A más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, en las faldas del Rucu Pichincha, la comunidad de San Francisco de Cruz Loma encontró un camino sostenible para cuidar el agua que abastece a la capital ecuatoriana. Allí, unas 30 familias decidieron transformar su estilo de vida para proteger los páramos y bosques que alimentan los caudales que bajan hacia Quito, Ecuador.
Desde 2017, dejaron la ganadería intensiva y comenzaron a incursionar en el ecoturismo y la educación ambiental. Esta transición fue posible gracias a su incorporación al Fondo de Agua de Quito (Fonag), un mecanismo financiero innovador que une recursos públicos y privados para cuidar las fuentes hídricas.
El fondo permite que los habitantes de la ciudad aporten, sin saberlo, a la conservación: el 2% de cada factura de agua potable se dirige a acciones en zonas clave como Cruz Loma. A cambio, se logra una mejora progresiva en la calidad y el caudal del agua disponible para más de 2 millones de personas.
Mientras se conserva el ecosistema, los beneficios se multiplican: los vecinos acceden a agua tratada, desarrollan infraestructura básica y generan nuevas fuentes de ingresos sin agredir el entorno natural.

Una inversión que protege la vida
Gracias a Fonag, en la comunidad se construyeron sistemas de potabilización, conexiones domiciliarias y una red de distribución más eficiente. También surgieron proyectos paralelos como viveros, senderos interpretativos y programas educativos para turistas y locales.
La transformación del entorno trajo consigo el regreso de fauna silvestre, como el oso andino, y también un problema creciente: los perros abandonados. En la zona rural cercana a la ciudad, muchas personas dejan animales domésticos que luego forman jaurías peligrosas para las personas y la fauna nativa.
La comunidad ahora busca controlar esta situación con medidas coordinadas, conscientes de que la conservación debe incluir la gestión de impactos indirectos como el abandono animal. La meta es mantener el equilibrio ecológico mientras se avanza en bienestar humano.
Por cada dólar invertido en estos ecosistemas, se ahorran más de dos en obras costosas a futuro. Cuidar el agua en su origen resulta, también, un excelente negocio ecológico.
¿Qué es el Fonag y cómo se aplica en otros países?
El Fondo Ambiental para la Protección del Agua (Fonag) fue creado en el año 2000 por un grupo de empresas e instituciones que compartían el uso de las mismas fuentes hídricas. Se trata del primer fondo de agua del mundo y sirvió como modelo para otras experiencias similares.
Este mecanismo funciona como una “cuenta de ahorro” ambiental. Del total recaudado, el 70 % se invierte en capital para asegurar su sostenibilidad, mientras que el resto financia acciones directas de conservación, restauración y educación.
En poco más de dos décadas, Fonag interivó 70.000 hectáreas de páramos y bosques andinos, instaló estaciones meteorológicas y firmó acuerdos con comunidades rurales. Su impacto fue medido incluso en términos económicos: reduce costos futuros en infraestructura hídrica y mejora la calidad del agua.
El modelo se replicó en al menos 32 ocasiones en América Latina y el Caribe. México, Colombia, Perú, Brasil y República Dominicana tienen fondos similares. A través de ellos, las inversiones en agua en la región alcanzaron los 389 millones de dólares en 2023.

¿Para qué sirve este tipo de Fondo?
Este tipo de fondo representa una herramienta clave para enfrentar el cambio climático, proteger la biodiversidad y asegurar el acceso equitativo al agua potable en las ciudades.
La historia de Cruz Loma muestra cómo las soluciones ambientales también pueden ser sociales. Cuando quienes viven en los ecosistemas clave son incluidos, la conservación deja de ser un discurso y se convierte en una estrategia real. En un mundo donde el agua es cada vez más escasa, proteger su origen es proteger la vida.



