Durante varias semanas, miles de personas tanto en Argentina como en otras partes del mundo tuvieron la oportunidad de observar la biodiversidad invisible en un territorio nunca antes visto: el Cañón de Mar del Plata.
Este ecosistema de aguas profundas fue transmitido en tiempo real por primera vez gracias a la expedición «Oasis Submarinos del Cañón de Mar del Plata: Talud Continental IV».
La misión fue encabezada por un grupo de científicos y científicas del CONICET, quienes emplearon el vehículo de operación remota (ROV) SuBastian, con capacidad para sumergirse hasta 4.500 metros.
Las imágenes, emitidas en ultra alta definición a través de YouTube hasta el 10 de agosto, lograron cautivar a decenas de miles de espectadores, mostrando desde corales de aguas frías y esponjas carnívoras hasta rayas abisales y otras criaturas singulares moviéndose en su hábitat natural.
No obstante, esta ventana abierta al lecho marino no solo ofreció un espectáculo visual, sino que también reveló indicios de la influencia humana. En una de las filmaciones, se puede observar una bota, del tipo que habitualmente usan los trabajadores de la industria pesquera.

Un entorno prístino que necesita ser conservado
Jonathan Flores, doctor en Ciencias Biológicas y experto en Biología Marina, formó parte del equipo que monitoreó en directo las profundidades del cañón. “Lo que observamos en las áreas exploradas es un fondo marino con una biodiversidad invisible en un estado bastante prístino, sin señales evidentes de degradación por la actividad humana, a excepción de algunos restos esporádicos como bolsas de plástico o una bota.
Aunque no constituían un contaminante significativo, sirven como un recordatorio de que la presencia humana se extiende a todas partes”, comentó.
El investigador subrayó la notable heterogeneidad del ecosistema: “En distancias muy cortas, con solo variar ligeramente la profundidad, surgían hábitats completamente distintos. Existen paredes verticales, laderas y zonas llanas que son el hogar de comunidades diferentes, conformando un mosaico de vida adaptada a condiciones extremas”.
Esta bodiversidad invisible, según advierte, podría desaparecer con rapidez si dichas áreas son sometidas a métodos de pesca destructivos.
“Si fuera una zona de arrastre, observaríamos un desierto”
La pesca de arrastre, según explicó Flores, causa daños graves: “Es comparable a pasar un arado por el lecho marino. Destruye corales, esponjas y otras estructuras tridimensionales que sirven de refugio a numerosas especies. Cuando esas estructuras se eliminan, gran parte de la biodiversidad que depende de ellas también desaparece”.
El arrastre carece de selectividad: captura no solo la especie deseada, sino también a todas las demás que encuentra a su paso, y además fragmenta los hábitats. “En vez de un ecosistema continuo, quedan parches aislados, lo que interrumpe la conectividad y complica la recuperación de las poblaciones”, añadió.
Juan Coustet, de la Fundación Sin Azul No Hay Verde, resumió el peligro de la siguiente manera: “Si esta expedición se hubiese realizado en un área de pesca intensiva, lo que habríamos presenciado sería un desierto submarino. Por eso la transmisión de estas imágenes es tan impactante: muestra lo que aún nos queda por proteger”.
Ciencia como base para la toma de decisiones
Para Flores, la investigación científica en aguas profundas juega un papel estratégico: “Muchos de estos ecosistemas no han sido explorados. La ciencia no se limita a describir nuevas especies; también identifica amenazas y sugiere criterios para su manejo. Esta evidencia es crucial para que los responsables de tomar decisiones puedan establecer vedas, crear áreas protegidas o regular actividades como la pesca y la minería submarina”.
Además de los organismos recolectados, la expedición ha generado horas de grabaciones que se utilizarán como material de análisis. “El trabajo por delante es inmenso. Hay estudios que podrían tomar una década. Otros, como los primeros resultados taxonómicos o genéticos, podrían estar disponibles en uno o dos años. Tenemos la expectativa de hallar nuevas especies y de caracterizar en detalle los diferentes ambientes del cañón”, adelantó.

Una ventana al mundo de la biodiversidad invisible
Una vez finalizadas las observaciones, Soledad Leonardi, directora del Instituto de Biología de Organismos Marinos del CENPAT-CONICET, resaltó que la transmisión en directo fue una condición impuesta por la Fundación Schmidt Ocean, propietaria del buque y del ROV.
“Es sumamente valioso poder observar estos ambientes en tiempo real, ver cómo son los organismos en su estado natural, cómo interactúan. Eso crea un lazo emocional con el mar, incluso para aquellos que nunca han estado en una embarcación”.

Hasta la fecha, gran parte del conocimiento se obtenía mediante el arrastre de redes, un método que no permite observar las interacciones entre especies.
Las cámaras de alta definición del ROV han transformado esa dinámica, facilitando acercamientos y una selección de muestras mucho más precisa y menos invasiva.
Un impulso inicial para la protección de la biodiversidad invisible
Las imágenes de la expedición dejaron una marca en la opinión pública: durante algunos días, la biodiversidad invisible en el mar argentino fue un tema de conversación generalizado.
Coustet insiste en que dicho interés social debe traducirse en políticas concretas: “Necesitamos establecer nuevas áreas marinas protegidas, donde las actividades humanas no pongan en riesgo a las especies que hemos visto. La protección comienza con el conocimiento, y esta expedición nos ha revelado un tesoro viviente que no podemos arriesgar”.
Por el momento, el Cañón de Mar del Plata mantiene su riqueza y biodiversidad invisible. El reto es que, en diez o veinte años, las cámaras que vuelvan a estas profundidades continúen encontrando jardines de corales, esponjas gigantes y peces abisales.



