Las ballenas de hocico de ganso, conocidas como zifios, son verdaderos especialistas en inmersiones extremas.
Pueden alcanzar los 2.980 metros de profundidad y permanecer bajo el agua hasta 222 minutos, convirtiéndose en un modelo biológico único para estudiar la resistencia a la hipoxia, es decir, la privación de oxígeno.
Este fenómeno, documentado por National Geographic, ha captado el interés de científicos que ven en estos animales una fuente de inspiración para tratar enfermedades humanas como el accidente cerebrovascular y el cáncer.
Un desafío científico en aguas profundas
Los zifios pasan cerca del 90 % de su vida en aguas abisales, emergiendo solo por breves instantes. Esto dificulta enormemente la obtención de muestras. La fisióloga Jillian Wisse, de la Universidad de Duke, lidera un equipo que realiza expediciones frente a Carolina del Norte, donde cada avistamiento representa una oportunidad científica valiosa.
Durante esos cortos intervalos en la superficie, los investigadores recolectan fragmentos de piel y grasa mediante dardos. Las células obtenidas se cultivan en laboratorio y se exponen a condiciones de bajo oxígeno, simulando las inmersiones para analizar su respuesta biológica. En casos de varamientos, se accede a órganos internos, ampliando el campo de estudio.
Adaptaciones celulares extraordinarias
Los primeros resultados muestran que las células cutáneas de zifios mantienen un consumo eficiente de oxígeno incluso en condiciones de hipoxia, a diferencia de las células humanas, bovinas o de delfines.
Además, estudios genéticos revelan variantes en genes mitocondriales que optimizan la producción energética, permitiendo a estos cetáceos sostener funciones vitales en ambientes con muy poco oxígeno.

Estrategias evolutivas compartidas en mamíferos marinos
El fisiólogo Lars Folkow, de la Universidad Ártica de Noruega, describe cómo las focas poseen el doble de volumen sanguíneo que los humanos y transportan más hemoglobina.
Los cachalotes pueden tener sangre que representa hasta el 20 % de su peso corporal, mientras que las ballenas presentan altos niveles de mioglobina, proteína que almacena oxígeno en los músculos, facilitando inmersiones prolongadas.
Durante estas inmersiones, el metabolismo se ralentiza: la frecuencia cardíaca puede descender a menos de 10 latidos por minuto, priorizando el flujo de oxígeno al cerebro y órganos esenciales, mientras se reduce hacia sistemas menos urgentes como el digestivo.
El cerebro bajo presión: cómo sobreviven las neuronas marinas
El cerebro es especialmente vulnerable a la hipoxia, por lo que el equipo de Wisse estudia muestras cerebrales de zifios varados para comprender cómo funcionan sus neuronas en condiciones extremas. Paralelamente, Folkow investiga la neuroglobina, una proteína cerebral que protege contra el daño oxidativo.
En ballenas, la actividad genética asociada a esta proteína es mucho mayor que en especies terrestres como las vacas, lo que demuestra estrategias evolutivas diferenciadas para afrontar entornos hostiles.
Aplicaciones médicas en desarrollo
El interés médico crece con investigadores como Jason Somarelli, también de la Universidad de Duke, quien estudia cómo los mamíferos marinos controlan la inflamación durante la hipoxia. Comprender estos mecanismos podría inspirar el desarrollo de fármacos que imiten estas respuestas celulares.
Aunque los medicamentos basados en la biología de las ballenas aún no han superado la etapa teórica, también se investiga la longevidad, la resistencia al cáncer y la reparación del ADN en especies como la ballena de Groenlandia, con la mirada puesta en futuras aplicaciones humanas.
Ciencia, ética y vínculo interspecies
Recolectar muestras cerebrales vivas sigue siendo un reto técnico y ético, pero cada acercamiento a estos animales representa un avance científico significativo.
Y más aún: reafirma el vínculo profundo entre humanos y cetáceos, recordándonos que la evolución puede enseñarnos a sobrevivir, adaptarnos y sanar.



