Hay lugares que no aparecen en los mapas, sino en el relato de quienes los descubren. Cabo Raso, en la costa sur de Chubut, es uno de ellos. Un paraje austero y silencioso, donde el ripio de la Ruta Provincial 1 se funde con la estepa patagónica y se precipita hacia un Atlántico turquesa.
Allí, entre construcciones derruidas y viento constante, el surf adquiere una dimensión distinta. Y Jashua Velázquez, también.
Jashua Velázquez: el mar como lenguaje
Nacido en Playa Unión, Jashua entendió desde niño que el mar no era solo paisaje, sino forma de vida. A los 7 años probó su primera tabla y nunca la soltó.
Hoy, con 32 años, enseña en la Escuela de Surf de Playa Unión (ESPU), estudia para ser guardavidas, da clases de química orgánica y participa en ferias ambientales.
“No buscamos formar surfistas, sino personas con valores. Alejados del show, las comparaciones o el lucro. El surf es otra cosa”, afirma.
Cabo Raso: desconexión, silencio y olas impredecibles
En Cabo Raso, no hay señal de celular ni televisión. Solo mar, viento y tiempo. El único hospedaje funciona con energía solar, agua de pozo y una filosofía sustentable. Es un lugar en recuperación, habitado por quienes eligieron vivir distinto.
“Vamos al Cabo para salir del aglomeramiento, para buscar otra calidad de olas. Cuando entran, ahí estamos”, dice Jashua.
Las condiciones son exigentes: frío intenso, olas caprichosas y constancia impredecible. Pero cuando el mar se alinea, el momento es único.

Surf como experiencia transformadora
Jashua lleva a sus alumnos al Cabo para que vivan otra experiencia. No solo olas más rápidas, sino una forma distinta de estar en el mar.
“Allá no estás mirando el celular. Estás con vos, con el agua, con el momento”, explica.
Habla del surf como ritual silencioso, donde se entra al mar con respeto y gratitud, sin necesidad de demostrar nada.
En este rincón patagónico, la experiencia no se mide en metros de ola, sino en silencio, caminatas sin destino y miradas perdidas en el horizonte. Cuando la ola aparece, no se grita: se agradece.
“Los pioneros que recorrieron la costa buscando olas lo hicieron con valores. Gente que busca compartir”, recuerda Jashua.
Turismo consciente y espíritu salvaje
Más que un lugar para practicar surf, Cabo Raso se convierte en refugio espiritual.
Un sitio donde se puede escuchar el mar sin interferencias, vivir el presente y honrar lo salvaje. Un espacio que no se visita por azar, sino por necesidad de conectar con lo esencial.



