fenómeno alcanza una magnitud extraordinaria. Millones de árboles liberan humedad de manera continua, alimentando sistemas de nubes que pueden precipitar incluso a cientos de kilómetros.

El estudio estima que cada metro cuadrado de bosque tropical aporta unos 240 litros de lluvia al año. En la Amazonia, la cifra asciende a 300 litros por metro cuadrado.

Por lo tanto, cuando el bosque se mantiene en pie, el sistema hídrico regional se estabiliza. En cambio, la deforestación debilita este flujo invisible que sostiene ríos, acuíferos y cultivos.

El rol de la lluvia en la agricultura y los ecosistemas

La lluvia es el motor de la productividad agrícola en amplias regiones de Brasil. De hecho, cerca del 85% de su agricultura depende directamente de las precipitaciones.

Cultivos como la soja requieren alrededor de 501 litros de agua por metro cuadrado durante su ciclo. El algodón necesita unos 607 litros por metro cuadrado, lo que evidencia la dependencia de lluvias regulares.

Sin embargo, la importancia de la lluvia trasciende la agricultura. También recarga acuíferos, sostiene humedales y garantiza agua potable para ciudades.

Además, las precipitaciones regulan la temperatura del suelo, reducen el riesgo de incendios y permiten la captura de carbono en ecosistemas forestales. En consecuencia, su estabilidad es clave para la resiliencia climática.

Amazonía. Foto: National Geographic.
La lluvia generada en la Amazonía aporta millones de dólares a la agricultura de Brasil. Foto: National Geographic.

El costo de la deforestación y el desafío político

En las últimas décadas se perdieron cerca de 80 millones de hectáreas de bosque amazónico. Como resultado, el valor de la lluvia generada se habría reducido en unos 4.600 millones de euros anuales.

El impacto no se limita al agro. Menos precipitaciones afectan la producción hidroeléctrica, el transporte fluvial y la disponibilidad de agua potable.

Frente a este escenario, el estudio propone integrar el valor económico de la lluvia en políticas agrícolas y de conservación. De este modo, se busca cerrar la brecha entre producción y protección ambiental.

Reconocer al bosque como generador de agua implica replantear la gestión territorial. Porque sin estabilidad hídrica no hay agricultura sostenible, ni energía segura, ni equilibrio climático duradero.

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